sábado, 24 de octubre de 2009

Silvania (2)



Las estrellas simulaban focos en el escenario de la vida. Parecía la noche idónea, la elegida para la llegada del Salvador. La función podía comenzar.
Y allí estaba Silvania junto a sus compañeros en aquel claro del bosque que parecía pertenecer a otro mundo a otra realidad y donde se alzaba un pequeño montículo, como si de un islote se tratara.
El Maestro sacó la figura del Salvador de una vieja bolsa, la alzó para que guera bien visible para todos, y la puso sobre un pequeño altar que era eregido para la ocasión entre los vítores de los allí reunidos. Seguidamente se rodeó el altar con un círculo de leña al que prendieron fuego. Todo estaba preparado para iniciar el ritual de salvación, de llamada, de encuentro.
Los tambores comenzaron a sonar a un ritmo endiablado. Saltaban y se retorcían alrededor de la hoguera, mientras el Maestro recitaba los versículos jeroglífico que tan sólo él conocía.
Entre bramidos se fueron quitando las ropas para quedar completamente desnudos sin ningún pudor y siguieron danzando y gritando alrededor de la hoguera. Algunos saltaban por encima de ella para besar la figura y volvían rápidamente a la formación con una sonrisa entre los labios. No tenían miedo al fuego. El agua del Salvador les protegía.
Unos minutos después, el Maestro hizo para el tronar de los tambores. Los seguidores frenaron su éxtasis en seco. Llegaba el momento de la ofrenda. Silvania se había ofrecido en alguna ocasión como ofrenda, pero el Maestro había rechazado su ofrecimiento alegando que era demasiado pronto para ello y que muchos otros tenían que ser ofrecidos antes que ella. En algunas ocasiones habían engañado a un sin techo que a cambio de comida y sobre todo bebida, los acompañaba al ritual sin saber que sería su última noche. Pero en noches como aquella, el Maestro prefería que la ofrenda fuera de mayor calidad para no ofender al Salvador.
Anne había sido la elegida. Silvania no la conocía más allá de lo poco que hubieran podido hablar en las reuniones de grupo, aunque sabía que llevaba bastante tiempo siguiendo al Salvador. Para ella aquella noche era la de su salvación personal, la que conocería al Salvador, en la que podría descansar eternamente.
El Maestro alzó un afilado machete que puso en el cuello de Anne. Recitó unos versos y sin pensarlo dos veces derramó su sangre sobre la figura del Salvador. Se escuchó un lejano aullidote ultratumba. Todos estuvieron atentos a que no fuera una señal. El silencio se podía cortar. No era la primera vez que habían oído aquel aullido desgarrador. Y mientras el cuerpo de Anne dejaba este mundo.
El Maestro elevó de nuevo el machete y gritó que los tambores volvieran a sonar. El ritual debía continuar. La noche estaba cerca. Todos lo presentían.


Silvania volvió a casa como si hubiera asistido a una reunión de punto de cruz. Encontró a Yurislav tumbado, medio dormido, en el sofá del comedor.
-Buenas noches amor –se desperezó Yurislav.
-Buenas noches –le dio un rápido beso en los labios y se dirigió, como hacía cada noche que salía, a la ducha.
Yurislav nunca preguntaba dónde iba o qué hacía, pero eso no quería decir que no tuviera curiosidad, aunque confiaba plenamente en ella y eso hacía que estuviera un poco más tranquilo.
Lo que le preocupaba eran los cambios de humor que había observado en las últimas semanas. Ya no era la mujer alegre que conoció en el taller de poesía. Algo había cambiado.
-¿Te pasa algo? Últimamente te noto distante y tirante conmigo –le preguntó Yurislav dos días atrás.
-No, nada –fue la seca respuesta de ella.
Yurislav no quiso insistir para no tensar aún más la cuerda ya de por sí tensa.

Después de la ducha y de secarse el pelo Silvania se metió en la cama y se quedó profundamente dormida. Yurislav no tuvo tiempo ni de darle el beso de buenas noches.

A media noche comenzó a llover con fuerza lo que despertó a Yurislav. Aprovechó para ir al lavabo.
Se estaba encendiendo un cigarrillo cuando escuchó los gritos de Silvania. Salió corriendo hacia la habitación. La cogió por ambos hombros y entre zarandeos le dijo:
-Amor, amor, despierta amor.
Silvania abrió los ojos.
-¿Qué pasa? ¿Qué haces despierto y cogiéndome de los hombros?
-Has tenido una pesadilla.
-¿Una pesadilla?
-Sí, te has puesto a gritar como una loca.
-No lo recuerdo.
Yurislav la abrazó con cariño meciéndola muy suavemente. Silvania parecía no entender nada.
-¡Eh! Que estoy bien, que no me pasa nada.
-Silvania, estoy preocupado.
-Preocupado, ¿por qué?
-Estoy notando que algo no va bien, y creo que no tiene que ver con nosotros, si no contigo.
-No sé que pajas mentales te estás haciendo, pero yo estoy bien, como siempre.
-Yo no lo creo así.
-Pues no lo creas. Quiero dormir, ¿vale? –rechazando el abrazo de Yurislav y estiró en la cama.
-¿Lo podemos hablar mañana? –insistió Yurislav.
-¿Hablar el qué?
-Lo que está pasando, lo que ha cambiado.
-No está pasando nada, no ha cambiado nada.
-Yo creo que sí, ya te lo he dicho.
-Pues lo hablamos mañana. Ahora métete en la cama y déjame dormir.
Yurilav le dio un beso en la frente y volvió a por su cigarrillo al comedor. No sería el último de aquella noche. Tenía que pensar. Saber lo que debía decirle. Llegar al fondo de la cuestión, pues su preocupación iba en aumento. Quería ayudarla, pero no podía hacerlo si no sabía a que tenía que enfrentarse y sobre todo no quería perderla. ¿O quizás ella tenía razón y eran pajas mentales suyas? No, no lo eran. Los gritos de desespero de aquella noche tenían que tener algún significado.

Silvania no pudo dormir aquella noche. Su sufrimiento tenía que acabar. El Maestro tenía que aceptar su decisión, su sacrificio. No podía seguir soñando con infinitos abismos con espectrales paredes giratorias; con la caída al vacio y de golpe un vertiginoso desplazamiento por mundos huidizos como si se trasladara en la cola de un comenta; y vuelta a caer estaba vez a las profundidades del mar envuelta en un coro de convulsas carcajadas de las antiguas divinidades que parecían rechazarla. Eso le hacía sufrir. Ella tenía que ser una de las elegidas. No quería seguir escuchando aquellas horrendas carcajadas.
No se daba cuenta, pero su conciencia ya no le pertenecía y por ello no podía tener fuerza alguna para contárselo a Yurislav. Debía seguir negando que pasara nada si quería obtener la salvación eterna. Pero lo veía sufrir y le gritaba tras el cristal de su yo sumiso al Salvador.
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