sábado, 17 de octubre de 2009

Sábados literarios: Ahora no toca, o quizás sí



Sábados literarios es un viaje literario por diferentes blog con un tema en común propuesto por la conductora del simbólico bus donde nos encontraremos todos. La conductora de esta semana es: Ardilla. Sábados literarios

Quizás os preguntaréis que tiene que ver este texto con el tema de la convocatoria: "El lugar donde yo escribo". Creo que le podría buscar algunas, pero la más significativa, y de ahí el texto, es que muchas veces viajo dentro de mi corazón para hilvanar algunas frases que me relajen y me acompañen, como es el caso.

Espero que los disfrutéis.


-¿Qué guapa estás hoy?
-Eso me lo dices cada día.
-¿Y por eso tiene menos valor?
-No sé. Empiezo a pensar que es una costumbre.
-Mira el humo. Lo ves –alzando la mano para señalar la pequeña estela que se dirige hacía la cara de ella.
-Ya. Eso son chorradas. Yo no creo en esas cosas.
-Pues es bien cierto. El humo siempre va para los guapos.
-A ver. Cámbiame el sitio –y se levantan los dos e intercambian sus posiciones.
Esperan unos segundos. Él le da una suave calada al cigarrillo y sonríe cuando ve que, muy poquito a poco, el humo gira para jugar con la cara de ella. Los dos se ríen, se miran a los ojos e intentan contener las ganas que tienen de besarse.
-No me mires así.
-¿Cómo?
-Pues así, como lo estás haciendo ahora.
-Es como siempre te miro.
-Me estás volviendo loca.
Él con su mano derecha, la que tiene libre, empieza a recorrer por encima del banco del parque el pequeño espacio que le separa de la espalda de ella, mientras no la deja de mirar y ella no quiere que lo deje de hacer.
Le toca el hombro, primero con la yema de los dedos con los que dibuja una imaginaria línea hasta llegar a su cuello. Ella suspira y cierra los ojos mientras piensa en lo dulces que son sus labios. Pero ahora no toca, o quizás sí. Se quiere dejar llevar cuando él comienza a posar sus dedos sobre los huesecillos de su columna. Le encanta hacerlo. Sentirlo uno a uno hasta llegar a la parte baja de su espalda. No quiere mirar donde pone los dedos para no perderse más abajo, mucho más abajo. Ahora no toca, o quizás sí.
-Me tengo que ir.
-Lo sé.
-Se me hace tarde.
-Nunca es tarde, contigo, nunca es tarde. Los relojes están parados cuando estoy a tu lado. Incluso las nubes se abren y dejan entrever el brillante sol.
-Estás exagerando.
-Sí, como con el humo –y le señala al cielo que hace unos segundos estaba encapotado y amenazaba lluvia.
-Eres mágico.
-Tú haces que lo sea.
Ella se levanta muy a su pesar. Se coloca bien el abrigo y se cala la bufanda negra.
Ya de pie, se miran durante unos eternos segundos. Él quiere levantarse y besarla. Ella está deseando que lo haga. Pero ahora no toca, o quizás sí.
-Me voy.
-Sí –dice él con la voz un poco más apagada y levantándose muy poco a poco.
Los centímetros que separan sus cuerpos parecen kilómetros. Ahora no toca, o quizás sí, se dicen los dos sin saberlo.
Ella mueve si nariz abriendo y cerrando los cavidades nasales para romper el hielo de la despedida. Los dos se ríen.
-Eso me gusta más –dice ella y comienza a alejarse.
Al cabo de unos segundos se gira y le lanza un beso con la mano. Él le responde de igual forma, aunque su cabeza le dice que salga corriendo tras ella y la bese en sus rosados labios. Pero ahora no toca, o quizás sí.

Y mientras la locura juega con los dos, ella ya ha desaparecido de campo visual. Él se pone triste. Empieza a llover. Un cuervo gazna a lo lejos anunciando la tormenta. Le gustaría ser cuervo para poder volar y estar junto a ella de nuevo. Deberá esperar.
Un nuevo graznido lo despierta de su letargo, de su ausencia. La gente pasa corriendo a su lado. La lluvia cada vez es más fuerte. Le da igual mojarse. Deberá esperar.
El cielo parece romperse. Le da igual. Incluso el cuervo se ha escondido bajo el tejado del campanario, quizás asustado, quizás observando como un triste humano se va mojando, esperando, esperando. Deberá esperar.

Y de repente, la lluvia ceja en su empeño y a lo lejos la vuelve a ver, también mojada de pies a cabezas, con él.
Un sutil nerviosismo le recorre todo el cuerpo cuando la ve acercarse. No se lo puede creer. Se frota los ojos. Ella sigue allí.
-¿Me estabas esperando? –le dice ella a pocos metros de él.
-Sí, llevo una vida esperándote.
-Una vida es mucho.
-No, no es mucho si lo que me queda de ella la paso a tu lado.
Los dos se abrazan. No les importa estar completamente mojados. Él le separa el pelo de la cara y la besa en la frente.
-¿Ahora no toca? –le pregunta él.
-Quizás sí –le contesta ella con una preciosa sonrisa.
Se funden en un largo y apasionado beso.

El cuervo retoma el vuelvo y entre graznido parece decir: “Nunca llueve eternamente”.

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