sábado, 3 de enero de 2009

Hikikomori (I)



Hacía más de dos años cuando se topó por casualidad con una serie de dibujos japoneses en el Youtoube; NHK era su título. Nunca había sentido hablar de ella en el mundillo del cómic japonés que frecuentaba. Estaba seguro que había pasado sin pena ni gloria y que tan sólo la tenacidad de un seguidor que había tenido la molestia y el tiempo para poder colgar el primer capítulo en internet, había hecho posible que Raúl se interesara por él.
Desde el primer momento se vio atrapado por la historia y quiso informarse más sobre el tema que trataba, los Hikikomori. Hizo una búsqueda rápida del tema y lo primero que encontró fue lo siguiente:

“Los hikikomori son adolescentes y adultos jóvenes que se ven abrumados por la sociedad japonesa y se sienten incapaces de cumplir los roles sociales que se esperan de ellos, reaccionando con un aislamiento social. Los hikikomori a menudo rehúsan abandonar la casa de sus padres y puede que se encierren en una habitación durante meses o incluso años.”



Acababan de dar las nueve de la mañana cuando salió de su casa para ir el supermercado. El día estaba encapotado, pero no parecía que fuera a llover el las próximas horas. Hubiera sido mejor que estuviera lloviendo, y no porqué le gustara especialmente la lluvia, sino porqué se encontraría aún menos gente a la hora de comprar.
Quería ser de los primeros en entrar, en comprar y sobre todo en salir. Era mejor pasar desapercibido. No tenía ganas de dar explicaciones de porqué esto o porqué aquello, pero sabía que serían inevitables.

-Hombre, tú por aquí y cargado de sopa instantánea –dijo la cajera del supermercado que lo conocía casi desde que nació.
-Pues ya ves –es lo único que se lo ocurrió decir a Raúl.
-¿Te vas de excursión a la montaña? –se interesó la cajera al ver tal cantidad de sopa.
-Algo así –e intentó cortar la conversación con un impulsivo- ¿cuánto te debo?
Metió todas las cajas en la mochila que había traído para tal efecto, pagó y se dirigió a su siguiente objetivo: comprar tabaco.
-Maldito vicio –se decía mientras se acercaba al estanco-. Ahora tendré que volver a pasar por lo mismo.
Pero no fue así. Le dieron los buenos días y tres cartones de Lucky Strike, además de tres mecheros que nunca están de más. Los estanqueros son las personas menos morbosas que existen en el mundo comercial, o esa era su opinión; casi nunca preguntaban al respecto de lo que se compraba. Tenía la teoría que bastante tenían con vender veneno para luego preguntar por él. ¿Tendría conciencia?, se preguntó en múltiples ocasiones.

Al salir del estanco repasó la lista que había preparado la noche anterior. Si no se le había pasado nada por alto, podría decirse que lo tenía todo.
Sabía que los primeros días serían duros y tenía que hacer acopio de provisiones por lo que pudiera pasar. Estaba decidido; era lo que necesitaba, lo que deseaba hacer, lo que creía mejor para su estado actual, para su motivación, para su ánimo, para su bienestar.

Andrea, la madre de Raúl, ya se encontraba en la cocina cuando éste llegó de comprar.
-¿Dónde has ido tan pronto? ¿Quizás una entrevista de trabajo matutina? –se interesó Andrea por su hijo.
-Algo así –fue la escueta respuesta de Raúl y siguió avanzando en dirección a su habitación.
-¿Qué quieres decir con algo así?
-Pues lo que he dicho.
-Pero…-iba a protestar.
-Mamá, no te pongas pesada –la cortó.
-Vale, tranquilo –apaciguo los ánimos-. ¿Has desayunado ya?
-Sí mamá. He tomado una ensaimada y un café con leche en el bar de Tobías.
-¿Y tú crees que eso es un desayuno? –insistió la madre.
-Algo así –volvió a repetir y cerró la puerta de su habitación.


Nunca pensó que un día se encontraría en una situación similar a la del protagonista de NHK, salvando las distancias claro.
Días atrás buscó en su ordenador algunos viejos ficheros .doc que creó cuando se topó con la serie. En uno de ellos pudo leer:

“A menudo se encuentran tristes, pierden sus amigos, se vuelven inseguros, tímidos y hablan menos. Frecuentemente son objeto de burla en el colegio, lo cual puede ser el detonante para su aislamiento.”

¿Era ese su caso? Era un cómputo de todo, o un cómputo de nada. ¿Somos todos susceptibles de ser un hikikomori, de asemejarnos a ellos, de actuar como ellos? Él se consolaba pensando que sí, y es que nadie empieza un encierro voluntario, por gusto, por placer, por tocar lo que no suena, por empeño, por ir contra el sistema. Él sentía que era su única salida para seguir vivo, para poder salir del pozo en el que se había sumido.
Aún no percibía muy bien cómo, pero sabía que de esa forma estaba más cerca de conseguirlo.

Había reflexionado mucho sobre el tema. Algunas veces pensó que podría estar relacionado con la perdida de su trabajo, hacía dos meses de eso. Otras lo relacionó con la ruptura que tuvo con Marta, habían sido novios casi la mitad de los veintisiete años que ahora contaba; después de seis meses no creía que fuera muy probable, pero quién sabe el tiempo de reacción de las cuestiones del corazón. Todo era posible. Incluso especuló con la pelea familiar de las últimas navidades. El pollo fue mayúsculo y culminó con un: “yo hago lo que me sale de los huevos y no tengo que darle cuentas a nadie”, que hizo enrojecer como nunca antes lo habían hecho a sus padres. Desde entonces no se había hablado con nadie de la familia que no fueran sus progenitores y estos a su vez intentaban explicar, mitigar sus palabras según le confesó un día su madre, muy apesadumbrada.

Todo, nada, algo, parte, no sabía muy bien que podría ser, pero sabía que necesitaba quitarse de en medio por un tiempo indefinido.

Las horas pasarían. Sus padres llegarían de trabajar. Lo llamarían para cenar, único momento en el día en el que la familia se reunía, ya que los respectivos trabajos hacían imposible que pudieran comer juntos, de ahí que hubieran decidido que la cena era sagrada para la familia. Debían cenar, “siempre que se pudiera juntos”, dijo un buen día su padre, y cuando Carlos, el padre, decía siempre que se pudiera, quería decir: siempre.
Estaba preparado. Sabía lo que tenía que decir, y estaba seguro que la primera noche la pasaría sin problemas. Pero, ¿y las siguientes?
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