miércoles, 3 de diciembre de 2008

La inauguración



El día de la inauguración se presentó casi todo el barrio en el Café Literario. Algunos por curiosidad, pero la gran mayoría para ponerse la botas en el pica-pica.
Los jubilados, hombres y mujeres, llegaron con sus mejores galas, como si de un baile de etiqueta se tratara. Para ellos las inauguraciones, junto con la misa de los domingos, o los bailes en el local de la asociación de jubilados, eran los actos sociales más importantes de su apretada agenda, y era normal, que al considerarlos así, se pusieran los más nuevo, lo más bonito, e incluso en algunos casos, los más extremo. Una de las que siempre iban de lo más extremada era Encarnación. Todos los jubilados le guiñaban el ojo al verla pasar juntos a ellos, y es que Encarnación aún estaba de muy buen ver, y eso que rondaba los setenta, cuestión muy debatida en las mesas de café con leche de las tardes. Dejaba casi al descubierto unos moteados pechos antigravitatorios que más de una dentadura postiza había hecho caer al suelo. Su verborrea también le ayudaba; era abrir la boca y callarse hasta los gorriones. Los años que había pasado encima de los escenarios junto a su marido, le habían ayudado en las artes oratorias. Se sabía mover con elegancia, con picardía, pero sin llegar al extremo de sonrojar a las acompañantes de los varones, aunque no despertaba las mismas simpatías que entre ellos, más bien unos ciertos celos.

-¿Dónde vas con ese bolso? –le dijo una de ellas a Encarnación al entrar.
-¿Qué le pasa al bolso?
-¿No es muy grande? –y se rió junto a otras cuatro que la acompañaban con una vasito de cóctel.
-Vosotras que entenderéis de bolsos –dijo con un cierto desprecio Encarnación. Y se alejó de ellas, pero estás no callaron, y sin levantar en exceso la voz, que no era cuestión de revolucionar el gallinero a los dos minutos añadieron:
-Seguro que es para proveerte, ahorrarte unos euros y así poderte comprar esos sujetadores último modelo de los que tantos nos hablas –y volvieron a reír.

No iban muy equivocadas las cinco amigas. La mayoría habían traído su bolso más grande. Y es que la crisis apretaba y si una se podía ahorrar una comida y una cena, pues mejor que mejor. De eso estaban hablando Saturnino y Godofredo:

-Si yo fuera presidente aprobaría un decreto ley que dijera que todos los días tiene que haber una inauguración en cada uno de los barrios –apostilló Saturnino
-¿Eso no son muchas inauguraciones?
-Quizás sí, pero se arreglaría la crisis en la tercera edad con lo que nos ahorraríamos en comidas. Además generaría un montón de recursos tanto económicos como humanos. En otras palabras, que quizás no me entiendas, más empleo, más gasto.
-Hombre lo de los recursos lo veo. A más inauguraciones más trabajo, pero lo de la crisis.
-Mira que eres inocente. ¿Tú a qué has venido aquí? Yo no te he visto escribir ni en el colegio que siempre te castigaban por no hacer los deberes.
-Pero de eso hace mucho.
-¿Qué me quieres decir? Qué ahora escribes.
-Hombre, estoy empezando. Tengo algunos poemas y espero subir al ese escenario –y lo señaló- algún que otro día.
-Eso lo tengo que ver yo.
-Y lo verás.
-Pues yo vengo a ponerme como el quico y traigo a mi señora para que llene el bolso hasta que no lo pueda cerrar. Así no volvemos a casa comidos y de paso nos llevamos la cena. No ves que en las inauguraciones siempre sufren por quedarse cortos y ponen más de lo que la gente se puede comer.
-Y está feo dejar lo que te ofrecen, ¿no?
-Veo que ya lo vas pillando.
-Con un maestro como tú no cuesta mucho.
-Gracias hombre. Otro vasito de cóctel.
-No sé si serán muchos. Que el médico me ha dicho que tengo que cuidarme.
-Pero si no lleva alcohol, y eso del médico no es nada nuevo. Bien que te atiborras de tocino cuando te viene bien.
-El tocino es otra cosa.
-Espera y verás –y se acercó a la larga barra del local donde se encontraba Amelia sirviendo cócteles con una grácil sonrisa.
-¿Otro cóctel Saturnino? –preguntó Amelia.
-El día se lo merece. Os ha quedado muy bonito el local. Creo que le va a dar un nuevo aire al barrio que estaba necesitado de locales como éste.
-Muchas gracias. Esperamos que así sea. Ése era uno de los objetivos que no propusimos al abrirlo Evaristo y yo.
-Pues creo que en pocos meses os daréis cuenta que estarán totalmente conseguido. ¿Y por cierto? Estábamos hablando Godofredo y yo de si el cóctel llevaba alcohol o no lo llevaba.
- Pues ciertamente no se lo sabría decir ya que lo ha preparado Jenaro.
-¿Jenaro? El del restaurante.
-Sí, el mismo. Se ofreció a organizar el pica-pica.
-¿Lo has oído Godofredo?
-¿Qué quieres? –casi gritando-. Que si tiene alcohol, no quiero más –respondió el pobre Godofredo al que el oído le empezaba a fallar.
-Si quieres se lo pregunto –dijo Amelia.
-Sí, pero déjame el vaso lleno que yo si me voy a tomar otro, tenga o no tenga alcohol –y Amelia se lo llenó y se fue a la cocina a preguntárselo a Jenaro.

La cocina no era muy grande, ya que el antiguo local no se dedicaba a dar opulentas comidas, más bien hacía algún que otro bocadillo, y los domingos se atrevían con las tapas de bravas, callos y pulpo.
Jenaro se había traído su pinche de cocina para que le ayudara. Lo conocía desde hacía muchos años y nunca había querido ser el cocinero titular por más que se lo hubiera propuesto, la última vez al marcharse Amelia. Buenas artes en la cocina no le faltaban después de tantos años entre fogones. Fue el complemento perfecto de Amelia, mientras que esta estuvo en su restaurante; la pareja perfecta. Ahora, el nuevo cocinero se estaba adaptando a las exigencias de Jenaro, que no eran pocas, y eso les había traído algún que otro enfrentamiento. Jesús, el pinche, hacía de mediador entre los dos con bastante buen resultado; habían pasado dos semanas sin que se tiraran los cazos por encima de la cabeza.

-¿Cómo va todo Jenaro? –se interesó Amelia al entrar.
-Por aquí perfecto. Casi lo tenemos todo preparado. ¿Y por fuera, qué tal?
-Está casi lleno. La verdad es que estamos muy contentos.
-Pues verás después de llenar la tripa –y rieron los tres -. O qué te has creído que vienen a hacer. Si consigues que un diez por ciento de los que te visiten hoy vuelvan durante la próxima semana será todo un éxito.
-¿Tan pocos?
-Hazme caso. No quieras ponerte el listón demasiado alto que después es cuando vienen las desilusiones y cuesta más ilusionar, contentar, satisfacer a los clientes. Te lo dice la voz de la experiencia.
-Si tú lo dices –y Jenaro asintió guiñándole un ojo-. Ah, por cierto, me han preguntado si el cóctel lleva alcohol.
-Lleva un chorrito de Licor 43, pero muy poco, ya que en estos eventos la mayoría de los asistentes son gente mayor y no es cuestión de meter a la mitad bajo tierra –y se volvieron a reír.
-¿Y la pierna? –se interesó Amelia.
-Hoy no me duele nada –pero le estaba mintiendo. Estaba haciendo un gran esfuerzo por disimular su dolor. Jesús casi lo descubre al girarse de súbito y mirar a Amelia que no estuvo todo lo atenta que hubiera debido.
-Pues me alegro y me voy para fuera que Evaristo y Marian no darán abasto con la gente que está llegando.
-Venga, cuando me digas empezamos a sacar los platos.
-Yo te aviso. Mil gracias por todo –y le dio un beso en la mejilla que Jenaro agradeció con una sonrisa.

Marian había trabajado los últimos meses con Jenaro. Cuando Amelia le explicó el proyecto, éste le dijo que necesitaría una camarera de confianza, alguien en quién poder confiar con los ojos cerrados. Fue entonces cuando le propuso que podía contratar a Marian, claro está, ofreciéndole algún incentivo a cambio.
Amelia no se lo pensó dos veces. Conocía como trabajaba la rumana y también sabía que era una persona que no buscaba problemas. Además, el nuevo contrato le iba a interesar con toda seguridad. Le ofrecería un año más de lo que actualmente tenía, cobrar los mismo, pero trabajar menos horas, con lo que saldría ganando, a parte de asegurarse un permiso de trabajo mucho más amplio. Y así fue como Marian se incorporó al Café Literario.

-Perdone, me puede indicar donde se encuentra los servicios –preguntó Encarnación a Marian.
-Al fondo a la derecha.
-Dónde si no. Pues mira que lo he mirado y no los he encontrado.
-Es la puerta está muy bien decorada por la señora Amelia –le dijo señalándola.
-¿Detrás de esa estantería están los servicios?
-Es que no es una estantería como tal, es el dibujo de una estantería.
-Pues parece real.
-Esa era la intención de la señora.

Y es que una vez más, Amelia había desplegado toda su creación y buen hacer para conseguir un efecto óptico jamás visto por muchas de los allí presentes.

Encarnación se dirigió a los lavabos y se encontró junto a la puerta a sus amigas del alma:

-¿Qué, os gusta la estantería? –se mal interesó Encarnación.
-No es una estantería –le respondió una de ellas.
-Pues os la estáis comiendo con los ojos.
-Estamos leyendo los lomos de los libros pintados –saltó al paso otra de ellas.
-No será que estáis buscando el pomo de la puerta –dijo Encarnación en tono de mofa.
-O que tú estás esperando que te abramos la puerta por la misma razón –y se rieron como hienas las cinco que ya llevaban tres copas de cóctel.

Encarnación cogió con decisión lo que supuso el pomo y tan sólo consiguió que las otras se rieran más, lo que provocó que ésta se cabreara y decidiera irse del café sin orinar.

-Señoras, un poco de calma. Las veo muy contentas –se dirigió a ellas Evaristo que vio el suceso-. Le tendré que sugerir a Amelia que pinte un poco más claro donde se encuentra el pomo para que no vuelva a suceder.
-Qué le vas a decir. Si esto ha sido lo mejor que nos ha pasado desde que hemos llegado.
-Pues aún tiene que venir lo mejor.
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