domingo, 30 de agosto de 2009

Sputnik, mi amor (Haruki Murakami)



Haruki Murakami nos tiene acostumbrados a los triángulos o cuadriláteros emocionales en sus novelas. Ésta no podía ser diferente.

El narrador de la historia es un habitante de Tokio, uno cualquiera de los tantos que habitan la gran ciudad japonesa. Haruki Murakami, para mi uno de los autores que consiguen con más efectividad que las cosas más cotidianas tengan un interés especial para los lectores, consigue de esa forma que todos puedan creer que algún día pudieran estar implicados en una historia similar.

Sumire es el nombre de la protagonista femenina y de la que el narrador está locamente enamorado. Se conocieron en la universidad y existe entre ellos una relación de amistad muy especial que el narrador quisiera que fuera a más. Pero Sumire tan sólo tiene una obsesión: ser novelita.
Además, Sumire se considera la última rebelde, viste como un muchacho, fuma como un carretero y rechaza las convenciones sociales. Tenemos que entender que fumar en Japón no es lo mismo que fumar en otros países y por eso se pueda considerar un actor de rebeldía social.

Myû es una mujer casada, personaje femenino secundario, pero que dará mucho juego con su historia de la noria. Sumire se siente atraída por ella, por la mujer y por la persona enigmática que parece ser. Myû contrato a Sumire de secretaria para que le ayude con el negocio familiar que controla. Juntas emprenden un viaje por Europa.

Nuestro narrador, profesor de primaria de profesión (Haruki Murakami hace unas buenas reflexiones sobre lo que se siente siendo profesor, o lo que conlleva la profesión), se queda sólo en Tokio esperando el retorno de Sumire, anhelando poder abrazarla. Pero no pierde el tiempo. Digamos que pasa buenos ratos con la madre de un alumno, aunque siente ciertos remordimientos.

Al principio el viaje por Europa transcurre tranquilo. Consiguen llevar a cabo todos los proyectos que se habían propuesto. Pero al pisar Grecia, nada volverá a ser lo mismo. Es entonces cuando encontramos la mayor carga emocional de la novela, donde el autor juega con los relatos cortos para explicar el total. Donde vemos que hay una frontera, una puerta al más allá que el amor permite traspasar. Se tiene que pagar peaje. Puede que el precio sea demasiado elevado para unos y en cambio un camino de aprendizaje para otros.
Es un relato de vidas solitarias y uno de los efectos que en ellas puede producir el amor: el acceso al más allá que poco a poco nos va llevando a un inquietante e inesperado final, por lo menos para mí.




Haruki Murakami también es un maestro en el arte de explicar contactos sexuales o más bien intenciones sexuales. Con un lenguaje directo, que sonrojaría a más de uno, hace que incluso nos riamos ante situaciones, digamos, tensas. Creo que es una de la novelas con más carga erótica del autor.

Me ha gustado la explicación que le da al título y las metáforas que existen en torno de él (yo cuando tuve por primera vez el libro entre mis manos, me dije, “que narices de título es este”, y casi lo dejo donde estaba si no fuera porque el autor me apasiona). La palabra Sputnik y todo que le asocia el autor nos acompaña durante el texto. Juega con dicho significado durante toda la novela: narrador, Sumire, Myû, podría ser unos satélites que se pasan la vida cruzándose sin descanso. Qué peligroso podría ser que se tocaran, ¿no?

Para acabar decir que no es una novela para introducirse en el mundo Murakami, creo que esto ya lo he escrito otras veces en el blog, pero no está de más recordarlo, aunque todo el mundo es libre de empezar el conocimiento de un autor por donde quiera. Yo siempre recomiendo empezar por Tokio Blue (claro que es la novela que le dio la fama a nivel mundial y nos perdemos detalles del bestiario Murakami, pero es un buen inicio).
Sputnik, mi amor, no es la mejor novela de Haruki Murakami, ni de lejos, pero no desentona con todas las otras y por eso la recomiendo desde esta página.

Cita:
“Hace tiempo, cuando se estrenó Grupo salvaje, de Sam Peckinpah, en la rueda de prensa una periodista alzó la mano y preguntó en tono inquisitivo: “¿Qué necesidad creen que hay de mostrar tanta sangre?”. Ernest Borgnine, uno de los actores, respondió con aire perplejo: “Pero, señora, cuando te disparan, sangras”. La película se filmó en plena época de la guerra del Vietnam.

Me gusta esta frase. Posiblemente sea uno de los principios básicos de la realidad. Aceptar las cosas difíciles de desentrañar como cosas difíciles de desentrañar, aceptar el hecho de sangrar. Disparar y sangrar.

Es que, cuando te disparan, sangras.”



Enlaces relacionados en este blog:

After Dark

viernes, 28 de agosto de 2009

Sábados literarios: Algo sobre mi blog



Sábados literarios es un viaje literario por diferentes blog con un tema en común propuesto por la conductora del simbólico bus donde nos encontraremos todos. La conductora de esta semana es: Mercedes. Sábados literarios


Yo era un asiduo escritor de tusrelatos.com, pero con el cambio de la web (eso merecería un post a parte), empecé a no encontrar mi sitio, mi lugar. A muchos otros les pasó lo mismo y el movimiento blog se comenzaba a conocer, a extender.
Uno de ellos fue Andreu Romero (Chirop) que inicio su andadura bloggera en Inenarrables (blog que recomiendo, como no). Luego se fueron añadiendo otros blogs de compañeros de la web antes mencionada. Me empezó a picar el gusanillo de tener un blog propio, un espacio donde poder expresar con total libertad y donde mis conocidos/compañeros/amigos pudieran opinar con la misma libertad que yo lo hacía al escribir.

Una anécdota que nunca he contado (aprovecharé para hacerlo ahora) es que mi primer blog estuvo activo durante más de seis meses, sin ninguna entrada, tan sólo con un título: El analista caótico.
Sí, tarde seis meses en decidirme a hacer público que tenía un blog, y es que creo que un blog es más que una carta de bitácora. Escribir conlleva responsabilidad y yo quería estar seguro de que era lo que quería contar, que era lo que quería compartir –todavía hoy, guardo muchos relatos que no se han publicado en parte alguna, son mi pequeño tesoro-.

No me costó mucho poner un título al blog, aunque el de Analista caótico me gustaba. Mis cuatro Caminos de Santiago me inspiraron más que nunca para darle vida al blog. Y es que creo que, casi cada día, nos ponemos en la encrucijada de decidir; casi cada hora nos cruzamos con alguien que nos puede enseñar cosas, simplemente tenemos que estar receptivos a ese aprendizaje. Como hoy. Llevado por la casualidad o la fortuna, me topé con el blog de Ardilla Roja y encontré el post que anunciaba este cruce de caminos, este viaje en bus, este encuentro entre blog, del que espero ser viajero asiduo.

Saludos.

jueves, 27 de agosto de 2009

Una jugosa utopía 0.4



Yurilav vio como un ratón y un cerdo desaparecían antes sus ojos incrédulos. ¿Eso demostraba que se podía viajar en el tiempo? Según Jesse era así, aunque tampoco se tomó la molestia de dar demasiadas explicaciones.

-¿Y bien? ¿Estás preparado para viajar?
-Supongo que sí, que remedio, pero antes me gustaría despedirme de alguien.
-¿Tienes miedo de no volver?
-No te voy a decir que no. Tampoco me has explicado mucho para tranquilizarme.
-Cuanto menos sepas mejor para ti. Te dije que debías confiar en nosotros. –Silencio. -¿Confías?
-Debo hacerlo, ¿no?, sino no estaría aquí.
-¿Cuánto tiempo necesitas?
-Supongo que con dos o tres horas bastará.
-Te dejo cuatro. Nosotros estaremos aquí preparándolo todo para tu viaje.



Cuando Jesse vio desaparecer el primer ratón, supuso que él sería el primer humano en probar la máquina, el primero en viajar en el tiempo. Por eso había dejado una prometedora carrera como atleta; por eso había luchado sin descanso convirtiéndose en uno de los físicos más eminentes del planeta; por eso llevaba años sin ver, sin hablar, sin comunicarse con sus padres y no por no intentarlo; el teléfono sonaba y sonaba, pero nunca era descolgado.
Un día se plantó frente a la puerta de la casa de sus padres. Todas las persianas estaban bajadas. Parecía que no viviera nadie allí. Tocó el timbre para denotar su presencia. Nada. Probó con sus viejas llaves. Nada, habían cambiado el paño de la puerta. Dio un rodeo a la casa para ver si podía entrar por la puerta trasera. Estaba tapiada.

-Hace años que ya no viven aquí, Jesse. Les hiciste mucho daño.

Miró a la vecina durante unos segundos y volvió por donde había venido.
Al llegar al centro de investigación les dijo a los ingenieros que lo prepararan todo para su inminente viaje.

-Tú no puedes viajar todavía –sintió una voz desde lo alto de una de las plataforma que rodeaban la planta central.
-¿Por qué? Es mi invento. Me he pasado media vida estudiando para llegar a este momento.
-Sí, tienes razón, pero si algo saliera mal. ¿Quién lo iba a solucionar?
-Aquí ahí gente lo suficientemente preparada para poder continuar mi trabajo en caso de que fallara algo, que no fallará. Será ir y volver. De esa forma podremos mejorar, calibrar con mucha más rapidez. Lo habré probado yo, su inventor.
-No. Debes encontrar una cobaya, y cuando ésta realice el viaje con éxito, te dejaré viajar a ti.



Tocó la puerta con los nudillos, y escuchó unos pasos lentos y pesados se acercaban.
-¿Quién es? –se escuchó tras la puerta.
-Soy yo, Yurislav.
-¿Yurislav? No puede ser. Lleva años encerrado. No me vas a engañar. Ya te puedes ir largando.
-Abuela, de verdad que soy yo.

Un hilo de luz se coló por la pequeña ranura que sirvió para que la abuela de Yurislav pudiera comprobar que realmente era él.

-¡Hijo mío! ¿Te has escapado? –dijo emocionada.
-No abuela, no me he escapado. –Casi no pudo acabar la frase ante la acometida de la anciana que se le tiró a los brazos.
-Eres tú, hijo, eres tú. Ya estás curado y por eso te han dejado salir. ¿Verdad?
-No abuela, no estoy curado. Entramos y te lo cuento. ¿Tienes galletas de las tuyas?
-¿Lo dudas? –Y rieron los dos.

Yurislav le explicó que había recibido una visita de alguien que trabajaba para el gobierno y que a cambio de participar voluntariamente en un proyecto de alto secreto, le dejarían salir y le prometían que se curraría.
La abuela no acabó de entender parte de la historia, pero le daba igual, le bastaba con la presencia de su nieto allí.

-Abuela, un día te encerrarán si descubren que haces galletas.
-No creo, las puedo hacer pasar por puré sintético al horno. –Rieron. -¿Te vas a quedar a dormir?
-No abuela. Me han dado cuatro horas y aún tengo que hacer otra visita.
-Pues vaya fastidio. Ya podrías decirles a los del gobierno que te dejaran un poco más de tiempo.
-No es posible.
-¿La vas a ver a ella?
-Sí, necesito despedirme de ella también.
-Lo pintas como si no fueras a volver nunca más. –Silencio, miradas encontradas.
-Realmente no sé que pasará. Ellos están muy seguros, pero…
-Pues si no estás seguro no lo hagas.
-¿Y si sale bien? Puede ser una oportunidad de curarme.
-Yo te veo muy bien.
-Supongo que la libertad me ha sentado bien, pero no estoy seguro de cuánto durarán sus efectos beneficiosos. –Yurislav hizo una pequeña pausa y le preguntó: -¿Alguna vez pudiste comer algo que no fuera el puré sintético o las galletas caseras? –mientras saboreaba una de ellas.
-¿Y eso a qué viene ahora?
-Por favor. Tú contéstame. No te puedo contar más, de verdad.
La abuela sabía que su nieto no preguntaba las cosas por qué sí. Tenía que existir alguna razón. No quiso incomodarlo con más preguntas. No tenían tiempo para tanto.
-No, yo no. Creo recordar que mi abuela si que tuvo la suerte de hacerlo, o quizás mi memoria me engañe y lo he leído en algún sitio.
-¿No estás segura?
-No.
-¿Qué te hubiera gustado comer de aquello que conoces que existió?
-Uy, déjame pensar. –La anciana miró al techo como concentrándose para visualizar los platos que había tenido la oportunidad de ver en las enciclopedias virtuales que pudo consultar cuando era joven. –Sabes, estoy tan acostumbrado al puré sintético y las galletas, tengo tan poco desarrollado el gusto, que no sabría que decirte. Las imágenes no tienes olor, no tienen sabor. –Pausa. –Lo siento.
-No pasa nada abuela. Entiendo que es difícil responder. Bueno, me tengo que ir.
-¿Ya te vas?
-Sí, sino no tendré tiempo de visitarla.
-Ten cuidado.
-Lo tendré.

Continuará

martes, 25 de agosto de 2009

Una jugosa utopía 0.3



Meatfield no salía de su asombro:

-Los ratones no pueden saltar tanto –se dijo. -¿Pero dónde se ha metido? –poniendo cara interrogativa y mirando a derecha e izquierda. El ratón ya no estaba allí.

La anécdota alegró su día, y es que últimamente no estaba de muy buen humor. No acaba de encontrar un explicación a ese estado, tampoco le quería dar más vueltas al asunto; tampoco tenía con quién compartir sus preocupaciones. La echaba tanto de menos. Y ahora se estaba preocupando por un ratón, rompiendo su tranquilidad, creándose un agujero negro que no lo llevaba a ningún lado.
Recogió los pocos troncos que había cortado y volvió con paso lento a su cabaña en busca de su elegida rutina.

Al cabo de dos días su asombro fue mayor. Estaba recogiendo unas bayas cuando delante de él pudo ver con claridad un conejo saltando con garbo. Esta vez se frotó los ojos y se quedó paralizado. Los únicos conejos que había visto estaban en las enciclopedias virtuales. Hacía años que se habían dado por extinguidos, pero el tenía uno allí delante. No supo reaccionar, no supo que hacer ante aquella imagen.



-¿Tenéis conejos? –preguntó Yurislav sorprendido.
-Sí.
-Sí, y ya está. Los conejos llevan extinguidos muchísimos años.
-Sí, los conejos y las demás especies animales. Por los campos sólo se pueden ver, de tanto en tanto, ratoncillos –le contestó con una infinita calma Jesse.
-Pero esto es un conejo, ¡Joder! –Exclamó demandando alguna explicación más.
-Ya te dije que el proyecto es importante y que no escatima esfuerzo. Recuerda que no puedes contar nada de los que estás viendo. Has firmado un contrato de confidencialidad. Podrías tener serios problemas si lo hicieras.
-No hace falta que me lo recuerdes, pero me podrías explicar que hace aquí un conejo.


Los humanos habían consumido todo lo que se podía consumir. Fue lo que se llamó el punto de no retorno.
Tan sólo quedaban las granjas para poder generar alimentos cárnicos. En un primer momento los propietarios de las granjas se frotaron las manos pensando en los beneficios que podrían llegar a amasar, pero una cosa es lo que uno piensa y otra muy distinta lo que llega a suceder.
Los ataques a las granjas fueron continuos. Se mataba por una vaca, por una cabra, por un simple conejo. Tener una granja no era una alegría para nadie. Los riesgos eran demasiados, así que poco a poco se fueron abandonando. Lo que pasó después es otra historia, una desagradable historia, la superpoblación humana llegaría a ser una ventaja.

Mucho antes del punto de no retorno y después de haberlo gritado a los cuatro vientos sin ser tenidos en cuenta, sin ser escuchados, como casi siempre, un grupo de científicos se puso manos a la obra, para en secreto, poder conservar algunos conejos, cerdos, monos y así poder continuar con sus investigaciones. Los ratones no eran problema había una cantidad ingente de ellos. Nadie les hacía caso, nadie los quería, ni siquiera asustaban, pero se guardaron las espaldas conservando algunos de ellos por lo por si las cosas cambiaban en un futuro. Sin aquellos animales las investigaciones no podrían continuar. Y debían hacerlo.



-¡Un cerdo! –gritó Meatfield. Casi llorando miró al cielo buscando respuestas, buscando ayuda. –Aistrup, amor mío, ¿crees que me estoy volviendo loco?

No esperó la respuesta. Salió corriendo tras el animal al que, esta vez sí, pudo dar alcance.
El animal parecía asustado, desorientado. Meatfield lo abrazó, lo acarició. Ahora tendría un amigo con el que poder hablar, con el que poder compartir largos paseos; un amigo al que cuidar. Se había pasado casi toda su vida cuidando de su mujer enferma. El mismo día que la conoció supo que sería así y no renunció a ella.
Muchas veces se preguntó sino fue la propia enfermedad la que lo eligió a él, o era él quién buscaba alguien enfermo al que ayudar. En aquellos momentos de su vida, se sentía solo, vacío, sin rumbo, sin objetivos. Con toda seguridad necesitó darle un sentido a su vida.
Pasaron los años y no se volvió a cuestionar su amor hacía Aistrup. Era verdadero, era duradero, era infinito.
No fueron años fáciles lo que tuvo que compartir con ella, pero si se ponía a pensar en la balanza, ésta siempre estaba inclinada hacía la parte positiva. Eso le hacía sentirse feliz. Qué podía pedir más.
Quizás era eso lo que le volvía a pasar ahora. Después de ver aquel cerdo reconoció los síntomas.

-¡Aistrup! Mira. –Levantando el cerdo sobre su cabeza y ofreciéndoselo al cielo. –Un nuevo miembro de la familia.

Continuará

domingo, 23 de agosto de 2009

Una jugosa utopía 0.2



Su nombre le había marcado en sus primeros años de vida, y es que llamarse Jesse Owens predisponía a cualquiera, hubieran pasado los años que hubieran pasado, a ser todo un atleta. Pero Jesse no se rindió.
Entre las paredes de su habitación soñaba, mientras leía a los clásicos, con viajar en el tiempo. Algún día lo conseguiría y para ello necesitaba estudiar física en la mejor universidad del Sistema Global. No podía dedicar ni un segundo más al atletismo cuando llegara el día, costara lo que costara. Sus padres seguro que no lo entenderían y mucho menos después de ganar el campeonato mundial infantil.

-Jesse nos traerá la riqueza a casa y podremos hacer todos aquellos lujosos viajes que habíamos soñado –sintió Jesse que le decía su madre a su padre una noche.

Lo que no sabían los padres de Jesse es que esos viajes serían muy diferentes de los que habían soñado.

-Voy a estudiar física madre –le comunicó Jesse.
-Muy bien hijo, me parece perfecto que quieras cultivarte mientras entrenas.
-No madre, me parece que no me has entendido. Voy a dedicarme por completo a la física –le replicó con cara sería intentando ser convincente.
-Puedes hacer las dos cosas –dijo la madre conciliadora.
-No madre, no puedo.
-No entiendo por qué.
-Algún día lo entenderás, espero que algún día lo entiendas. La carrera de esta tarde será la última, será mi última victoria en la pista, pero nos esperan victorias mucho más grandes.

Jesse corrió con la alegría del que sabe que esa tarde era el inicio de una nueva etapa. Ganó con la mayor diferencia nunca vista en la prueba, batiendo el record mundial del Sistema Global, pero sus padres no estuvieron para aplaudirle.
Han pasado los años y el record sigue vigente. Nadie ha podido acercarse a los registros de Jesse.



Cuando Yurislav pisó de nuevo la calle con la libertad otorgada por Jesse no sintió felicidad, sino que el miedo hizo que le temblaran las piernas. ¿Y si tenía un ataque? ¿Serían ellos capaces de mitigarlo?
-No te preocupes, estás en buenas manos y sobre todo con buena gente –le dijo Jesse mientras le acariciaba la espalda a Yurislav.
-¿Has entendido bien todas las instrucciones que te han dado en caso de crisis? –le contestó Yurislav con cara de preocupación.
-Sí, sí, lo he entendido todo. Incluso lo tengo grabado para que nos sea imposible olvidarnos.
-Bien –respondió un poco más tranquilo, pero no más seguro de la decisión que había tomado.

Lo llevó al centro de investigación de la imperfecta probabilidad. Tuvieron que pasar varios controles. Yurislav se quedó sorprendido de que todos sus datos ya constaran en la base de datos del centro. Huellas digitales, impresión de cornea, grabación de voz, huella plantar. Toda medida de seguridad era poca para lo que allí se guardaba.
-¿Aún tienes ganas de comprobar como viaja un ratón? –le dijo Jesse a Yurislav bajo el sellado traje blanco que se habían puesto.
-Sí.
El equipo de Jesse lo preparó todo para hacerle una demostración.




Meatfield vendió todas sus pertinencias en la ciudad y se compró una pequeña cabaña de madera en medio de la montaña cuando su mujer murió. No podía soportar ver una y otra vez los objetos, los espacios, los rincones que habían compartido durante tantos años.
Con lo que consiguió por la venta tendría suficiente para poder vivir los años que le quedaban si no malgastaba en exceso.

Como cada tarde se dirigió al inicio del bosque para cortar la madera justa que necesitaba para calentarse, y es que tenía claro que el mundo seguiría siendo mundo durante unos años más, si él ponía su pequeño granito de arena. Se podría pensar que consumir madera era un retraso evolutivo, pero Meatfield tenía claro que devorar madera sí era un retraso, no el consumir. Durante demasiados años los humanos habían decidido que se debía devorar y no consumir; no preocuparse por dejar nada a sus descendientes; patearse todo lo que tenían a la vista, total ellos no iban a sufrir las consecuencias; dejar sin herencia natural, en definitiva, matar el mundo conocido y caminar hacía otro tipo de organización mundial.

Acababa de cortar unos troncos cuando le apareció un ratón sobre el hacha.

CONTINUARÁ

viernes, 21 de agosto de 2009

Una jugosa utopía 0.1


Dibujo realizado por Andreu Romero

Hace meses Andreu Romero nos regaló, “Una jugosa utopía”, (al final podréis encontrar el enlace al relato). Desde el primer momento que lo leí supe que tenía que escribir algo sobre el tema y esa ha sido la fuente de inspiración de este relato, que como no, dedico a Andreu que últimamente no nos puede visitar (no por voluntad propia).

-¿Cuánto tiempo llevas aquí?

-He perdido la cuenta, pero lo que sí sé, es que no podré aguantar mucho más.

-Sabía que me habían informado bien.

-¿Informado? ¿Sobre qué?

-Sobre ti.

Los dos individuos se miraron fijamente sin mediar palabra durante casi un minuto.

-Vamos a dejarnos de rodeos. Te vengo a proponer una misión…

-¿Una misión?

-Déjame que te explique, por favor.

-Sí, ya, pero como has dicho una misión, creí que te referías a algo militar.

-En cierta manera.

-Pues te han informado mal. Yo tan sólo tengo la formación militar obligatoria. Por si no te han informado bien, nunca he disparado una pistola láser, lo hacían por mi.

-No es importante, y para tu información, ya lo sabía. ¿Puedo seguir?

-Sí, sí, por favor, me tienes intrigado, es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses.

-¿Estarías dispuesto a viajar?

-Pues la verdad, no sé que decirte. Tengo ganas de salir de aquí, pero creo que la solución a mis problemas, los que me llevaron aquí, no está ahí fuera.

-¿Y aquí dentro si que están?

-No, pero como mínimo me mitigan los efectos de las crisis.

- Yurislav Disper, ¿quieres viajar al futuro?

-Eso si que sería un viaje –y se rió como tan sólo lo haría un loco.




Yurislav Disper no tenía ningún tipo de estudios, pero había oído hablar de la teoría de la viajes en el tiempo mediante el estudio de las probabilidades imperfectas, pero también había oído hablar de la imprecisiones de la probabilidad, saltos fallidos a realidades paralelas, aunque en el reportaje que vio se decía claramente que nunca se ha podido verificar tal cosa. Algunos de los científicos que allí daban la cara no creían que fuera posible viajar en el tiempo, ni con ese, ni con ningún otro método. “¡Es imposible!”, recordaba que dijo uno de ellos, y continuo con un, “la materia se destruiría por completa, incluso los átomos dejarían de serlo”.

-¿Estarías dispuesto a hacerlo? –insistió.

-No sé, ¿no existe riesgo?

-Sin riesgo no ahí premio.

-¿Y cual sería ese premio?

-Comida, comida de verdad. La solución a tu problema.

-¿No me estarás engañando?

-¿Por qué lo tendría que hacer?

-Para poder conseguir un conejillo de indias desesperado para vuestras investigaciones - hizo una pausa. –Sabes, leo los periódicos y veo los documentales del canal Pi.

-Te podemos hacer algunas demostraciones previas si lo deseas. Hemos enviado ratones al pasado.

-¿Y han vuelto?

-Todavía no le hemos podido enseñar a pulsar el dispositivo de vuelta. A ti te lo enseñaríamos.

Yurislav Disper se quedó pensativo durante unos segundos sospesando los pros y los contras. No tenía nada que perder en definitiva, peor no podía estar. ¿Y si fuera posible realizar ese viaje y poder comer algo que no fuera el insípido puré sintético? ¿Y si el viaje lo pudiera curar?

-Me olvidaba de una cosa. Serás miembro del Comité Central de la Real Asamblea del Gobierno Global como premio a tu audacia.

-Eso será si vuelvo.

-Claro, por supuesto. Confiamos plenamente en su vuelta y por eso se lo proponemos.

Yurislav Disper no podía decir que no. Sería llegar, comer, coger algunas muestras y volver para que los científicos pudieran hacer su trabajo.

CONTINUARÁ

Enlace al relato inspirador (vale la pena leerlo):

http://inenarrables.blogspot.com/2009/05/relato-una-jugosa-utopia.html

sábado, 15 de agosto de 2009

Hamelin: cuento, leyenda, realidad...



El otro día iba conduciendo a altas horas de la noche cuando zapeando en la radio me topé con una programa que contaba parte de lo que os voy a explicar en este post.

En dicho programa se habla de los cuentos o las leyendas que se creen provienen de hechos reales y el de aquella noche trataba del cuento/leyenda del Flautista de Hamelin. Quién no ha oído alguna vez dicho cuento. Yo creo que lo escuche unas cuantas veces, juntos con el del Gato con botas.
Como os decía, el programa intentaba buscar hechos donde se pudiera apoyar la teoría que el cuento del flautista.

Hamelin (Hameln en alemán) es una ciudad que se encuentra en la Baja Sajonia y que tiene casi sesenta mil habitantes, pero a principios del S.XIII no era así de grande ni mucho menos. ¿Y por qué digo principios del S.XIII? Según el programa, en 1212, justo después de la cuarta cruzada, se organizó la llamada Cruzada de los Niños. Según parece, para conquistar tierra santa se tenía que hacer con las almas puras y los rezos de los niños (llevaban cuatro cruzadas y estaban un poco desesperados los cristianos). Así fue como se fueron reclutando niños, hasta llegar, según algunas crónicas, a casi treinta mil niños, la mayoría de los cuales eran alemanes. Hamelin no se quedó atrás y envió a la mayoría de sus niños que atravesaron Europa en busca del puerto de Niza, donde según parece tan sólo llegaron dos mil de esos niños. Una vez allí, unos mercaderes obsequiaron sus barcos para llevarlos a tierra santa, pero en realidad los llevó a Alejandría donde fueron vendidos como esclavos.
Hasta aquí se pueden encontrar referencias muy rápidas en el Google.

Lo que no se contó en el programa fue que unos de los reclutadores de niños en Francia era otro niño de unos 12 años, que según parece, en 1251 lideraría de nuevo la que se llamó cruzada de los pastores, y es que oficialmente constan ocho cruzadas, pero extra oficialmente se pierden las cuentas (y es que estaban un poco desesperados por llegar al reino de los cielos).

Siguiendo con el programa, éste no se quedó en 1212, ya que comentó que en 1284 no fueron las ratas las que invadieron Hamelin, sino que fue una nueva cruzada, la segunda cruzada de los niños, pero esta vez con niños tan sólo de Alemania.
Llegó al pueblo un adulador con dulce voz que convenció a todos los niños para ir con él a tierra santa. Hamelin se quedó sin niños; la mayoría de ellos murieron al cruzar los Alpes, según el programa. Hamelin lloró su error por segunda vez, y de ahí que se creara según parece el cuento/leyenda, claro, todo esto según el programa.

Buscando en el Google se puede encontrar con facilidad esta fecha 26 junio 1284 pero hace referencia a las ratas.

¿Quién sabe? Quizás los habitantes de Hamelin sintieron vergüenza por su segundo error , por perder de nuevo a sus hijos y se inventaron que llegó un flautista que les prometió deshacerse de las ratas del pueblo a cambio de una recompensa que no fue pagada. El flautista como venganza tocó y tocó la flauta hasta que los niños se sintieron hipnotizados y se fueron con él, perdiéndose para siempre.

¿Quién sabe?