miércoles, 26 de noviembre de 2008

Flojos de pantalón

Las luces de neón anuncian la inminente obertura del local y agazapados entre las sobras que producen las farolas del parking se encuentran los devoradores de carne fácil, carne fresca, carne indocumentada.

Surge la escena en un salón, la matrona da dos palmadas acompasadas y salen una tras otra como si fueran niñas en promoción. Y en los cómodos sillones están las momias poniendo precio, aunque la ambigüedad de sus actos los delata, ya que les da lo mismo ocho que ochenta, la cuestión es que se comporten con profesionalidad. Dinero no les falta.

Alguien va presumiendo discreción, pero todos se conocen y no hacen falta las palabras, tan sólo las miradas para saber quién es el ganador de la subasta de hoy. Una medalla más, una muesca más en la empuñadura de sus pistolas. Son los flojos de pantalón siempre dispuestos a obtener aquello que desean sin reparar en gastos, sin remordimientos, sin miramientos.

Ellas son la musa que inspira la ambición, el querer más, el poder más. El dinero lo puede todo. Pero no son conscientes, o quizás sí, que más les da, del daño que están haciendo.

Las muñecas de porcelana se consuelan con sueños de libertad, miles de noches al pie del cañón y una gran fuerza de voluntad.

El salón se va quedando poco a poco vació. Es una tribu de ficción necesitada de la matrona que parece tener el síndrome de bufón siempre riéndoles las gracias y llevándose suculentas propinas.

Lo que no sabe es que entre las pobres muchachas, obligadas a ejercer va provocando desprecio y reacción, y quizás un día deje de lucir su condición de matriarca.


Los flojos de pantalón se sienten servidos y les dicen al salir de forma apocalíptica:

-Y tú mientras, asumiendo, rebuscando, renegado de tu tiempo.

Pero no pueden oír que entre dientes los maldicen, algunas intentan echarles el mal de ojo, esperando que se salgan de la cuneta al volver a sus casas con sus mujeres.

Sólo les queda un esperanza: la de conseguir el dinero necesario para poder salir de allí cuanto antes.

Pobre esperanza, ya que antes las exprimirán como naranjas hasta sacarles todo el jugo. Y mientras los flojos de pantalón seguirán volviendo, sin preocuparse por ellas lo más mínimo, sin importarles lo que les haya pasado o el porqué ya no están. Lo único que les importa es que no se acabe nunca la función.






Rosendo, Flojos de pantalón

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