lunes, 29 de diciembre de 2008

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina



La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina creo que es uno de los títulos más sorprendentes de lo que he visto en años, y lo mejor de todo es que está bien buscado. No sé si yo hubiera encontrado otro mejor para la novela de Stieg Larsson.

Después de acabarme está segunda parte no sé definirme sobre si me gustó más que la primera. Tengo claro que la historia de la primera me atrajo mucho más que esta, pero también tengo claro que todo lo que descubrimos sobre Lisbeth Salander en esta segunda supera con creces a la primera.

Vamos por pasos, como en la primera un buen primer capítulo que engancha al peor lector del mundo, aunque no se acabe de entender hasta pasadas 500 páginas (el libro tiene 749).

Después entramos en la primera parte de la novela y suerte que ya estaba avisado que las primeras 250 páginas eran de puesta en escena que si no me lo hubiera pensado dos veces.
Tan sólo nuestra querida Lisbeth mantiene un poco el enganche del libro, ya que Mikael está más perdido que el que se perdió en la isla.
El escritor abusa de las lista de cosas (tres veces nos hace la lista de la compra de Lisbeth, y yo pienso: “que narices me importa a mí lo que compra si no tiene ninguna relevancia en la novela”.
Lenta, la novela se hace lenta en esa primera parte, pero finalmente llega el último capítulo de esa primera parte y la cosa coge velocidad de vértigo.

A partir de ahí la novela engancha de mala manera y vas pasando páginas casi sin pensar, aunque el autor vuelve a abusar de repetir las cosas, como si el lector fuera lerdo o un despistado, como si tuviera miedo que las cosas no se entendieran bien.
En este tramo de la novela no encontramos huérfanos de Lisbeth, ya que se convierte en la mujer más buscada del mundo. Mikael coge un poco más de protagonismo ayudado por una cantidad, a mi gusto, demasiado grande de secundarios, aunque todos juegan su papel.

Y al final llega la sorpresa del libro. Esta vez el autor lo acaba como se debe acabar en la última página, aunque tuve mis dudas a cien páginas del final cuando se desvela el meollo de la novela (allí está la sorpresa).
Unas últimas escenas muy televisivas donde Lisbeth es la protagonista total y el colofón.

No quisiera dejar de comentar la sobrada que se mete el escritor con el famoso Teorema de Fermat. A mí personalmente me chirriaban los dientes cada vez que hablaba de él. Creo que no aporta nada a la historia y que lo utiliza de una forma que se puede considerar una ridiculización del trabajo de los matemáticos.

En definitiva, para todos aquellos seguidores de Lisbeth la lectura vale la pena, pero para los que no estén interesados en el personaje, si tenéis otras opciones de lectura ésta no tiene prioridad a mí entender.

Supongo que cuando salga la tercera y última parte de la trilogía yo seré de los que la comprarán, pues me ha entretenido su lectura y quiero saber más cosas de la enigmática Lisbeth.

Aquí os dejo el enlace para leer el prólogo y el primer capítulo de esta novela (son las primeras 45 páginas de la novela, por tanto os podréis hacer una idea bastante buena, aunque ya os he avisado que no tiene nada que ver con lo que llegará después):
http://www.serielarsson.com/descargas/primer_capitulo_la%20chica.pdf

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Sinopsis

Lisbeth Salander se ha tomado un tiempo: necesita apartarse del foco de atención y salir de Estocolmo. Trata de seguir una férrea disciplina y no contestar a las llamadas ni a los mensajes de Mikael, que no entiende por qué ha desaparecido de su vida sin dar ningún tipo de explicación. Lisbeth se cura las heridas de amor en soledad, aunque intente distraer el desencanto con el estudio de las matemáticas y ciertos placeres en una playa del Caribe.

¿Y Mikael? El gran héroe, Súper Blomkvist, vive buenos momentos en Millennium, con las finanzas de la revista saneadas y reconocimiento profesional por parte de colegas y otros medios. Ahora tiene entre manos un reportaje apasionante sobre el tráfico y la prostitución de mujeres procedentes del Este que le han propuesto una pareja, Dag y Mia.

Las vidas de nuestros dos protagonistas parecen haberse separado por completo, pero entretanto... una muchacha, atada a una cama, soporta un día tras otro las horribles visitas de un ser despreciable y, sin decir palabra, sueña con una cerilla y un bidón de gasolina, con la forma de provocar el fuego que acabe con todo.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Aprendiendo rápido



Bajo las escaleras al máximo de lo que podían dar sus pequeñas piernas, y con toda la ilusión que le puede generar el día de Navidad a una niña de cinco años.
Se dirigió al árbol y no vio nada bajo él. No se rindió y le dio la vuelta sin éxito, y comenzó a llorar.

-Cariño, la niña ya ha bajado al salón –le dijo ella sin mover un solo músculo.
-Ya la escucho.
-¿Y no piensas bajar?
-También podrías bajar tú.
-Pero fue idea tuya.
-Y tú diste el visto bueno.
Se continuaron haciendo reproches mientras la niña no dejaba de llorar y llevada por la rabia tiró el árbol de Navidad al suelo. El estruendo fue mayúsculo y la pareja salto literalmente de la cama.

-¡Pero qué has hecho! –gritó el padre al entrar al salón.
La niña continuó llorando y pataleando.
-No le grites a la niña –y la cogió entre sus brazos meciéndola con cariño-. Tranquila que seguro que se ha equivocado de casa y los juguetes estarán en la casa del vecino.
-Eso, dale tú alas a la niña –y se sentó de mala gana en su sillón.
El llanto comenzó a mitigarse entre besos y caricias de la madre.
En cuanto paró de llorar el padre se dirigió a ella:
-¿Qué te dijo el papa?
-No me acuerdo.
-No te acuerdas, o no quieres acordarte.
-No atosigues a la niña –salió en su defensa la madre-. Pobrecilla, mira que disgusto se ha llevado.
El padre la miró con cara de pocos amigos y pensando: “si ella estuvo de acuerdo conmigo. Ahora me quiere dejar como el malo. Siempre igual.” Pero no se rindió:
-No te dijo el papa que si te seguías portando mal, quizás, Papa Noel no te dejaría regalos.
-Sí –dijo haciendo moros.

El padre sabía que no se podía razonar con una niña de cinco años como si fuera un adulto, pero su comportamiento en los últimos meses le llevó a pensar que quizás fuera mejor tratarla como a una niña de más edad. Y es que a veces, lo comentarios de la niña le llevaban a pensar que iba demasiado adelantada para su edad, y lo más desconcertante del caso es que, al juntarse con niños y niñas de su edad parecía ser la más pequeño, la más tontita, las más vergonzosa y no decía ni mu, incluso algunas veces había llegado a casa quejándose de los niños de su clase diciendo que le habían pegado. Los padres preocupados llamaban a la escuela y podían constatar que no era cierto que la pegaran, aunque la maestra le comentó una de las veces que lloraba más de lo normal para su edad. Ya no sabían que pensar ni que hacer y más cuando podían comprobar en sus propias carnes como se las gastaba en casa.

-Pues ya ves que el papa no te lo decía para que te enfadaras.
La niña dejó la protección de su madre y corrió hacía los cajones del mueble bar. Abrió uno de ellos, metió la mano, cogió la carta de los reyes y la rompió en cuatro trozos antes que la madre le gritara:
-¡Qué es la carta de los reyes!
-No le grites a la niña –le recriminó él ahora, cosa que no le sentó muy bien a ella que lo miró con cierto odio.
La niña aprovechó el tiempo que se dedicaron a mirarse los padres para abrir otro de los cajones, coger un folio, un lápiz, y sentarse, no sin dificultades en la mesa del comedor.
La madre se acercó y le preguntó:
-¿Qué vas a escribir?
-La carta de los reyes.
-¿Y no te servía la otra?
-No, porqué ahora tengo que pedirle el doble.
El padre se echó la mano a la cabeza. ¿Qué iban a hacer con aquella niña?

martes, 23 de diciembre de 2008

Tú silencio por un hot dog


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La vida continua
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Las grandes superficies se las inventan todas para captar clientes, para tenerlos contentos y sobre todo para ahorrarse quejas.

El otro día acompañé a mi hermana y su novio al Ikea; se cambian de piso y necesitaban unas cosillas. Yo me pude librar del primer día, aquel que utilizaron para mirar y remirar todo aquello que querían comprarse. Así, que era llegar cogerlo y marcharse.

De buena mañana llegó el novio de mi hermana con un furgón de seis metros que había alquilado a buen precio en la Mercedes (todo se tiene que contar, ya que parece mentira que fuera el alquiler más económico).

Yo nada más verlo empecé a tararear la canción del Equipo A y cuando me cansé, la de Yo soy el Vaquilla. Supongo que os lo creeréis si os digo que me pasé el día tarareándolas y es que los tres estábamos de foto. Casi le propongo al novio de mi hermana que en nuestros ratos libres nos fuéramos de mercado en mercado intentando hacer un extra, pero al final consideré que era mejor tener tiempo libre que más dinero.

No era la primera vez que iba al Ikea (era la segunda), así que ya sabía a que me exponía, pero tuvimos suerte ya que no había demasiada gente para lo que se suponía tenía que haber.

La cosa fue bastante rápida; ellos a lo suyo y yo a enamorarme de todas las librerías o estanterías que pudieran servir para contener libros. Que le vamos a hacer cada uno tiene su fetiche en estas cosas. Pude aguantar a las librerías, pero no al comprarme un nórdico con su fundita (mi hermana insistió en que era una buena cosa).

Pasamos el tema de la caja y nos encontramos esperando que nos traigan la comanda de las mismas entrañas del Ikea.

“Le prometemos que en siete minutos estará lista su comanda”

Eso es lo que receba en letras grandiosas en una de las paredes. Los minutos fueron pasando; veinte; treinta; cuarenta; ¿Y la promesa?

Me empecé a mosquear, y es que una de las cosas que menos soporto es perder el tiempo, y más cuando te dicen que harán una cosa y no la cumplen. Para distraerme me puse a mirar un ordenador que estaba a mi izquierda y donde podías hacer una encuesta de satisfacción. La rellené y al final pude ver que podías enviar un mensaje:

“Llevamos más de cuarenta minutos esperando. Amenazo con desplegar el nórdico en medio de la sala”, firmado Hankell Mankell.

Pasados los cincuenta minutos:

“Llevamos más de cincuenta minutos esperando. Tengo al niño con fiebre y comienzo a estar preocupado porque la abuela no contesta al teléfono. Estoy a punto de montar un pollo y llamar a Lisbeth”, firmado Stieg Larsson. En aquel momento no pensé que Larsson estaba muerte.

A los dos minutos teníamos nuestras cosas y un vale descuento de 5 € por la espera. El novio de mi hermana contento con el vale y yo echando cálculos, ya que me parecía poco, pero pensé que todos los perjudicados estarían igual de contentos que el novio de mi hermana y que no reclamarían el incumplimiento de la promesa.

Pero aquí no acaba la cosa, ya que teníamos que ir al otro Ikea (ahí dos por falta de uno), pues uno de los artefactos no estaba en el primero y sí en el segundo. Total que comimos, eran las cuatro pasadas, y nos dirigimos a él.

“Le prometemos que en siete minutos su comanda estará lista y en todo caso le recompensaremos la espera con un hot dog y un refresco”.

La misma empresa y lema casi similar, aunque hubiera sido mejor esperar en el segundo que en el primero. Yo creo que la gente está deseosa de que no cumplan con su promesa y en todo caso, como la boca a más de uno se le hará agua con sólo pensarlo, pues se lo compran ellos y listo, con lo que la empresa gana por dos sitios y sigue sin tener ni una reclamación ya que te cierran la boca con un hot dog, y caramelos, que no veas como llevaba yo los bolsillos; son para el coche para cuando bostezas.

¿Y qué hacía yo mientras esperábamos? Pues tomarme una café con leche y un capuchino gratis. Había una peazo de máquina en la sala de espera donde te podías servir lo que te viniera en gana. Así que la espera se hace más ligera. Y es que las piensan todas para hacer publicidad, ya que si te gusta el café te quedas con el nombre de la cafetera y el próximo viaje te la compras seguro. Y de paso un hot dog y un saco de caramelos.



domingo, 21 de diciembre de 2008

Adiós Abraham

Hoy tenía que publicar algo en tono humorístico, pero una llamada de última hora me hace posponer el texto y publicar éste.

Existen días que nos preguntamos por nuestra razón de ser, por nuestra misión en la vida, por mirar a nuestro pasado y ver las cosas que hemos dejado atrás, las cosas que hemos hecho y las que no hicimos y quizás no podamos nunca hacer.

Hoy es uno de esos días, ya que me han dado una desgracia noticia: un exalumno murió ayer en un accidente de tráfico a la indecente edad de 21 años, y digo indecente porqué me da rabia que se vaya tan joven. Es una de esas injusticias que nos deja la vida sin inmutarse ni un solo momento.

Me he puesto a pensar en todo aquello que no verá, que no hará, que no aprenderá, que no compartirá, lo que no amará, lo que no sentirá, lo que no disfrutará, lo que no sufrirá, lo que no verán sus seres más queridos, y me ha dado un coraje de mil pares de narices.

Y luego me he puesto a pensar en mí y me he preguntado: ¿Estaré perdiendo el tiempo?

Sirva este pequeño escrito de homenaje a Abraham Báez.



jueves, 18 de diciembre de 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres



Debo de decir que me he quedado con ganas de más. Supongo que con esto estaría todo dicho y que alguno que otro que conozco estará un poco perplejo, aunque creo que en su día me confesó que no le iban las novelas negras. Antes de seguir, decir que no estamos hablando de una novela negra en el sentido estricto del término, ya que Los hombres que no amaban a las mujeres es una mezcla de varios registros novelescos.

Digamos que tiene todo lo bueno y lo malo de un betseller. El prólogo engancha ya que presenta el misterio. Luego los siguientes capítulos se pueden hacer un poco largos, ya que no vemos ninguna relación con el prólogo y tenemos ganas de que pase alguna cosa que nos haga despertar. Pero tranquilos que llega cuando nuestro periodista recibe el encargo. Es entonces cuando el libro engancha de verdad. Una de las virtudes del autor es ir mezclando parágrafos del periodista con parágrafos de la idolatrada Lisbeth Salander (personaje fuerte donde los haya y que engancha que no veas). Se vuelve un poco más rápido, aunque algunas veces peca de repetir alguna cosilla, como aquello de: en el capítulo anterior. Creo que le podrían sobrar algunas páginas en ese sentido y entonces si que diríamos que es un F1 en su lectura.

La trama está bien, bueno, la construcción, ya que quizás el secreto esté un poco manido, pero pasa bien (y no digo más que si no). Los personajes son movidos con agilidad y están muy bien construidos dando todo el jugo que nos esperamos, y vuelvo a mencionar a Lisbeth que es genial.
No lo he dicho antes pero el libro tiene dos tramas principales, y varias subtramas que no voy a mencionar por no alargar demasiado. La primera trama es el prólogo; la segunda el primer capítulo. La primera: chica que desaparece sin dejar rastro; la segunda: empresario que es difamado por periodista que es juzgado y declarado culpable. Es mejor que os leáis la sinopsis que os dejo al final para que os hagáis una idea.

Creo que la primera trama es mucho más fuerte que la segunda, aunque la segunda es en definitiva el envoltorio de la trilogía que escribió en menos de tres años Stieg Larsson antes de morir repentinamente de un ataque al corazón. Al ser la primera más atrayente y finalizar antes que la segunda por cuestiones obvias y que entenderéis, al lector le viene un bajón en las últimas setenta páginas (tiene 663), pero la nueva aparición en escena de Lisbeth le da un pequeño toque que nos hace acabar satisfechos y como he dicho al principio con ganas de saber más.

Es un libro que recomiendo y quizás si os pasa como a mí que pensé encontrarme otra cosa, pues os guste más, aunque la presión mediática es fuerte y por eso tardé en comprarlo como ya expliqué con anterioridad en:
http://crucesdecaminos.blogspot.com/2008/12/no-criticars-los-muertos.html

Mañana me sumergiré de nuevo en varias librerías. El objetivo es claro: comprar la segunda parte, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, pero como os conté con anterioridad, quizás me vea atraído por otro manjar, aunque tengo claro que quiero leer la segunda parte.

Para acabar: en febrero se estrenará la película del libro, aunque viendo la fotografía de los personajes, el de Lisbeth no me pega ni con cola.
http://www.serielarsson.com/usuaris/noticies/arxius/24_1_StiegLarsson,encine.pdf

Sinopsis

Harriet Vanger desapareció hace 36 años durante un carnaval de verano en la isla sueca Hedeby, propiedad prácticamente exclusiva de la poderosa familia Vanger. A pesar del despliegue policial, no se encontró rastro de la muchacha de 16 años. ¿Se escapó? ¿Fue secuestrada? ¿Asesinada? Nadie lo sabe: el caso está cerrado, los detalles olvidados.

Pero hay quien sigue recordando a Harriet, su tío Henrik Vanger, un empresario retirado, ya en el final de su vida y que vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir.
En las paredes de su estudio cuelgan 43 flores secas y enmarcadas. Las primeras 7 fueron regalos de su sobrina. Las otras llegaron puntualmente para su cumpleaños, de forma anónima, desde que Harriet desapareció.

Vanger contrata a Mikael Blomkvist, periodista de investigación y alma de la revista Millennium, una publicación dedicada a sacar a la luz los trapos sucios del mundo de la política y las finanzas. Mikael no está pasando un buen momento: está vigilado y encausado por una querella por difamación y calumnia. Detrás de la querella está un gran grupo industrial que amenaza con derrumbar su carrera y destruir su reputación. Así que acepta el extraño encargo de Vanger de retomar la investigación de la desaparición de su sobrina e intentar tirar de algún cabo suelto.
Un trabajo complicado para el que recibe el regalo inesperado de la ayuda de Lisbeth Salander, una investigadora privada nada usual, incontrolable, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insólitas cualidades como su memoria fotográfica y su destreza informática.

Así empieza una novela que es la crónica de la guerra interna de una familia, un fresco fascinante del crimen y del castigo, de perversiones sexuales, de trampas financieras, un entramado violento y amenazante entre el que sin embargo crece una tierna y frágil historia de amor. Una historia de amor entre la que será la pareja más memorable de la literatura criminal.

Descarga del primer capítulo:
http://www.serielarsson.com/descargas/primer_capitulo_larson.pdf

martes, 16 de diciembre de 2008

Televisión y educación



La televisión tiene varias razones de existir, pero creo que una de ellas, casi la más importante a mi entender, es al de educar.

En la actualidad la sociedad que tenemos dista mucho de la que teníamos hace tan sólo diez años, y lo digo con conocimiento de causa. Los adolescentes son más influenciable ahora que hace unos años. Podría dar muchas razones para apoyar mi tesis, tan sólo dejaré una para no alagar el tema: las horas que pasan junto a los padres. Hoy los adolescentes pasan muchas menos horas con sus padres que hace unos años; también pasan muchas menos horas con sus amigos que hace unos años; en definitiva, quiero decir, que están más horas solos. ¿Y qué hacen? Varias y diversas cosas: ordenador, videojuegos o ver la televisión.
En el último caso, que es donde quiero centrarme, la bonanza de los últimos años ha provocado que aparezcan más televisores en las habitaciones de los chavales, con la consecuente perdida de contacto con los padres, aunque las dos partes lo dan por bueno; los primeros por tenerlos contentos y tener su espacio al llegar a casa; los segundos, por sentirse libres de hacer lo que quieran y ver lo que quieran sin ser molestados.
No estaría mal decir, que los anteriores comentarios son sólo meros ejemplo y que pueden ser ampliados, pero no es cuestión de llenar tres páginas.

A lo que iba: la televisión tiene que educar y no se puede permitir que aparezcan según que programas con según que contenidos y a según que horas para que sean consumidos sin ningún tipo de control por los adolescentes (ya no digo niños/as). Alguien puede pensar que no es problema de las televisiones que los chicos/as vean las televisión sin acompañamiento, ése que les puede guiar, criticar, aconsejar de según que escena o sucesos, y es que ver la televisión en compañía de los hijos/as es una fuente de instrucción para las familias.
(Parezco de derechas con este discurso, y os puedo asegurar que estoy muy lejos de serlo. Continuo).
A algunas familias les cuesta entrar en conversación con los hijos/as en según que temas. Lo que ven por televisión en su compañía puede ser una buena excusa para abrir esa comunicación.
Lo que me da realmente miedo es que la vean solos

¿Qué ha provocado que reflexione sobre este hecho?

El otro día vi la película Cobardes y me dio un miedo terrible que algún adolescente la viera sin el acompañamiento de un adulto. A mí me puso los pelos de punta, y para no alargarme diré que, está totalmente sacada de contexto y aprovecha todos los tópicos para crear un mundo totalmente irreal. Además el mensaje final deja mucho que desear.

Ayer mismo estrenaron un miniserie de dos capítulos en A3 con el título: El castigo (hoy hacen la segunda parte). Me gustaría comentar algunas escenas que en principio tendrían que ser reflejo de algo.

-Adolescente con mucha pasta a 200 por hora por una carretera. Circula por el medio del carril en doble continua y va con la novia que le está haciendo una felación. Atropellan a un transeúnte. El chaval llama al padre y lo arregla todo en un plis-plas.

-Chavala que se tira a todo lo que se menea y encima cuando los padres las descubren se esconde en el lavabo a consumir crack.

-Chavala virgen que quiere mantener una relación a toda costa. Pilla a un chaval y de buenas a primeras le dice que se la meta sin preservativo ni nada. Ah, y para ser la primera vez, lo hacen de pie.

Y esto sólo es un esbozo de lo que se vio, de lo que se ve continuamente en las pantallas. Supongo que alguien puede defender a las televisiones diciendo que se ve aquello que no se debe hacer, pero yo creo que a fuerza de emitirlo y sin el acompañamiento necesario, lo malo se vuelve bueno y luego pasa lo que pasa.

La series de hoy en día, A3 es la reina por excelencia, intentan captar espectadores adolescentes, sea con los bailecitos de moda, los cantantes, los que van al colegio y se pasan a los profesores por el forro. El lunes os invito a ver el primer capítulo de 18 la nueva serie de A3 que sustituye a Física y Química. Supongo que haré lo mismo que con esta última, ver el primer capítulo para poder opinar.

¿Cómo se puede luchar contra este ataque mediático? ¿Nadie controla lo que se emite? ¿Es todo lícito por la audiencia?

jueves, 11 de diciembre de 2008

Hermanos del pasado



Seguía llegando gente atraída por una especie de feromona inaugural. Amelia, Evaristo y Marian se veían superados. Servían cócteles sin parar, hacían continuos viajes a la cocina para pedir más brebaje; recogían las copas vacías sobre las mesas, en parte para que hubiera un poco de orden y en parte para poder limpiarlas y así no tener que sacar los vasos de plástico que no hubieran quedado demasiado a juego con la puesta en escena.
Si a todo esto le añadimos que intentaban hablar con unos y otros, interesándose, preguntándoles, escuchándolos, se podría decir que estaban al borde del colapso, pero tenían claro que unas de las etiquetas del Café Literario debía ser el diálogo fluido y a ser posible, enriquecedor; que las visitas al café no fueran en vano, un mero tomarse un té, si no que el acompañamiento fuera una buena conversación y se caía alguna que otra magdalena, mejor que mejor para las arcas, ya que sería de tontos abrir un negocio para no ganar nada; el altruismo no está emparentado con los negocios.
Los dos sabían que los primeros meses serían deficitarios, pero estaban convencidos que al final del primer año el saldo mensual sería positivo, con lo que el café se convertiría en una realidad objetiva y no tan sólo en un sueño irrealizable y subjetivo.

-Hombre Jorge –dijo Evaristo medio sorprendido de encontrárselo allí.
-¿Qué tal? No hace mucho que hemos llegado –dijo Jorge saludándole e indicando que Alejo había llegado con él.
Jorge, Alejo y Evaristo se conocían desde pequeños. Habían nacido en la misma calle, casi puerta con puerta. En su día se consideraron como hermanos, pero las continuas afrentas de, sobre todo, Jorge a Evaristo hicieron que la relación se deteriorara.
Una de las primeras sucedió cuando los tres cursaban bachillerato. Jorge le robó los apuntes de literatura a Evaristo, aunque a día de hoy lo siguiera negando. El perjudicado se tuvo que contentar con preparar el examen leyendo el libro de texto que, por descontado, no incluía todo lo que el profesor les explicaba, aquello que en definitiva era más significativo, y que tenía costumbre de poner. Total que se tuvo que contentar con un suficiente aquella vez, cosa poco frecuente.
Roberto, que así se llamaba el profesor de literatura, conseguía hacer que sus clases fueran apasionantes, que todos estuvieran deseando que llegara su hora, y es que Roberto era un apasionado de la educación. Su lema era que la literatura era un mero vehiculo para acercarse a sus alumnos.
-La literatura no es el fin, tan sólo es el principio. Leer entre líneas –repetía una y otra vez en sus clases. Ese era su lema.

Roberto no era un adoctrinador. Creía que muchos de sus colegas cometían el error de serlo, lo que provocaba pesadas clases llenas de conceptos, de ideas, de filosofadas que tan sólo incitaban a empollarse los temarios o a practicar el arte del chuleteo.
Roberto nunca les impuso sus ideas; las compartía con ellos como si de uno más de la clase se tratara. Le gustaban los encendidos debates, aunque dentro de un orden, para que todas las voces pudieran ser escuchadas.
Evaristo estaba convencido que su pasión por la lectura, por los debates, por las largas charlas a media noche, provenían de allí, de aquellas maravillosas clases. Estaba seguro que parte de su vida hubiera sido diferente de no cruzarse en su camino Roberto. Todavía se lo recordaba, ya que mantenían contacto vía correo electrónico, y alguna que otra escapada a tomar café.
Quién lo iba a decir, Roberto mandando un email; el profesor no era amante de los ordenadores, decía que en su época sólo había máquinas de escribir y que con ellas le había ido muy bien, y añadía, que prefería las cartas de puño y letra donde se podía intuir el estado de ánimo del que la enviaba.
Sus primeros contactos habían sido así, pero Evaristo insistió que debía aprender a moverse entre las nuevas tecnologías, y más ahora que tenía tiempo de sobras. Así que, el alumno hizo de profesor, y el profesor quedó contento con las enseñanzas de su alumno. De esa forma la afición de Roberto creció de manera exponencial y más al conocer a una amiguita, como él la llamaba, con la que mantenía largas charlas por el messenger.


Jorge y Alejo no lo tenían tan claro. Por aquellos entonces empezaron a saltarse más de una clase. Evaristo estaba seguro que el robo de sus apuntes estaba totalmente relacionado con éste hecho.
Además cuando estaban, siempre mostraban posturas opuestas a sus compañeros, lo cual no era malo, pero no se contentaban con eso, si no que lo llevaban al extremo, radicalizando sus ideas, e intentando provocar, lo que creaba malestar en el aula.
Todo el mundo creía que Jorge era la mano ejecutora y que Alejo era su bufón, pero se equivocaban, ya que el segundo se movía bien entre las sombras. Poca gente conocía a Alejo. Su aparente timidez le llevaba a no expresarse con asiduidad ante sus compañeros, a no relacionar más que con Jorge, lo que conllevaba que el contacto con los demás fuera mínimo y que las oportunidades de conocerlo fueran escasas, por no decir nulas.
Evaristo era de las pocas personas que conocían a Alejo y sabía que tras su candida apariencia, tras su desgarbado aspecto, tras su timidez, se escondía una mente brillante, privilegiada. Algunas veces llegó a pensar que podía ser un superdotado mal llevado, no diagnosticado.
Un día cayó una revista en sus manos que hablaba del tema e inmediatamente lo relacionó con Alejo. Las conclusiones de dicha revista le llevaron a pensar que Alejo tenía un gran sufrimiento interior. Los que le rodeaban podían ver o intuir que era capaz de algo más, pero que existía alguna razón que se les escapaba de las manos que hacía que no fuera posible. ¿Quién se podía imaginar que Alejo era un superdotado?
Continuamente le taladraban los tímpanos con repetitivas frases: “puedes hacerlo”; “tú puedes, demuéstramelo”; “haz lo que quieras, yo ya he hecho lo que debía por ti”; “confío en ti, tú puedes”. Eso no le ayudaba, o eso decía el artículo y la suposición de Evaristo en relación a Alejo; al contrario, le perjudicaba al hundirlos más en el pozo de la incomprensión.

-Quisiera subir a leer –dijo por sorpresa Alejo.
Jorge lo miró extrañado como preguntándose: “¿Y éste qué dice ahora?” Su fuerte carácter había tapado por completo su posible visión de Alejo, del cual lo desconocía casi todo, y al que consideraba su seguidor, su guardaespaldas, su perro acompañante. Nunca lo había menospreciado en público, hacerlo hubiera sido lo mismo que hacérselo a si mismo, ya que todos consideraban a Alejo como parte de Jorge, pero alguna que otra vez lo había hecho en privado. Alejo nunca le mostró su disconformidad.
-De aquí a unos minutos el escenario será tuyo, como de todos aquellos que tengan algo que explicar, algo que contar, algo que compartir –respondió Evaristo casi contento por ver salir del cascarón a Alejo. “Nunca es tarde si la dicha es buena”, se dijo para si mismo- Nos vemos luego que debo continuar sirviendo cócteles. Ya te avisaré cuando sea tu turno de subir.
Alejo sonrió.

martes, 9 de diciembre de 2008

Una navidad diferente


Dos cosas me han hecho decidirme a la hora de escribir este texto.
La primera fue la emisión por la televisión de una película basada en una novela de John Grisham; la segunda un reportaje en la televisión, y las dos tienen que ver con la navidad como no podía ser de otra forma. Bendita navidad.
Empecemos por la segunda. Resulta que un pueblo de Granada se ha promovido una acción social que considero de diez. Han puesto a votación popular si querían luces de navidad en el pueblo o con el dinero que se ahorraría al no ponerlas, pues dar trabajo a algunos parados del pueblo.
El 99% de los que han votado se han decidido por la segunda, y claro me ha hecho pensar en que se podría aplicar a todas y cada una de las poblaciones del mundo.
¿Os podéis llegar a imaginar la cantidad de electricidad que nos ahorraríamos? El impacto medioambiental sería de órdago. ¿Qué necesidad ahí de ir poniendo cada vez más luces y más pronto? Ninguna, yo creo que ninguna. Yo soy de los que se agobian con tanta luz, con tanto villancico, con tanta hipocresía. Ya no digo que se utilizara el dinero que se ahorraran en dar trabajo, simplemente con el ahorro energético nos tendríamos que sentir satisfechos, que tampoco es ahorrar por un lado y derrochar por el otro, aunque bien planificado, ¿cuántos hospitales se podrían hacer? ¿Cuántos colegios? ¿Cuántas bombas de agua? ¿Cuántas purificadoras? Cuántas lo que queráis pedir por los demás que lo necesitan.
¡Fuera luces por navidad!
El primer punto, y aunque la película dejó un poco que desear si se ha leído el libro, pues es para reseñarlo y más en estas fechas.
Una navidad diferente (2001), es como el título indica, una de aquellas rarezas a las que John Grisham no nos tiene acostumbrados. Y fue por eso por lo que compré el libro en su día, para ver a otro Grisham, con otras artes, con otra técnica, y la verdad que me sorprendió gratamente.
Me reí un montón con su lectura. Supongo que tienes que estar un poco metido en el tema, es decir, se un poco activista de la no-navidad, para meterte de lleno en el papel de los protagonistas que tan sólo intentan pasar unas navidades diferentes. (Abajo os dejo la sinopsis)
De lectura totalmente recomendable y más en estas fechas, y no tenéis excusas de no tener tiempo, ya que no es muy grande y se lee en una sentada.
¡Viva la no-navidad!
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Imagínese un año sin celebrar las Navidades. Nada de fiestas, comidas opíparas o regalos no deseados. Eso es precisamente lo que Luther y Nora Krank tienen planeado; por primera vez en su vida, han decidido celebrar la Navidad de un modo muy diferente, pero saltarse la navidad en la calle Hemlock, sempiterna ganadora de los premios de decoración navideños, supone un suicidio social.
Un relato clásico, que ofrece una mirada divertida al caos y la locura en que se han convertido las tradicionales fiestas navideñas.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Nadando en un mar de libros



No ha hecho falta el despertado para levantarme esta mañana, y es que la costumbre crea el hábito y por más que quieras quedarte en la cama, si no te lo propones, no lo haces.

Casi acababan de abrir las puertas de la librería cuando he entrado quitándome la chaqueta; el golpe de calor casi me marea al entrar, y me he preguntado: ¿han dejado encendida la calefacción durante toda la noche? Tampoco he tenido mucho tiempo para responder, pues he tenido que sortear una pila de libros; no me los trago de milagro. El título no podía ser otro: El hombre que no amaba a las mujeres.
Como si me estuviera esperando, como si supiera que venía a buscarlo, allí estaba, mejor dicho allí estaban. Lo curioso del tema es que había libro de la segunda edición, de la tercera, y así hasta la séptima. El tirón literario ha podido con las previsiones de la editorial.
Lo he cogido, por tercera vez –la dos primeras ya las expliqué en la crónica de ayer-. He leído la contraportada, las lengüetas y he decidido que me seguía atrayendo. Lo que no me ha acabado de gustar es la edición. La editorial Destino tiene la manía de hacer los libros más estrechos de lo que estamos acostumbrados. Al abrir el libro tienes una extraña sensación, como de página superlarga; cinco o seis palabras por frase.

No he querido sucumbir a la primera y por eso he dejado el libro en la pila y me he sumergido en el mar de libros de la librería.

Lo primero que he encontrado es la nueva novela de Mankell titulada El chino. No era de la saga de los Wallander , padre-hija, aunque parece que del padre no leeremos más libros y que el relevo lo tiene la hija, que en su primera aparición en Antes de que hiele, la verdad, me gustó más que el padre. Así que como no era de los Wallander, lo he dejado en su sitio y he vuelto a dar unas brazadas.

El viaje del elefante ha sido mi siguiente isla. Es el último libro de Saramago, del que he leído cuatro de sus últimos cinco libros y del que recomiendo con especial cariño: El ensayo de la ceguera. Al leer la contraportada he decidido que no era el día de comprar un libro donde se expliquen las aventuras de un elefante. Quizás valga mucho la pena, pero de momento paso de animalitos protagonistas.
He dejado la isla y he continuado mi viaje.

Hace una semana o dos, quizás, supo de la existencia de una nueva aventura literaria de Valerio Manfredi titulada El ejército perdido. Estoy convencido que será un libro que leeré, tarde o temprano, ya que Manfredi escribe como los ángeles, además de explicarnos, a su forma, historias del pasado. Por poner un ejemplo: La última legión de la que se hizo versión cinematográfica de cierto éxito.
Lo he tenido en mis manos, más como fetiche que como comprar real para hoy. Así que he seguido nadando.

Si uno lo pide, uno lo encuentra, y prometo que no sabía nada de su existencia cuando ayer lo pedí.
Lorenzo Silva tiene nueva novela: El blog del inquisidor. Curioso título, ¿no? No es de su saga de Bevilacqua-Chamorro, y por eso sabía que no sería mi elección para hoy, aunque ha tenido mucha gracia por lo que ayer os comenté. El libro tiene buena pinta. Lorenzo se adelanta a los acontecimientos, o como mínimo por lo que yo sé. La historia ronda a partir del encuentro de una historiadora con un blog de un tipo que habla sobre la inquisición. La historiadora está haciendo una tesis doctoral sobre el tema y se siente atraída por las cosas que se cuentan en el blog. Y lo dejo ahí, por si un día lo compro y os lo cuento con más detalle.

También me he pasado por la isla de Crepúsculo que ahora aprovechando la salida de la película se ha vuelto a reeditar. Creo que casi nadie lo conocía con anterioridad a la película, ya que por lo que sé fue escrito en 2005, o quizás no fuera traducido al castellano. Carpem diem, para las editoriales. Si eso provoca que más gente lea, pues bien venido sea.

No me he olvidado de la isla de Los cuentos Beedle el barbo de K.J.Rowling. Si no lo sabíais, ahora ya lo sabéis. El rey midas de la literatura ha escrito un libro con cinco cuentos aprovechando personajes secundarios del séptimo libro de la saga del mago. Bueno, eso es lo que he leído, pues yo no me he leído ni uno de ellos.


Y nadando estilo espalda he vuelto a la pila inicial donde se encontraba mi pieza de hoy, la que tenía en mente, la que había decidido comprar de antemano, aún resistiéndome a hacerlo.
¿Qué hubiera pasado si leo el comentario de Andreu en el tema pasado? ¿Tendrá razón Mankell al final?
Andreu, compañero de fatigas en esto de la escritura (además de cultivar el dibujo, él, eh, que yo no tengo ni idea) me ha comentado que la novela es del estilo La historiadora de Elizabeth Kostova que en 2005 fue un bombazo literario. Andreu, al igual que yo, caímos en sus redes; Andreu, al igual que yo, dejamos de leer el libro por la mitad más o menos, ya que no nos reportaba nada de nada su lectura. Quizás seamos raros, pero hemos coincidido en más de una ocasión, y por eso me hago la pregunta anterior.
Ya tengo preparado el látigo para fustigarme si Andreu tiene razón con su comentario, pues de ser así, seguro que hubiera sido mejor vivir las aventuras del elefante, o las del tipo raro del blog, o ponerse a buscar un ejercito, o incluso meterse en los barrios chinos de suecia.

Ya os contaré.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La inauguración



El día de la inauguración se presentó casi todo el barrio en el Café Literario. Algunos por curiosidad, pero la gran mayoría para ponerse la botas en el pica-pica.
Los jubilados, hombres y mujeres, llegaron con sus mejores galas, como si de un baile de etiqueta se tratara. Para ellos las inauguraciones, junto con la misa de los domingos, o los bailes en el local de la asociación de jubilados, eran los actos sociales más importantes de su apretada agenda, y era normal, que al considerarlos así, se pusieran los más nuevo, lo más bonito, e incluso en algunos casos, los más extremo. Una de las que siempre iban de lo más extremada era Encarnación. Todos los jubilados le guiñaban el ojo al verla pasar juntos a ellos, y es que Encarnación aún estaba de muy buen ver, y eso que rondaba los setenta, cuestión muy debatida en las mesas de café con leche de las tardes. Dejaba casi al descubierto unos moteados pechos antigravitatorios que más de una dentadura postiza había hecho caer al suelo. Su verborrea también le ayudaba; era abrir la boca y callarse hasta los gorriones. Los años que había pasado encima de los escenarios junto a su marido, le habían ayudado en las artes oratorias. Se sabía mover con elegancia, con picardía, pero sin llegar al extremo de sonrojar a las acompañantes de los varones, aunque no despertaba las mismas simpatías que entre ellos, más bien unos ciertos celos.

-¿Dónde vas con ese bolso? –le dijo una de ellas a Encarnación al entrar.
-¿Qué le pasa al bolso?
-¿No es muy grande? –y se rió junto a otras cuatro que la acompañaban con una vasito de cóctel.
-Vosotras que entenderéis de bolsos –dijo con un cierto desprecio Encarnación. Y se alejó de ellas, pero estás no callaron, y sin levantar en exceso la voz, que no era cuestión de revolucionar el gallinero a los dos minutos añadieron:
-Seguro que es para proveerte, ahorrarte unos euros y así poderte comprar esos sujetadores último modelo de los que tantos nos hablas –y volvieron a reír.

No iban muy equivocadas las cinco amigas. La mayoría habían traído su bolso más grande. Y es que la crisis apretaba y si una se podía ahorrar una comida y una cena, pues mejor que mejor. De eso estaban hablando Saturnino y Godofredo:

-Si yo fuera presidente aprobaría un decreto ley que dijera que todos los días tiene que haber una inauguración en cada uno de los barrios –apostilló Saturnino
-¿Eso no son muchas inauguraciones?
-Quizás sí, pero se arreglaría la crisis en la tercera edad con lo que nos ahorraríamos en comidas. Además generaría un montón de recursos tanto económicos como humanos. En otras palabras, que quizás no me entiendas, más empleo, más gasto.
-Hombre lo de los recursos lo veo. A más inauguraciones más trabajo, pero lo de la crisis.
-Mira que eres inocente. ¿Tú a qué has venido aquí? Yo no te he visto escribir ni en el colegio que siempre te castigaban por no hacer los deberes.
-Pero de eso hace mucho.
-¿Qué me quieres decir? Qué ahora escribes.
-Hombre, estoy empezando. Tengo algunos poemas y espero subir al ese escenario –y lo señaló- algún que otro día.
-Eso lo tengo que ver yo.
-Y lo verás.
-Pues yo vengo a ponerme como el quico y traigo a mi señora para que llene el bolso hasta que no lo pueda cerrar. Así no volvemos a casa comidos y de paso nos llevamos la cena. No ves que en las inauguraciones siempre sufren por quedarse cortos y ponen más de lo que la gente se puede comer.
-Y está feo dejar lo que te ofrecen, ¿no?
-Veo que ya lo vas pillando.
-Con un maestro como tú no cuesta mucho.
-Gracias hombre. Otro vasito de cóctel.
-No sé si serán muchos. Que el médico me ha dicho que tengo que cuidarme.
-Pero si no lleva alcohol, y eso del médico no es nada nuevo. Bien que te atiborras de tocino cuando te viene bien.
-El tocino es otra cosa.
-Espera y verás –y se acercó a la larga barra del local donde se encontraba Amelia sirviendo cócteles con una grácil sonrisa.
-¿Otro cóctel Saturnino? –preguntó Amelia.
-El día se lo merece. Os ha quedado muy bonito el local. Creo que le va a dar un nuevo aire al barrio que estaba necesitado de locales como éste.
-Muchas gracias. Esperamos que así sea. Ése era uno de los objetivos que no propusimos al abrirlo Evaristo y yo.
-Pues creo que en pocos meses os daréis cuenta que estarán totalmente conseguido. ¿Y por cierto? Estábamos hablando Godofredo y yo de si el cóctel llevaba alcohol o no lo llevaba.
- Pues ciertamente no se lo sabría decir ya que lo ha preparado Jenaro.
-¿Jenaro? El del restaurante.
-Sí, el mismo. Se ofreció a organizar el pica-pica.
-¿Lo has oído Godofredo?
-¿Qué quieres? –casi gritando-. Que si tiene alcohol, no quiero más –respondió el pobre Godofredo al que el oído le empezaba a fallar.
-Si quieres se lo pregunto –dijo Amelia.
-Sí, pero déjame el vaso lleno que yo si me voy a tomar otro, tenga o no tenga alcohol –y Amelia se lo llenó y se fue a la cocina a preguntárselo a Jenaro.

La cocina no era muy grande, ya que el antiguo local no se dedicaba a dar opulentas comidas, más bien hacía algún que otro bocadillo, y los domingos se atrevían con las tapas de bravas, callos y pulpo.
Jenaro se había traído su pinche de cocina para que le ayudara. Lo conocía desde hacía muchos años y nunca había querido ser el cocinero titular por más que se lo hubiera propuesto, la última vez al marcharse Amelia. Buenas artes en la cocina no le faltaban después de tantos años entre fogones. Fue el complemento perfecto de Amelia, mientras que esta estuvo en su restaurante; la pareja perfecta. Ahora, el nuevo cocinero se estaba adaptando a las exigencias de Jenaro, que no eran pocas, y eso les había traído algún que otro enfrentamiento. Jesús, el pinche, hacía de mediador entre los dos con bastante buen resultado; habían pasado dos semanas sin que se tiraran los cazos por encima de la cabeza.

-¿Cómo va todo Jenaro? –se interesó Amelia al entrar.
-Por aquí perfecto. Casi lo tenemos todo preparado. ¿Y por fuera, qué tal?
-Está casi lleno. La verdad es que estamos muy contentos.
-Pues verás después de llenar la tripa –y rieron los tres -. O qué te has creído que vienen a hacer. Si consigues que un diez por ciento de los que te visiten hoy vuelvan durante la próxima semana será todo un éxito.
-¿Tan pocos?
-Hazme caso. No quieras ponerte el listón demasiado alto que después es cuando vienen las desilusiones y cuesta más ilusionar, contentar, satisfacer a los clientes. Te lo dice la voz de la experiencia.
-Si tú lo dices –y Jenaro asintió guiñándole un ojo-. Ah, por cierto, me han preguntado si el cóctel lleva alcohol.
-Lleva un chorrito de Licor 43, pero muy poco, ya que en estos eventos la mayoría de los asistentes son gente mayor y no es cuestión de meter a la mitad bajo tierra –y se volvieron a reír.
-¿Y la pierna? –se interesó Amelia.
-Hoy no me duele nada –pero le estaba mintiendo. Estaba haciendo un gran esfuerzo por disimular su dolor. Jesús casi lo descubre al girarse de súbito y mirar a Amelia que no estuvo todo lo atenta que hubiera debido.
-Pues me alegro y me voy para fuera que Evaristo y Marian no darán abasto con la gente que está llegando.
-Venga, cuando me digas empezamos a sacar los platos.
-Yo te aviso. Mil gracias por todo –y le dio un beso en la mejilla que Jenaro agradeció con una sonrisa.

Marian había trabajado los últimos meses con Jenaro. Cuando Amelia le explicó el proyecto, éste le dijo que necesitaría una camarera de confianza, alguien en quién poder confiar con los ojos cerrados. Fue entonces cuando le propuso que podía contratar a Marian, claro está, ofreciéndole algún incentivo a cambio.
Amelia no se lo pensó dos veces. Conocía como trabajaba la rumana y también sabía que era una persona que no buscaba problemas. Además, el nuevo contrato le iba a interesar con toda seguridad. Le ofrecería un año más de lo que actualmente tenía, cobrar los mismo, pero trabajar menos horas, con lo que saldría ganando, a parte de asegurarse un permiso de trabajo mucho más amplio. Y así fue como Marian se incorporó al Café Literario.

-Perdone, me puede indicar donde se encuentra los servicios –preguntó Encarnación a Marian.
-Al fondo a la derecha.
-Dónde si no. Pues mira que lo he mirado y no los he encontrado.
-Es la puerta está muy bien decorada por la señora Amelia –le dijo señalándola.
-¿Detrás de esa estantería están los servicios?
-Es que no es una estantería como tal, es el dibujo de una estantería.
-Pues parece real.
-Esa era la intención de la señora.

Y es que una vez más, Amelia había desplegado toda su creación y buen hacer para conseguir un efecto óptico jamás visto por muchas de los allí presentes.

Encarnación se dirigió a los lavabos y se encontró junto a la puerta a sus amigas del alma:

-¿Qué, os gusta la estantería? –se mal interesó Encarnación.
-No es una estantería –le respondió una de ellas.
-Pues os la estáis comiendo con los ojos.
-Estamos leyendo los lomos de los libros pintados –saltó al paso otra de ellas.
-No será que estáis buscando el pomo de la puerta –dijo Encarnación en tono de mofa.
-O que tú estás esperando que te abramos la puerta por la misma razón –y se rieron como hienas las cinco que ya llevaban tres copas de cóctel.

Encarnación cogió con decisión lo que supuso el pomo y tan sólo consiguió que las otras se rieran más, lo que provocó que ésta se cabreara y decidiera irse del café sin orinar.

-Señoras, un poco de calma. Las veo muy contentas –se dirigió a ellas Evaristo que vio el suceso-. Le tendré que sugerir a Amelia que pinte un poco más claro donde se encuentra el pomo para que no vuelva a suceder.
-Qué le vas a decir. Si esto ha sido lo mejor que nos ha pasado desde que hemos llegado.
-Pues aún tiene que venir lo mejor.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Preludio


No le costó convencer a Evaristo de que el Café Literario era el nombre más apropiado para el local, y más cuando la vio pintando con tanta alegría, con tanta ilusión el rótulo anunciador. Y es que Amelia tenía muchas habilidades que Evaristo desconocía; una de ella la pintura.

El día amaneció soleado, no como los anteriores cinco donde no paró de llover, pero eso no desalentó a Amelia, al contrario le sirvió de inspiración a la hora de crear el rótulo.

Mientras, Evaristo se iba encargando de ir clavando algunos cuadros que le dieran el ambiente deseado al salón del café; de revisar estanterías y sustituir la más viejas; de cambiar los apliques, demasiado clásicos para la ambientación que querían conseguir, por otros más modernistas. También montó, con la ayuda de Jenaro, un pequeño escenario donde se recitarían poemas o se harían lecturas dramatizadas. Incluso tuvo tiempo de contemplar, entre martillazo y tornillazo, la belleza de Amelia, lo que le costó más de una uña partida con el correspondiente moratón, y algún taco bien pronunciado.

Y cuando caía la noche, con el repicar de fondo de las gordas gotas de lluvia cual concierto de cámara, hacían el amor sobre la cálida madera del suelo, sin importarles si sus cuerpos se llenaban del serrín provocado por los arreglos de Evaristo.

Aquella mañana, Evaristo cogió la escalera de mano, la apoyó en la fachada, sintiéndose seguro al subir a ella al ver como Amelia le ayudaba sujetándosela y lo miraba con ojos de enamorada.

Bastaron unos pocos martillazos certeros para dejar posicionado el rótulo en el lugar indicado por Amelia.

-Es precioso –dijo Evaristo mirando el rótulo al bajar de la escalera y mientras cogía por la cintura a Amelia.

-Sí, y es nuestro local –y le dio un dulce beso en los labios.

-Estoy un poco nervioso, ¿sabes? –confesó Evaristo.

-Ya, quedan pocos días para la inauguración. Es normal que te sientas así. Yo también siento un pequeño hormigueo en la barriga.

-Será que cada día estás más enamorada de mí.

-Eso también –y lo volvió a besar. Las campanadas de la cercana iglesia dieron las siete. Pareció como si le hubiera dado el sí quiero.

Continuaron absortos mirando el buen trabajo realizado por Amelia, sin dejarse de coger, sin separarse ni un solo centímetro.

-¡Eh! ¡Pareja! –se oyó a sus espaldas interrumpiendo el cálido momento. Era la inconfundible voz de Jenaro-. Veo que esto está a punto de ponerse en marcha – gritó de nuevo mientras se acercaba cojeando ligeramente.

-¿Qué te ha pasado en la pierna? –le dijo Amelia mientras le daba un abrazo.

-La gota. Llega una edad en que los achaques empiezan y ya no te dejan hasta la tumba –y le dio la mano a Evaristo.

-No dramatices. ¿Qué tendrá que ver la gota con la edad? Yo conozco jóvenes con ataques de gota –explicó Evaristo.

-Pero estarás conmigo en que a más edad más posibilidades.

-Sí, eso sí.

-Pues lo que yo decía.

-¿No será que trabajas demasiado? –intervino de nuevo Amelia.

-Eso también, y más desde que me dejaste.

-No me digas eso.

-Era broma mujer –dijo con una cómplice sonrisa.

-Sabes que no tenía otra opción si queríamos tirar adelante el nuevo local –se justificó por enésima vez, ya que en definitiva se sentía un poco culpable, pero era Jenaro o ella, Jenaro o el nuevo negocio que había soñada desde que casi era un niña. Era un paso que tenía que dar.

-Sí, mujer, sí. Y por eso os he venido a visitar, para apoyaros desde el inicio con el negocio.

-No tienes porqué. De verdad –dijo Evaristo.

-Nada, nada, que no me cuesta nada. Lo haré de corazón. Mira, os quería ofrecer el servicio de mi restaurante el día de la inauguración para que así todo quede en familia y tengáis una cosa menos de que preocuparos.

-¡Gracias! –y lo abrazó Amelia dando su consentimiento.

-Que menos podía ofreceros después de lo que tú has hecho por mí –y Evaristo también le mostró su agradecimiento con una palmada en el hombro-. ¿Teníais algo en mente? Algo que os hiciera especial ilusión, algo que no ha de faltar.

-No, si te soy sincera no lo habíamos pensado todavía.

-Pues mañana mismo os traigo una propuesta por escrito.

-Lo que tú decidas estará bien. Confiamos plenamente en ti, aunque si nos quieres visitar mañana, un chocolate con porras no te va a faltar –le ofreció Amelia.

-No se hable más. ¿Y hoy qué? ¿No me invitáis a una copa? Todavía tengo media horita antes de tener que volver a trabajar. No puedo dejarlos solos.

-¿Y tu gota? –le sugirió Evaristo.

-Ahora que lo dices, me encuentro mucho mejor –y se rieron los tres.


miércoles, 26 de noviembre de 2008

Flojos de pantalón

Las luces de neón anuncian la inminente obertura del local y agazapados entre las sobras que producen las farolas del parking se encuentran los devoradores de carne fácil, carne fresca, carne indocumentada.

Surge la escena en un salón, la matrona da dos palmadas acompasadas y salen una tras otra como si fueran niñas en promoción. Y en los cómodos sillones están las momias poniendo precio, aunque la ambigüedad de sus actos los delata, ya que les da lo mismo ocho que ochenta, la cuestión es que se comporten con profesionalidad. Dinero no les falta.

Alguien va presumiendo discreción, pero todos se conocen y no hacen falta las palabras, tan sólo las miradas para saber quién es el ganador de la subasta de hoy. Una medalla más, una muesca más en la empuñadura de sus pistolas. Son los flojos de pantalón siempre dispuestos a obtener aquello que desean sin reparar en gastos, sin remordimientos, sin miramientos.

Ellas son la musa que inspira la ambición, el querer más, el poder más. El dinero lo puede todo. Pero no son conscientes, o quizás sí, que más les da, del daño que están haciendo.

Las muñecas de porcelana se consuelan con sueños de libertad, miles de noches al pie del cañón y una gran fuerza de voluntad.

El salón se va quedando poco a poco vació. Es una tribu de ficción necesitada de la matrona que parece tener el síndrome de bufón siempre riéndoles las gracias y llevándose suculentas propinas.

Lo que no sabe es que entre las pobres muchachas, obligadas a ejercer va provocando desprecio y reacción, y quizás un día deje de lucir su condición de matriarca.


Los flojos de pantalón se sienten servidos y les dicen al salir de forma apocalíptica:

-Y tú mientras, asumiendo, rebuscando, renegado de tu tiempo.

Pero no pueden oír que entre dientes los maldicen, algunas intentan echarles el mal de ojo, esperando que se salgan de la cuneta al volver a sus casas con sus mujeres.

Sólo les queda un esperanza: la de conseguir el dinero necesario para poder salir de allí cuanto antes.

Pobre esperanza, ya que antes las exprimirán como naranjas hasta sacarles todo el jugo. Y mientras los flojos de pantalón seguirán volviendo, sin preocuparse por ellas lo más mínimo, sin importarles lo que les haya pasado o el porqué ya no están. Lo único que les importa es que no se acabe nunca la función.






Rosendo, Flojos de pantalón

domingo, 23 de noviembre de 2008

Evaristo y Amelia



El amor de Evaristo y Amelia se podría decir que se fraguó entre fogones y es que los exquisitos platos que le preparaba la una al otro lo dejaron prendado desde el primer día.
Amelia trabajaba por aquel entonces en un modesto restaurante, aunque con un reconocido prestigio en su zona de influencia, pero esto no hizo que creciera como suele suceder en la mayoría de los casos. Jenaro el propietario lo tenía muy claro: “Mejor dar cincuenta comidas bien hechas que cien regulares”, y Amelia, su cocinera jefe, era de la misma opinión. La ayudante de ensaladas no creía lo mismo: “Cuanto más sirvamos más ganará el jefe y por tanto nosotras”. Una y otra vez, Amelia le intentaba explicar que eso no era así, que no era una regla de tres simple, que había muchos factores a tener en cuenta, pero la ensaladera era dura de mollera y no lo acabó de entender nunca, así que semana sí, semana no, seguía con la retahíla, hasta que al final decidió dejar el trabajo, cosa que fue un alivio para todos, al no ver proyecto de futuro, según ella.

Evaristo siempre recordará el día que entró por primera vez al restaurante. Un sutil aroma a pollo con escamarlanes y caracoles conquistó su pituitaria. Lo acompañó con un buen rioja y a la hora del café fue cuando la vio. Amelia había salido de la cocina para tomarse un café en una apartada mesa. No era muy normal que lo hiciera. Algunos creyeron tiempo después que fue una especie de alineación estelar la que hizo posible el encuentro aquel día.
La vio cansada, y quizás un poco desanimada. Fue esto último lo que le hizo levantarse y acercarse a ella:


-Buenas, ¿la puedo acompañar? Mi nombre es Evaristo –y le alargó la mano.
-No creo que haya ningún mal en ello. Me llamo Amelia –estrechándole la suya sin levantarse.
-Gracias. ¿Es a usted…
-Trátame de tú, que no soy tan vieja –y rieron los dos. Era maravillosa su sonrisa.
-Le decía, ostras, perdón, te decía que si eras tú a la persona que tenía que felicitar por tan suculento manjar.
-Exagerado.
-Lo digo de corazón, bueno mejor de boca –y volvieron a reír. La risa de Amelia era agradable, contagiosa y harmoniosa.


Los minutos fueron pasando y la conversación se fue animando. Eran los primeros de una vida que pronto compartirían. No tuvieron reparos en irse a vivir juntos a los quince días de aquel afortunado encuentro, decisión que no acabó de gustar a los padres de Amelia, conservadores como eran, cosa nada extraña aquellos años; la mayoría de los padres de familia tenían el mismo corte que los de Amelia.
Se podría decir que Evaristo y Amelia fueron unos pioneros, que abrieron el camino que más tarde muchos recorrerían; sin estar casados, sin hijos de por medio que los obligara a casarse de penalti, con menos de cinco años de noviazgo o por llamarle de otro modo, relación sin derecho a roce.
En el barrio fue muy comentada la relación, sobre todo durante las primeras semanas, pero tal como vino se fue al ver que el diablo no tenía cola. También ayudó la implicación de Amelia, desde el primer día, en una pequeña asociación vecinal. Allí dio clases de cocina a la mayoría de las mujeres del barrio, la cuales se vieron atraídas por los comentarios que llegaban de su buen hacer en el restaurante.


Amelia siguió trabajando en la cocina del restaurante, aunque Evaristo le sugirió que no tenía necesidad de hacerlo, ya que con su sueldo y lo que le habían dejado sus padres en herencia al morir, tenían más que suficiente para vivir. Pero ella no quiso perder su independencia en ningún momento. Quiso aportar a la casa tanto como él aportaba; siempre quiso que la tratara de igual a igual, no quería ser como las demás, que buscaban un buen marido, dejaban sus trabajos, si los tenían y se dedicaban a traer niños al mundo sin descanso. Ella era diferente, quería ser diferente, sentía que debía serlo para poder realizarse. No tenía ningún sentido ser como las demás, hacer lo que todas, vestir como ellas, hablar de los mismos temas, dejarse controlar por los hombres, o como había sentido decir a algunas: “Hacer creer que nos controlan”.
Las tardes que pasaba en la asociación eran como una película, pues entre magdalenas, churros, sobaos y polvorones, sus compañeras no dejaban de relatar sus historias personales. Ella nunca entró al trapo y eso que se lo reclamaron con insistencia. Ella quería ser diferente. Aquella tertulia era un pequeño precio que debía de pagar por ayudar si no quería faltar al respeto a los compañeras, pues hubiera sido una afrenta no compartir café con ellas al acabar las clases.


La entrada de los dos sueldos hizo que pudieran acumular una buena cantidad de dinero para realizar un pequeño sueño que Amelia había deseado desde jovencita y del que hizo partícipe a Evaristo casi desde el primer día.


-No me habías dicho que te gustaba leer –le dijo aquel día Evaristo al verla leyendo un libro de considerables dimensiones.
-No me lo habías preguntado nunca –y puso un punto de libro y lo cerró para continuar-. Pero lo que más me gusta es recitar, contar, explicar relatos o como muchos le llaman, cuentos.
-¿De verdad?
-Sí, como lo oyes. Desde muy pequeña me dediqué a explicar historias a mis hermanas. Como no teníamos para comprar libros, me dedicaba a ir de un lugar a otro buscando alguno que alguien hubiera tirado –y señaló el que estaba leyendo.
-¿Y encontrabas muchos?
-Sí, encontraba, pero no tantos como yo hubiera querido. Así que, algunos días hacía que leía el libro, pero en realidad me inventaba la historia.
-¿Y nunca te has decidido a escribir esas historias?
-No, que va. Una cosa es inventarse una historia y otra muy distinta es plasmarla en un papel.
-¿Quieres decir?
-Yo lo creo así. Alguna tarde me había sentado en la mesa de la cocina intentando escribir aquello que se me ocurría, pero no tenía paciencia para ello.
-Ahora podrías volverlo a intentar.
-Creo que mi paciencia sigue igual que hace unos años.

Días más tarde, Amelia le explicó su sueño por primera vez a Evaristo:

-¿Sabes lo qué en realidad siempre he querido tener?
-Dime.
-Un café literario.
-¿Y eso da dinero?
-Pues la verdad, no sabría que decirte, pero si que da alegría de espíritu –él levantó las cejas-. ¿A ti no te gustaría ser propietario de un café literario?
-Mujer, no sé. Café más literatura creo que es igual a mancha en un libro.
-Jajajaja –rieron los dos acompasados.
-Mira piénsatelo y ya me dirás algo de aquí a unos meses cuando tengamos algo de ahorro y podamos empezar por alquilar un pequeño local.
-Sí que lo tienes pensado.
-Más que pensado. Ya tengo el lugar escogido y todo. Llevo varios años intentando ahorrar para poder conseguirlo, incluso he hablado con el propietario que ya está mayor y me lo dejaría, vaya, ahora nos lo dejaría por un precio razonable. Llegamos a hablar de comprar, pero yo no quería correr tanto, además de no tener el dinero suficiente para poder realizar la comprar.
-Me lo tienes que enseñar.
-Cuando quieras vamos dando un paseo.
-De acuerdo. Supongo que tendrás un nombre pensado.
-Sí, el Café literario.
-No sé si vende mucho el nombre.
-¿Y por qué ha de vender? Siempre pensando en el dinero –le dijo sin acritud.
-Porque no abrirás un negocio para peder dinero, digo yo –respondió sonriendo.
-Pues, propón tú un nombre –le retó.
-A ver –pensaba Evaristo mientras miraba al techo. –Ya, ya lo tengo: El rincón literario, o El rincón de los libros.
-No sé, me parece que me quedo con el mío.
-No es cuestión de quedarte con el tuyo o con el mío, es cuestión de hablarlo, de pensar más nombres, y sobre todo de no precipitarnos, ya que un nombre marca mucho.