jueves, 6 de noviembre de 2008

El rincón de los libros encontrados (III)



Fue un sábado el día elegido por el abuelo para enseñar a su nieto El rincón de los libros encontrados.

Durante los veinte minutos que duró el trayecto a pie casi no hablaron. Esto no fue un impedimento para que los dos se sintieran animados; el abuelo por compartir con su nieto su rincón secreto; el nieto por la confianza depositada en él: “Ni siquiera tu madre sabe donde se encuentra”, recordó que le había dicho el abuelo. Ahora tenía más claro que nunca que, su abuelo lo quería con locura y que había sido una desconsideración por su parte, creer que sin historias su abuelo no era tan importante para él. El amor era mutuo, sincero, entrañable.

-¿Está en tu casa? –le dijo Andreu al abuelo mientras este abría la puerta.

-¿Y dónde pensabas que podía estar?

-No me lo había planteado, pero nunca imaginé que estuviera tan cerca de nosotros.

-Es que está escondido y además es muy pequeño. –Lo que desilusionó a Andreu en cierto modo, ya que desde el día que supo de la existencia del rincón, se lo había imaginado como una biblioteca inmensa. El abuelo se percató y le dijo: -No lo juzgues antes de verlo.

Subieron los escalones que comunicaban la entrada con el salón. La decoración estaba muy recargada; muebles y más muebles que casi no daban respiro a las paredes y el suelo.

El abuelo se acercó a uno de los muebles:

-Me tendrás que ayudar. Antes lo hacía tu abuela –dijo emitiendo un leve suspiro al finalizar la frase.

Los dos apretaron con fuerza consiguiendo mover aquel pesado mueble, pero no se veía ninguna entrada en la pared. Fue entonces cuando el abuelo empezó a golpear suavemente el tabique hasta que se sintió un sonido más vivo, no tan apagado como los demás. Siguió golpeando hasta marcar el perímetro de la oquedad; midió un plano y con la uña típica de tocar la guitarra, pudo extraer lo que parecía un trocito de pintura, pero que en verdad era un diminuto tapón que guardaba la cerradura. Se echó la mano al bolsillo y escogió la llave más pequeña de entre las que tenía en el llavero. Ésa era por la que, años atrás, Andreu había experimentado una extraña atracción:

-¿Abuelo, qué abre esta llave? –le había preguntado.

-Abre una caja fuerte.

-De veras.

-Sí, de veras.

-¿Y tienes mucho dinero escondido?

-No te lo sabría decir –fue la respuesta del abuelo aquel día. Ahora estaba a punto de entender aquella respuesta.

No hizo falta un gran esfuerzo para abrir la puerta. Tirando de la llave se podía abrir la puerta, y mientras ésta lo hacía, pequeños hilos de pintura plastificados se desprendían del perímetro.

-Menudo trabajo tiene el escondite –es lo único que se le ocurrió decir a Andreu.

-Parece mucho, pero a base de abrir y cerrar se aprende a ponerlo en un momento.

-¿Tiene que ser muy valioso lo que tienes ahí escondido?

-Eso lo decidirás tú. Tú le podrás el valor. El mío como podrás comprender es muy alto.

Antes de entrar tocó un interruptor interior y se hizo la luz. Lo dos agachados entraron en El rincón de los libros encontrados. Una vez a dentro, se pudieron poner de pie. No tardó mucho a saturárseles la nariz de un intenso olor a papel mojado, y es que muchos de los manuscritos que se encontraban allí los había recuperado de los vertederos. Durante muchos años los abuelos se iban de excursión a los vertederos cercanos, era como si estuvieran jugando a la búsqueda del tesoro. Esa búsqueda no se limitaba a manuscritos. Muchos de los muebles que allí se encontraban habían sido rescatados del vertedero, y es que por entonces no existía el punto de recogida selectiva inaugurado hacía tres años, justo el tiempo que Amelia, la abuela, lo había dejado sólo.

No había ni un solo metro libre de pared; estanterías y más estanterías repletar de manuscritos, y en el centro de la sala, dos sillones y una lámpara entre los dos.

-Aquí veníais la abuela y tú a leer.

-Sí, casi cada tarde nos dedicábamos a leer, clasificar, ordenar y documentar los manuscritos.

-¡Guau! –exclamó Andreu al ver un libro plateado. -¿Éste tiene que valer mucho, verdad? –señalándolo. El abuelo rió y añadió:

-Es una primera edición del Quijote.

-¿De verdad? –el abuelo no pudo contenerse y rió a brazo partido lo que molestó un poco a Andreu. No entendía lo que le hacía tanta gracia.

-¿Tú crees que yo tendría una primera edición del Quijote en El rincón de los libros encontrados? –le preguntó el abuelo aún sonriendo.

-¿Y por qué no?

-Pues porqué entonces estaría incumpliendo el requisito mínimo para poder pertenecer a la colección.

-¿Y es?

-Mira Andreu, aquí sólo ahí manuscritos de libros que no se han publicado nunca, o como mucho, que se hayan autoeditado, aunque podrás entender que la mayoría pertenecer a la primera categoría, ya que eso de la autoedición es un proceso que no se estilaba mucho hace unos años.

-¿Y encontrados, por qué?

-Pues porqué, o bien los encontramos tirados por ahí, o bien me los regalaron sus propietarios hartos de convivir con el fracaso de no publicar. Antes el café de la plaza central era un hervidero de escritores que se pasaban el día hablando de sus novelas inacabadas, que de esas también tengo unas cuantas, o de las no publicadas, e incluso de las enviadas a concurso y que no fueron ni mencionadas. Entre todos ellos intentaban encontrar el secreto del éxito, comparado una obra con otra, viendo lo bueno de una y lo malo de otra para volver a copiar el estilo o para no volverlo a hacer. Una vez acabado el debate y viendo que ninguna de las novelas o relatos eran perfectos, me los daban a mí a modo de regalo. Yo nunca los consideré un regalo. Yo siempre lo consideré como un préstamo, como te lo diría, me consideraba el guardián del saber de aquellas gentes. Tenía, vaya tengo, la firme convicción que muchas de las novelas o relatos que aquí se encuentran tendrían un digno recorrido editorial. Pero ya sabes tú que las editoriales no se rascan el bolsillo si no ven pasta gansas en el horizonte. Una vez hablando con tu abuela se nos ocurrió que podíamos montar nuestra propia editorial, pero también teníamos que convencer a los autores y ninguno de ellos quiso acceder ya que consideraban que todo escrito guardado en El rincón de los libros encontrados estaba gafado, quemado, tarado, y todos los adjetivos despectivos que le puedas aplicar a una obra. Así que desechamos la idea. Ahora quedan muy pocos vivos y quizás sería el momento de retomar la idea de publicar, pero sin tu abuela –y hizo una pausa. –Pero ahora serás tú el guardián del rincón y por tanto podrás hacer lo que quieras con él. –A Andreu se le iluminaron los ojos –Pero recuerda, este es tú sitio y el de nadie más, aunque cuando yo no esté quizás decidas compartirlo, pero te advierto, antes de tomar dicha decisión, siéntate y lee, así te podrás dar cuenta de lo que te dejo.

Andreu no sabía que decir. Estaba alucinado. Se sentó en uno de los sillones y fue moviendo la cabeza de derecha a izquierda recorriendo las paredes repletas de manuscritos.

-¿Y los tuyos? –al fin dijo.

-Ya los encontraras.

Andreu ya conocía El rincón de los libros encontrados y la novela estaba dando sus últimos coletazos igual que la vida del abuelo, aunque a decir verdad, ya había vivido una semana más de las que le había pronosticado.

El día que la acabó, la cosió, se la puso bajo el brazo de la gabardina y se dirigió al cementerio para enseñársela a su mujer.

Ahora ya se podía morir tranquilo. Había sido capaz de empezar y sobre todo acabar una novela. Ya podría hablar con propiedad con los demás escritores del café si se los encontraba.

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