martes, 24 de noviembre de 2009

Tus ojos


El 18 de noviembre de 2008 publiqué en este blog un post con el título de "Ojos". Por aquellas cosas de la vida, hace dos días lo releí y me sorprendí de lo que había escrito hace poco más de un año.
Esa sorpresa me ha llevado a reescribir "Ojos" y transformar aquel relato en "Tus ojos".


Son tus ojos donde yo me reflejé para que pudieras sentir que estaba cerca de ti, para que pudiéramos soñar con un mañana mejor, para que pudiéramos compartir los momentos buenos y sobre todo los malos. ¿Qué gracia tendría entonces esas miradas si no lo compartiéramos todo?
Son nuestros ojos testigos de todos los días que llevamos juntos, unidos al principio por un finísimo hilo y que poco a poco se ha ido enmarañando para crear la complicidad de la que ahora disfrutamos.
Son nuestras miradas lo que nos recuerdan que el camino a recorrer no es sencillo, pero también nos hacen ver que desde ese primer momento comprendimos que el uno podía estar junto al otro, sin miedo a cerrar los ojos.

Recuerdo como el otro día no sabía como consolarte. No querías ni siquiera mirarme. Repetías una y otra vez que no sabías lo que te pasaba, que te sentías mal y necesitabas llorar. Mis ojos intentaron encontrar los tuyos, para decirte que no estabas sola, que yo estaba allí, sin prisas, sin que el tiempo corriera, ya que entendí que necesitabas tiempo, espacio, calma, tranquilidad.
También entendí que lo único que podía hacer es seguir buscando con mirada sosegada la tuya cómplice, hasta que las lágrimas que los bañaban se secaran y nos pudiéramos encontrar de nuevo, y consolarnos el uno al otro.
Me senté a tu lado y te cogí la mano, dándote mi calor, mi presencia, para decirte sin palabras que comprendía por lo que estabas pasando y que no me separaría de ti, que no te dejaría sola.

No quiero dejar de mirarte. Amo tus ojos, amo el espejo que me ofrecen y la vida que veo tras ellos, amo las miradas que me dedicas y el amor con que las haces.

A veces quisiéramos cerrar los ojos, incluso ponernos una venda para seguir hacia delante por miedo a ver lo que nos espera. Pero no es fácil cuando se trata del corazón, ya que al cerrarlos sentimos el frío aterrador de la soledad de espíritu. Y al volverlos a abrir nos encontramos de nuevo con esa realidad de la que queríamos escapar, de la que queríamos huir corriendo deprisa, muy deprisa.
Pero yo estaré allí, pues sabes que me cuesta mucho cerrar los ojos y más cuando estás a mi lado.

Una noche soñaste que miles de ojos te observaban y te sentiste juzgada. Sentiste miedo y un gran agobio se apoderó de ti y te dejó sin fuerzas para poder gritar, para poder pedir auxilio. Sentiste que podía ser el fin y te dio miedo de tocarlo. Pero una fina lluvia refresco tu cara, las magulladas del corazón, las heridas del alma. Fue esa lluvia la que te dio fuerzas para levantarte, llegar hasta casa y tocar la puerta.
Te abracé con las ganas del que hace años que sueña con ello y tú me rechazaste. Por suerte comprendí que no era eso lo que necesitabas, sino descansar, cerrar los ojos y soñar con un nuevo mañana acolchada entre un suave oleaje.
Y estuve toda la noche sentado al borde de la cama, cogiéndote la mano, casi sin parpadear, para que pudieras sentir el calor de mi mirada. Tenía miedo a cerrarlos y que tú los abrieras y te sintieras de nuevo sola.

Blancos besos los que te di al salir el sol. Tiernos besos los que soñé durante la noche. Necesitaba decirte que podías contar conmigo, que juntos íbamos a encontrar la isla de la infinita felicidad donde comenzar una nueva historia, una nueva vida. Quería decirte que confiaras en mi, que no tenía miedo a emprender la marcha, fuera al ritmo que fuera, pues mi espíritu peregrino sabe que uno debe amoldarse al ritmo del más lento.

-Sabes –me dijiste aquella mañana-. Eres como una serpiente que me hubiera encontrado en medio del desierto y mirándome con esos ojos que me vuelven loca, me dijeras que a poco menos de cinco minutos existía un oasis, tú oasis –y añadiste tras besarme-. Cuando estoy a tu lado pierdo la voluntad de salir corriendo.

Y continuamos recorriendo el camino, unas veces, las que más, con una dulce sonrisa, otras con cierta tristeza ante los cruces que nos obligan a separarnos para buscar más tarde la senda, volver a estar juntos de nuevo y con ello seguir aprendiendo el uno del otro. Y cuando los pies parecen cansados nos paramos bajo un frondoso árbol para mirarnos y seguir enamorándonos.
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