jueves, 23 de octubre de 2008

Un paseo por las nubes

Acaba de amanecer y la niebla cubre el valle mientras las montañas emergen señoriales sobre él. Algunos árboles asoman sus diminutas narices como buscando un resquicio de aire con el que refrescarse.

Y yo estoy allí. Sólo frente al poderío de la naturaleza que me muestra su grandeza y me hace insignificante. Pero no tengo miedo de esa soledad, ya que la he buscado yo.

Bien temprano me levanté con la convicción de encontrar el lugar perfecto para expiar mis penas, para llenar mis pulmones con aire limpio, con aire fresco; y me costó tan poco. Estaba tan cerca y yo sin darme cuenta. Estoy seguro que si lo hubiera encontrado mucho antes no tendría que preocuparme por la tensión, por el estrés, por el desgaste propio del día a día. Y es que son tan pocos los días en que nos paramos a pensar en nosotros mismos. Debería existir un día fijo a la semana, que digo un día, quizás fuera mejor dos o tres horas al día, donde sólo pensáramos en nosotros mismos. Pero ojo, no desde el narcisismo, no desde el egocentrismo, si no desde la paz de una respiración lenta, pausada, desde el murmullo de los latidos del corazón, desde la desaceleración del parpadeo, sin prisas, sin espejos.

Las nubes, las montañas y las puntas de los árboles forman ese nuevo escenario, ese nuevo mundo, donde sentirse sólo no es sinónimo de tristeza. Imaginarse danzando sobre los mullidos colchones de vapor de agua, el poder hablarle a las cimas de tú a tú, el rascarse la nariz con la punta de los árboles, eso será de hoy en adelante lo que me dará fuerza para continuar la lucha diaria con el quehacer.

Lento, pausado, sin prisas, sin espejos.


Autor del cuadro: Caspar David Friedrich (1774 - 1840)
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