jueves, 29 de enero de 2009

El doctor Salt de Gerard Donovan



Quería empezar el comentario con un parágrafo extraído del libro que os puede dar una pista clara sobre lo que vais a encontrar en el libro:



“La espera le puede causar ansiedad, pero ¿siente que hay lagunas en su vida? ¿Intenta conectar sus experiencias sociales y profesionales para sentirse realizado? […] Si es así, tal vez padezca Trastorno Reflejo de la Web, o TRW. […] Hemos desarrollado un producto para aliviar los efectos de este trastorno. Consulte a su médico.” (Página 31)

Un hospital se pasa la vida investigando sobre nuevos fármacos que intenta recetar sin miramientos a sus pacientes para poder llenar su caja y seguir investigando. Muchas de las veces pasan meses antes de acertar con la medicación adecuada, si lo consiguen, y en caso contrario, los pacientes mueren sin más; en algunos casos pagan el funeral y la medicación de por vida a sus familiares directos.

El protagonista del libro está íntimamente ligado con el hospital, aunque él no eligió estarlo. Durante el libro viviréis varios viajes al hospital donde conoceréis al Doctor Fargoon que es uno de lo jefes de los proyectos de investigación que se llevan a cabo y que tiene una extraña forma de ejercer la medicina (como podéis comprobar en el parágrafo que os he dejado).

El libro empieza con una frescura que hacía tiempo no leía. Durante los primeros capítulos te absorbe y quieres saber más del protagonista. Además, la ironía está presente en esta parte.
Esa frescura y la ironía desaparece en un cierto punto del libro, supongo que de manera consciente por el autor, y no adentramos en un mundo caótico que nos hace incluso reflexionar sobre la posibilidad de continuar o no con la historia. Yo me he sentido un poco agobiado en algunos capítulos, que por descontado, me han costado de pasar. Creo que es un mérito del autor conseguir esa sensación en el lector.

Y después aparece Salt para arreglarlo todo. La historia se va al pasado y nos empezamos a enterar de muchas de las cuestiones abiertas en anteriores capítulos. Su padre, su madre, su hermano e incluso el vecindario cogen un protagonismo que hace que la historia fluya con otro ritmo.

Y llegamos al final que visto lo visto no podía ser otro. Las últimas páginas están sacadas de las extrañas de los protagonistas y nos dejan con un sabor agridulce.

Sólo recomendaría su lectura en caso que busquéis nuevas sensaciones, aunque tampoco os creéis muy altas expectativas. Es lo que me pasó a mí, que empecé con unas muy altas, y más tras leer los primeros capítulos y luego me fui apagando.

Os dejo con la sinopsis para que os complete la idea de la trama del libro.

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Sinopsis (extraída de la contraportada del libro)



Sunless, un hombre con algunos problemas psicológicos, acude al hospital Pharmalak, en Salt Lake City, donde curan con píldoras toda clase de trastornos. Pese al tratamiento, Sunless sigue mostrando síntomas de esquizofrenia: cree, por ejemplo, que las moscas son temibles espías y ve conspiraciones en todas partes. No obstante, todo da un vuelco cuando se entrevé la posibilidad de que, en realidad, Sunless sea fruto de la imaginación de un joven llamado Salt.



Así arranca esta entrañable sátira sobre la capacidad de la mente para crear mundos paralelos, un inteligente relato sobre los peligros de la búsqueda de la propia identidad y el autoconocimiento, que acaba convirtiéndose en una crítica feroz no sólo de las empresas farmacéuticas, interesadas sólo en vender productos, y de esa psiquiatría todo ve un trastorno, sino también del delirante mundo actual

domingo, 25 de enero de 2009

No hay nada que sea para siempre



No me tienes que impresionar ni que seguir la corriente, voy a quedarme aquí en la orilla del presente contando los segundos al pasar cual ovejas en una noche de insomnio.

Con la boca amarga y el corazón derrotado, estoy plantando barreras a las sombras de mis pasos, aunque me gustaría salir corriendo y no mirar atrás; dejar el pasado donde tiene que estar, pero me falta valentía para afrontar un futuro incierto, que tampoco estoy convencido de conocer.

La derrota no es una opción y ya no hay excusa, y para siempre me parece mucho tiempo. No me quiero imaginar ni por un solo momento que esto que ahora estoy viviendo va a ser todo lo que la vida me puede llegar a dar.

Donde el hombre se asfixia escribe testamento, lagrimas de vinagre y de chile negro. Y te lo he repetido muchas veces, y parece que me contradigo cuando digo que quiero salir corriendo, que no me quiero imaginar siempre así, pero sólo tengo una palabra en mis cortados labios: resignación.

El suplicio es estar contigo, eres la alquimia de mi veneno, eres la única que me puede insuflar los ánimos suficientes para dar un golpe de timón a mi vida e intentar surcar aquellos mares que siempre he soñado navegar a bordo de mi propio barco.

Hoy nacen las dudas, lo mismo será mañana, si es ley en tus entrañas, será sabia para mi locura. Y entiendo que tengas dudas, y entiendo que me digas que este discurso lo llevo dando más años de los que nos conocemos; que tú ya lo has intentado en anteriores ocasiones con el resultado que podemos apreciar, pero te pido que no te rindas, hazlo por mí; mis brazos llevan bajados muchos años.

La influencia de la ira y los impulsos de la lengua, no tengo toda la vida y aun hay cajas con sorpresas. Quiero que me las muestres de nuevo, quiero oírlo una vez más salir de tus labios. Te lo ruego, dame la mano para poder salir de esta mi vida que se ha convertido en una tétrica noria que se va retroalimentando de mis propios fracasos, de mis olvidos.

La derrota no es una opción y ya no hay excusas, Y para siempre me parece mucho tiempo.

¿Te acuerdas el otro día? Te pregunté si había algo que fuera para siempre y me contentaste que el amor, pero tengo serias dudas de que sea así. Además, si existiera algo que fuera para siempre, sería mejor acabar con esto de una vez, ya que no existiría esperanza. La única que tengo es pensar que no hay nada que sea para siempre.


martes, 13 de enero de 2009

Más liado que un ovillo

Buenas, sigo por aquí. Lo que pasa es que llevo unos días muy liado con mil cosas y no tengo tiempo y muchas veces, ni ganas, ni concentración para escribir o para contestar lo que escribís. Pero tranquilos que volveré a caminar.

¿Os acordáis cuando os hable de lo de liarse y esas cosas? Pues es lo que me pasa a mí. Algunas veces intento priorizar y dejo dos de las diez cosas que hago, pero con el paso de los días veo que tengo tiempos muertos, y como mi cabeza no para, pues me cojo tres más, y entonces estamos peor que antes. Siempre ha sido así en mi vida.

Hablando de las próximas publicaciones (que no tienen fecha, pero espero que puedan ser pronto); Hikikomori tiene su continuación. Prometido, ya que tengo un pequeño guión hecho (cosas que pocas veces hago) y creo que la historia puede dar para mucho.

Algunos días, al llegar a casa, me gustaría estar como el oso del centro de la imagen, pero no tienes tiempo ni para planteártelo.

Bien, pues eso, que nos vemos en el Cruce de nuestros Caminos, espero que muy pronto.



sábado, 3 de enero de 2009

Hikikomori (I)



Hacía más de dos años cuando se topó por casualidad con una serie de dibujos japoneses en el Youtoube; NHK era su título. Nunca había sentido hablar de ella en el mundillo del cómic japonés que frecuentaba. Estaba seguro que había pasado sin pena ni gloria y que tan sólo la tenacidad de un seguidor que había tenido la molestia y el tiempo para poder colgar el primer capítulo en internet, había hecho posible que Raúl se interesara por él.
Desde el primer momento se vio atrapado por la historia y quiso informarse más sobre el tema que trataba, los Hikikomori. Hizo una búsqueda rápida del tema y lo primero que encontró fue lo siguiente:

“Los hikikomori son adolescentes y adultos jóvenes que se ven abrumados por la sociedad japonesa y se sienten incapaces de cumplir los roles sociales que se esperan de ellos, reaccionando con un aislamiento social. Los hikikomori a menudo rehúsan abandonar la casa de sus padres y puede que se encierren en una habitación durante meses o incluso años.”



Acababan de dar las nueve de la mañana cuando salió de su casa para ir el supermercado. El día estaba encapotado, pero no parecía que fuera a llover el las próximas horas. Hubiera sido mejor que estuviera lloviendo, y no porqué le gustara especialmente la lluvia, sino porqué se encontraría aún menos gente a la hora de comprar.
Quería ser de los primeros en entrar, en comprar y sobre todo en salir. Era mejor pasar desapercibido. No tenía ganas de dar explicaciones de porqué esto o porqué aquello, pero sabía que serían inevitables.

-Hombre, tú por aquí y cargado de sopa instantánea –dijo la cajera del supermercado que lo conocía casi desde que nació.
-Pues ya ves –es lo único que se lo ocurrió decir a Raúl.
-¿Te vas de excursión a la montaña? –se interesó la cajera al ver tal cantidad de sopa.
-Algo así –e intentó cortar la conversación con un impulsivo- ¿cuánto te debo?
Metió todas las cajas en la mochila que había traído para tal efecto, pagó y se dirigió a su siguiente objetivo: comprar tabaco.
-Maldito vicio –se decía mientras se acercaba al estanco-. Ahora tendré que volver a pasar por lo mismo.
Pero no fue así. Le dieron los buenos días y tres cartones de Lucky Strike, además de tres mecheros que nunca están de más. Los estanqueros son las personas menos morbosas que existen en el mundo comercial, o esa era su opinión; casi nunca preguntaban al respecto de lo que se compraba. Tenía la teoría que bastante tenían con vender veneno para luego preguntar por él. ¿Tendría conciencia?, se preguntó en múltiples ocasiones.

Al salir del estanco repasó la lista que había preparado la noche anterior. Si no se le había pasado nada por alto, podría decirse que lo tenía todo.
Sabía que los primeros días serían duros y tenía que hacer acopio de provisiones por lo que pudiera pasar. Estaba decidido; era lo que necesitaba, lo que deseaba hacer, lo que creía mejor para su estado actual, para su motivación, para su ánimo, para su bienestar.

Andrea, la madre de Raúl, ya se encontraba en la cocina cuando éste llegó de comprar.
-¿Dónde has ido tan pronto? ¿Quizás una entrevista de trabajo matutina? –se interesó Andrea por su hijo.
-Algo así –fue la escueta respuesta de Raúl y siguió avanzando en dirección a su habitación.
-¿Qué quieres decir con algo así?
-Pues lo que he dicho.
-Pero…-iba a protestar.
-Mamá, no te pongas pesada –la cortó.
-Vale, tranquilo –apaciguo los ánimos-. ¿Has desayunado ya?
-Sí mamá. He tomado una ensaimada y un café con leche en el bar de Tobías.
-¿Y tú crees que eso es un desayuno? –insistió la madre.
-Algo así –volvió a repetir y cerró la puerta de su habitación.


Nunca pensó que un día se encontraría en una situación similar a la del protagonista de NHK, salvando las distancias claro.
Días atrás buscó en su ordenador algunos viejos ficheros .doc que creó cuando se topó con la serie. En uno de ellos pudo leer:

“A menudo se encuentran tristes, pierden sus amigos, se vuelven inseguros, tímidos y hablan menos. Frecuentemente son objeto de burla en el colegio, lo cual puede ser el detonante para su aislamiento.”

¿Era ese su caso? Era un cómputo de todo, o un cómputo de nada. ¿Somos todos susceptibles de ser un hikikomori, de asemejarnos a ellos, de actuar como ellos? Él se consolaba pensando que sí, y es que nadie empieza un encierro voluntario, por gusto, por placer, por tocar lo que no suena, por empeño, por ir contra el sistema. Él sentía que era su única salida para seguir vivo, para poder salir del pozo en el que se había sumido.
Aún no percibía muy bien cómo, pero sabía que de esa forma estaba más cerca de conseguirlo.

Había reflexionado mucho sobre el tema. Algunas veces pensó que podría estar relacionado con la perdida de su trabajo, hacía dos meses de eso. Otras lo relacionó con la ruptura que tuvo con Marta, habían sido novios casi la mitad de los veintisiete años que ahora contaba; después de seis meses no creía que fuera muy probable, pero quién sabe el tiempo de reacción de las cuestiones del corazón. Todo era posible. Incluso especuló con la pelea familiar de las últimas navidades. El pollo fue mayúsculo y culminó con un: “yo hago lo que me sale de los huevos y no tengo que darle cuentas a nadie”, que hizo enrojecer como nunca antes lo habían hecho a sus padres. Desde entonces no se había hablado con nadie de la familia que no fueran sus progenitores y estos a su vez intentaban explicar, mitigar sus palabras según le confesó un día su madre, muy apesadumbrada.

Todo, nada, algo, parte, no sabía muy bien que podría ser, pero sabía que necesitaba quitarse de en medio por un tiempo indefinido.

Las horas pasarían. Sus padres llegarían de trabajar. Lo llamarían para cenar, único momento en el día en el que la familia se reunía, ya que los respectivos trabajos hacían imposible que pudieran comer juntos, de ahí que hubieran decidido que la cena era sagrada para la familia. Debían cenar, “siempre que se pudiera juntos”, dijo un buen día su padre, y cuando Carlos, el padre, decía siempre que se pudiera, quería decir: siempre.
Estaba preparado. Sabía lo que tenía que decir, y estaba seguro que la primera noche la pasaría sin problemas. Pero, ¿y las siguientes?

jueves, 1 de enero de 2009

La isla del fin de la suerte



El otro día me perdí por una librería que tiene un apartado amplísimo de libros de bolsillo. Tenía la intención de comprarme uno pequeñito y descansar un poco de las grandes novelas.
Mirando, mirando, cayó en mis manos La isla del fin de la suerte de Lorenzo Silva. Tengo que decir que me costó muy poco cogerlo, ya que el autor me gusta sobremanera, y si a eso le añadimos que no había sentido hablar del libro en cuestión, pues no había vuelta atrás. Así que, como buen fetichista lector, me lo llevé a casa.
Decir que el libro fue publicado en 2001, pero ahora Destino ha hecho una reedición, de ahí que lo encontrara, que de otra forma.

Esta crónica o crítica, como queráis llamarle, la haré desde dos puntos de vista muy distintos, pues creo que lo merece, ya que si me centrara en un solo acabaríamos rápido.

Como bien nos explica el autor en un largo prólogo, la novela se gestó como un experimento que se propuso desde Círculo de Lectores. El autor escribía un primer capítulo (más o menos cada diez días) y dejaba tres posibles finales que los lectores votaban. A partir de la votación de los lectores se fue gestando la historia. Por tanto, creo que es justo decir, que todo esto conlleva un riesgo, y más para un autor como Lorenzo Silva que no necesita de estos riesgos, y estaréis conmigo que tiene su mérito y que por eso merece mi aplauso.

Por otro lado, y a mí entender, creo que el echo de jugar a eso de los finales y la inmediatez de la escritura, hizo que la novela tenga un perfil bajo.
Estoy decepcionado en ese sentido con el autor, que vuelvo a repetir, me encanta, pero me he sentido muy raro leyendo el libro. En ningún momento me he metido en él, no he sentido pasión, ni ganas de saber que iba a pasar, tenías ganas de acabar para empezar otro que me llenara, y tampoco quería dejarlo, pues siempre tuve la esperanza que mejoraría. No me entendáis mal, no es un tostón. El protagonista tiene salidas muy buenas y eso hace que se vaya llevando, pero sin pasión.

He reflexionado sobre el tema, y creo que podría ser debido al hecho de los diferentes finales y la sensación de que el autor no iba por donde el quería, como si la portada del libro fuera un presagio de lo que me encontraría.

Ni siquiera el final me ha satisfecho. Tengo que decir que me lo esperaba, y eso que no soy muy ducho en anticipaciones, pero no cabía otro, y más si lo votaban los lectores. Creo que de las seis votaciones que se hacen ninguna tiene riesgo, ninguna experimenta, ninguna “putea” al escritor. Eso le hubiera dado quizás otra vida.

En definitiva, un libro que, sintiéndolo mucho, no puedo recomendar.

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Sinopsis

El millonario Bruno Pezzi, un magnate de los negocios, y su hermosa mujer, Lydia, invitan a un grupo de amigos a pasar una semana de vacaciones en su lujosa y solitaria residencia, situada en una isla del Báltico. Entre los elegidos -hombres de negocios, el director de un periódico, un célebre escritor, una joven modelo venezolana y un experto en arte- se encuentra Ismael, sobrino lejano del poderoso Pezzi. Ismael acepta la invitación intrigado por la llamada de su tío, al que no ve desde hace treinta años.
Todo apunta parece perfecto hasta que uno de los invitados aparece muerto.