jueves, 11 de diciembre de 2008

Hermanos del pasado



Seguía llegando gente atraída por una especie de feromona inaugural. Amelia, Evaristo y Marian se veían superados. Servían cócteles sin parar, hacían continuos viajes a la cocina para pedir más brebaje; recogían las copas vacías sobre las mesas, en parte para que hubiera un poco de orden y en parte para poder limpiarlas y así no tener que sacar los vasos de plástico que no hubieran quedado demasiado a juego con la puesta en escena.
Si a todo esto le añadimos que intentaban hablar con unos y otros, interesándose, preguntándoles, escuchándolos, se podría decir que estaban al borde del colapso, pero tenían claro que unas de las etiquetas del Café Literario debía ser el diálogo fluido y a ser posible, enriquecedor; que las visitas al café no fueran en vano, un mero tomarse un té, si no que el acompañamiento fuera una buena conversación y se caía alguna que otra magdalena, mejor que mejor para las arcas, ya que sería de tontos abrir un negocio para no ganar nada; el altruismo no está emparentado con los negocios.
Los dos sabían que los primeros meses serían deficitarios, pero estaban convencidos que al final del primer año el saldo mensual sería positivo, con lo que el café se convertiría en una realidad objetiva y no tan sólo en un sueño irrealizable y subjetivo.

-Hombre Jorge –dijo Evaristo medio sorprendido de encontrárselo allí.
-¿Qué tal? No hace mucho que hemos llegado –dijo Jorge saludándole e indicando que Alejo había llegado con él.
Jorge, Alejo y Evaristo se conocían desde pequeños. Habían nacido en la misma calle, casi puerta con puerta. En su día se consideraron como hermanos, pero las continuas afrentas de, sobre todo, Jorge a Evaristo hicieron que la relación se deteriorara.
Una de las primeras sucedió cuando los tres cursaban bachillerato. Jorge le robó los apuntes de literatura a Evaristo, aunque a día de hoy lo siguiera negando. El perjudicado se tuvo que contentar con preparar el examen leyendo el libro de texto que, por descontado, no incluía todo lo que el profesor les explicaba, aquello que en definitiva era más significativo, y que tenía costumbre de poner. Total que se tuvo que contentar con un suficiente aquella vez, cosa poco frecuente.
Roberto, que así se llamaba el profesor de literatura, conseguía hacer que sus clases fueran apasionantes, que todos estuvieran deseando que llegara su hora, y es que Roberto era un apasionado de la educación. Su lema era que la literatura era un mero vehiculo para acercarse a sus alumnos.
-La literatura no es el fin, tan sólo es el principio. Leer entre líneas –repetía una y otra vez en sus clases. Ese era su lema.

Roberto no era un adoctrinador. Creía que muchos de sus colegas cometían el error de serlo, lo que provocaba pesadas clases llenas de conceptos, de ideas, de filosofadas que tan sólo incitaban a empollarse los temarios o a practicar el arte del chuleteo.
Roberto nunca les impuso sus ideas; las compartía con ellos como si de uno más de la clase se tratara. Le gustaban los encendidos debates, aunque dentro de un orden, para que todas las voces pudieran ser escuchadas.
Evaristo estaba convencido que su pasión por la lectura, por los debates, por las largas charlas a media noche, provenían de allí, de aquellas maravillosas clases. Estaba seguro que parte de su vida hubiera sido diferente de no cruzarse en su camino Roberto. Todavía se lo recordaba, ya que mantenían contacto vía correo electrónico, y alguna que otra escapada a tomar café.
Quién lo iba a decir, Roberto mandando un email; el profesor no era amante de los ordenadores, decía que en su época sólo había máquinas de escribir y que con ellas le había ido muy bien, y añadía, que prefería las cartas de puño y letra donde se podía intuir el estado de ánimo del que la enviaba.
Sus primeros contactos habían sido así, pero Evaristo insistió que debía aprender a moverse entre las nuevas tecnologías, y más ahora que tenía tiempo de sobras. Así que, el alumno hizo de profesor, y el profesor quedó contento con las enseñanzas de su alumno. De esa forma la afición de Roberto creció de manera exponencial y más al conocer a una amiguita, como él la llamaba, con la que mantenía largas charlas por el messenger.


Jorge y Alejo no lo tenían tan claro. Por aquellos entonces empezaron a saltarse más de una clase. Evaristo estaba seguro que el robo de sus apuntes estaba totalmente relacionado con éste hecho.
Además cuando estaban, siempre mostraban posturas opuestas a sus compañeros, lo cual no era malo, pero no se contentaban con eso, si no que lo llevaban al extremo, radicalizando sus ideas, e intentando provocar, lo que creaba malestar en el aula.
Todo el mundo creía que Jorge era la mano ejecutora y que Alejo era su bufón, pero se equivocaban, ya que el segundo se movía bien entre las sombras. Poca gente conocía a Alejo. Su aparente timidez le llevaba a no expresarse con asiduidad ante sus compañeros, a no relacionar más que con Jorge, lo que conllevaba que el contacto con los demás fuera mínimo y que las oportunidades de conocerlo fueran escasas, por no decir nulas.
Evaristo era de las pocas personas que conocían a Alejo y sabía que tras su candida apariencia, tras su desgarbado aspecto, tras su timidez, se escondía una mente brillante, privilegiada. Algunas veces llegó a pensar que podía ser un superdotado mal llevado, no diagnosticado.
Un día cayó una revista en sus manos que hablaba del tema e inmediatamente lo relacionó con Alejo. Las conclusiones de dicha revista le llevaron a pensar que Alejo tenía un gran sufrimiento interior. Los que le rodeaban podían ver o intuir que era capaz de algo más, pero que existía alguna razón que se les escapaba de las manos que hacía que no fuera posible. ¿Quién se podía imaginar que Alejo era un superdotado?
Continuamente le taladraban los tímpanos con repetitivas frases: “puedes hacerlo”; “tú puedes, demuéstramelo”; “haz lo que quieras, yo ya he hecho lo que debía por ti”; “confío en ti, tú puedes”. Eso no le ayudaba, o eso decía el artículo y la suposición de Evaristo en relación a Alejo; al contrario, le perjudicaba al hundirlos más en el pozo de la incomprensión.

-Quisiera subir a leer –dijo por sorpresa Alejo.
Jorge lo miró extrañado como preguntándose: “¿Y éste qué dice ahora?” Su fuerte carácter había tapado por completo su posible visión de Alejo, del cual lo desconocía casi todo, y al que consideraba su seguidor, su guardaespaldas, su perro acompañante. Nunca lo había menospreciado en público, hacerlo hubiera sido lo mismo que hacérselo a si mismo, ya que todos consideraban a Alejo como parte de Jorge, pero alguna que otra vez lo había hecho en privado. Alejo nunca le mostró su disconformidad.
-De aquí a unos minutos el escenario será tuyo, como de todos aquellos que tengan algo que explicar, algo que contar, algo que compartir –respondió Evaristo casi contento por ver salir del cascarón a Alejo. “Nunca es tarde si la dicha es buena”, se dijo para si mismo- Nos vemos luego que debo continuar sirviendo cócteles. Ya te avisaré cuando sea tu turno de subir.
Alejo sonrió.
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