viernes, 16 de octubre de 2009

El viaje



Aún recuerdo cuando nos subimos en aquel barco por primera vez. El mar estaba agitado. Estábamos un poco asustados, pero nos cogimos de la mano, nos miramos a los ojos, y pisamos la cubierta con fuerza. Era nuestro viaje, era nuestra decisión.

Al cabo de unas horas, unos delfines saltaban alegres a lado y lado del barco sin miedo a las olas. Fue entonces cuando me dijiste:
-Soy un pequeño pez buceando bajo estrellas caídas.
A lo que respondí en mi tono habitual:
-Y yo una ballena intentando devorarte –y me tire a tu cuello y lo besé.
Nos reímos durante unos segundos y añadiste:
-No, tú no eres una ballena, eres el océano azul oscuro cubriendo mis aletas –y nos abrazamos mirando los delfines jugar. El tiempo parecía haberse detenido. El mar se calmó de repente. El barco era un pequeño paraíso.

Ya por la noche, salimos a disfrutar de la visión, de la luz de las estrellas. El mar continuaba en calma; nosotros estábamos en paz, en armonía con el cielo, rebosantes de amor.
Una estrella fugaz recorrió en diagonal el horizonte. Instintivamente nos miramos, nos besamos muy suavemente y te dije:
-¿Te acuerdas de cómo un angelito me atrapó con sus alas e hizo que cada segundo de mi vida tuviera sentido?
-Sí –respondiste con cara de niña buena y añadiste.- ¿Y tú recuerdas como un diablillo quería apoderarse de todo mi cuerpo?
-Sí –respondí como el que nunca hubiera roto un plato.
Nos volvimos a besar, como si fuera un último beso en medio de aquel maravilloso espectáculo de pequeños focos que iluminaban el escenario de nuestras vidas.

Una de las tarde, mientras dormías, aproveché, inspirado como estaba, para escribir lo que sería un pequeño relato.
Cuando abriste los ojos, te desperezaste y desnuda me abrazaste por la espalda. El calor de tu cuerpo se fundió con el mío provocando un estallido de adrenalina como si fuera la primera vez que nos tocáramos.
Me mordiste la oreja y me susurraste con seguridad:
-Algún día veré alguno de tus escritos publicados –y me volviste a morder la oreja. Tu lengua empezó a recorrer con suavidad el camino hacia mi cuello.
Muy lentamente me giré, te senté sobre mis piernas y acariciándote el pelo y sin dejar de mirarte a los ojos te dije:
-Me basta con que tú los leas.

Fue un viaje precioso donde, sin decirnos te quiero, nos lo decíamos cada segundo que estábamos juntos, al mirarnos, al tocarnos, al besarnos.
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