viernes, 30 de octubre de 2009

Caballos corriendo

Hoy os presento un relato de Sonia Moore que espero haga las delicias de los que se acerquen a leerlo por las dosis justas de ironía y sátira que ha puesto al cocinarlo.


Odio ese reloj de madera. ¿No te parece horrible? Es el típico reloj alargado que tiene tres esferas y una marca las horas, la otra marca los minutos y la otra los segundos. Antes se vendían como churros en el mercado. Sí, ya sé que nosotros también tenemos uno en casa. ¿Por qué la gente pone relojes en la pared del comedor? Bueno, y en la cocina, y en la habitación; todo el día controlados por el reloj. Míralo, que majo el reloj, tic tac, sobre la pared estucada. Ai!, odio los relojes y odio ese estuco de la pared. De hecho, odio los estucos. ¿Que odio todo? Eso no es verdad. ¿Tú crees que todos los que están aquí tienen un reloj como ese en su casa? Ya, ya sé que pienso demasiado en estas cosas, pero qué quieres, me aburro, tengo hambre y se me está durmiendo la mano de aguantar el poema. ¿Por qué no te han encargado a ti escribirlo y leerlo? Sí, no te rías, al menos podrías leerlo tú, ya sabes que a mí me da vergüenza, me suben los colores y me tiemblan los labios. Además, no sé escribir. ¿Que por qué lo hago? ¡Jo!, ¿y qué querías que dijese? Ya sabes que no sé negarme. Me miraron con esas caritas… No, no me estoy quejando otra vez. ¡Cómo no paren de hablar todos a la vez voy a destrozar algún coche de ahí fuera! Perro ladrador poco mordedor, sí, sí, tienes razón.

¿Es que no ven que están esperándonos la cámara y el fotógrafo? Aunque si por mi fuera no se hace y ya está. ¡Ai!, y los vestidos que llevan, tan emperifolladas ellas y tan empiñonados ellos…En fin, aún no sé como cabemos todos en el comedor. ¿no te sientes idiota vestido así? A mí me duelen los ojos de ver tanta mujer maquillada y tanto hombre corbateado. Tengo hambre. ¡¿Y los canapés?! O pasemos ya a la tarta y así nos ahorramos todo lo demás.

Está todo el mundo histérico. No paran de entrar y salir. Dios mío, qué alguien ponga orden. ¿No hay juez en la sala? Ya podrías decirle que se callasen todos y sentaran sus puñeteros culos en el sofá y en las sillas

sábado, 24 de octubre de 2009

Silvania (2)



Las estrellas simulaban focos en el escenario de la vida. Parecía la noche idónea, la elegida para la llegada del Salvador. La función podía comenzar.
Y allí estaba Silvania junto a sus compañeros en aquel claro del bosque que parecía pertenecer a otro mundo a otra realidad y donde se alzaba un pequeño montículo, como si de un islote se tratara.
El Maestro sacó la figura del Salvador de una vieja bolsa, la alzó para que guera bien visible para todos, y la puso sobre un pequeño altar que era eregido para la ocasión entre los vítores de los allí reunidos. Seguidamente se rodeó el altar con un círculo de leña al que prendieron fuego. Todo estaba preparado para iniciar el ritual de salvación, de llamada, de encuentro.
Los tambores comenzaron a sonar a un ritmo endiablado. Saltaban y se retorcían alrededor de la hoguera, mientras el Maestro recitaba los versículos jeroglífico que tan sólo él conocía.
Entre bramidos se fueron quitando las ropas para quedar completamente desnudos sin ningún pudor y siguieron danzando y gritando alrededor de la hoguera. Algunos saltaban por encima de ella para besar la figura y volvían rápidamente a la formación con una sonrisa entre los labios. No tenían miedo al fuego. El agua del Salvador les protegía.
Unos minutos después, el Maestro hizo para el tronar de los tambores. Los seguidores frenaron su éxtasis en seco. Llegaba el momento de la ofrenda. Silvania se había ofrecido en alguna ocasión como ofrenda, pero el Maestro había rechazado su ofrecimiento alegando que era demasiado pronto para ello y que muchos otros tenían que ser ofrecidos antes que ella. En algunas ocasiones habían engañado a un sin techo que a cambio de comida y sobre todo bebida, los acompañaba al ritual sin saber que sería su última noche. Pero en noches como aquella, el Maestro prefería que la ofrenda fuera de mayor calidad para no ofender al Salvador.
Anne había sido la elegida. Silvania no la conocía más allá de lo poco que hubieran podido hablar en las reuniones de grupo, aunque sabía que llevaba bastante tiempo siguiendo al Salvador. Para ella aquella noche era la de su salvación personal, la que conocería al Salvador, en la que podría descansar eternamente.
El Maestro alzó un afilado machete que puso en el cuello de Anne. Recitó unos versos y sin pensarlo dos veces derramó su sangre sobre la figura del Salvador. Se escuchó un lejano aullidote ultratumba. Todos estuvieron atentos a que no fuera una señal. El silencio se podía cortar. No era la primera vez que habían oído aquel aullido desgarrador. Y mientras el cuerpo de Anne dejaba este mundo.
El Maestro elevó de nuevo el machete y gritó que los tambores volvieran a sonar. El ritual debía continuar. La noche estaba cerca. Todos lo presentían.


Silvania volvió a casa como si hubiera asistido a una reunión de punto de cruz. Encontró a Yurislav tumbado, medio dormido, en el sofá del comedor.
-Buenas noches amor –se desperezó Yurislav.
-Buenas noches –le dio un rápido beso en los labios y se dirigió, como hacía cada noche que salía, a la ducha.
Yurislav nunca preguntaba dónde iba o qué hacía, pero eso no quería decir que no tuviera curiosidad, aunque confiaba plenamente en ella y eso hacía que estuviera un poco más tranquilo.
Lo que le preocupaba eran los cambios de humor que había observado en las últimas semanas. Ya no era la mujer alegre que conoció en el taller de poesía. Algo había cambiado.
-¿Te pasa algo? Últimamente te noto distante y tirante conmigo –le preguntó Yurislav dos días atrás.
-No, nada –fue la seca respuesta de ella.
Yurislav no quiso insistir para no tensar aún más la cuerda ya de por sí tensa.

Después de la ducha y de secarse el pelo Silvania se metió en la cama y se quedó profundamente dormida. Yurislav no tuvo tiempo ni de darle el beso de buenas noches.

A media noche comenzó a llover con fuerza lo que despertó a Yurislav. Aprovechó para ir al lavabo.
Se estaba encendiendo un cigarrillo cuando escuchó los gritos de Silvania. Salió corriendo hacia la habitación. La cogió por ambos hombros y entre zarandeos le dijo:
-Amor, amor, despierta amor.
Silvania abrió los ojos.
-¿Qué pasa? ¿Qué haces despierto y cogiéndome de los hombros?
-Has tenido una pesadilla.
-¿Una pesadilla?
-Sí, te has puesto a gritar como una loca.
-No lo recuerdo.
Yurislav la abrazó con cariño meciéndola muy suavemente. Silvania parecía no entender nada.
-¡Eh! Que estoy bien, que no me pasa nada.
-Silvania, estoy preocupado.
-Preocupado, ¿por qué?
-Estoy notando que algo no va bien, y creo que no tiene que ver con nosotros, si no contigo.
-No sé que pajas mentales te estás haciendo, pero yo estoy bien, como siempre.
-Yo no lo creo así.
-Pues no lo creas. Quiero dormir, ¿vale? –rechazando el abrazo de Yurislav y estiró en la cama.
-¿Lo podemos hablar mañana? –insistió Yurislav.
-¿Hablar el qué?
-Lo que está pasando, lo que ha cambiado.
-No está pasando nada, no ha cambiado nada.
-Yo creo que sí, ya te lo he dicho.
-Pues lo hablamos mañana. Ahora métete en la cama y déjame dormir.
Yurilav le dio un beso en la frente y volvió a por su cigarrillo al comedor. No sería el último de aquella noche. Tenía que pensar. Saber lo que debía decirle. Llegar al fondo de la cuestión, pues su preocupación iba en aumento. Quería ayudarla, pero no podía hacerlo si no sabía a que tenía que enfrentarse y sobre todo no quería perderla. ¿O quizás ella tenía razón y eran pajas mentales suyas? No, no lo eran. Los gritos de desespero de aquella noche tenían que tener algún significado.

Silvania no pudo dormir aquella noche. Su sufrimiento tenía que acabar. El Maestro tenía que aceptar su decisión, su sacrificio. No podía seguir soñando con infinitos abismos con espectrales paredes giratorias; con la caída al vacio y de golpe un vertiginoso desplazamiento por mundos huidizos como si se trasladara en la cola de un comenta; y vuelta a caer estaba vez a las profundidades del mar envuelta en un coro de convulsas carcajadas de las antiguas divinidades que parecían rechazarla. Eso le hacía sufrir. Ella tenía que ser una de las elegidas. No quería seguir escuchando aquellas horrendas carcajadas.
No se daba cuenta, pero su conciencia ya no le pertenecía y por ello no podía tener fuerza alguna para contárselo a Yurislav. Debía seguir negando que pasara nada si quería obtener la salvación eterna. Pero lo veía sufrir y le gritaba tras el cristal de su yo sumiso al Salvador.

sábado, 17 de octubre de 2009

Sábados literarios: Ahora no toca, o quizás sí



Sábados literarios es un viaje literario por diferentes blog con un tema en común propuesto por la conductora del simbólico bus donde nos encontraremos todos. La conductora de esta semana es: Ardilla. Sábados literarios

Quizás os preguntaréis que tiene que ver este texto con el tema de la convocatoria: "El lugar donde yo escribo". Creo que le podría buscar algunas, pero la más significativa, y de ahí el texto, es que muchas veces viajo dentro de mi corazón para hilvanar algunas frases que me relajen y me acompañen, como es el caso.

Espero que los disfrutéis.


-¿Qué guapa estás hoy?
-Eso me lo dices cada día.
-¿Y por eso tiene menos valor?
-No sé. Empiezo a pensar que es una costumbre.
-Mira el humo. Lo ves –alzando la mano para señalar la pequeña estela que se dirige hacía la cara de ella.
-Ya. Eso son chorradas. Yo no creo en esas cosas.
-Pues es bien cierto. El humo siempre va para los guapos.
-A ver. Cámbiame el sitio –y se levantan los dos e intercambian sus posiciones.
Esperan unos segundos. Él le da una suave calada al cigarrillo y sonríe cuando ve que, muy poquito a poco, el humo gira para jugar con la cara de ella. Los dos se ríen, se miran a los ojos e intentan contener las ganas que tienen de besarse.
-No me mires así.
-¿Cómo?
-Pues así, como lo estás haciendo ahora.
-Es como siempre te miro.
-Me estás volviendo loca.
Él con su mano derecha, la que tiene libre, empieza a recorrer por encima del banco del parque el pequeño espacio que le separa de la espalda de ella, mientras no la deja de mirar y ella no quiere que lo deje de hacer.
Le toca el hombro, primero con la yema de los dedos con los que dibuja una imaginaria línea hasta llegar a su cuello. Ella suspira y cierra los ojos mientras piensa en lo dulces que son sus labios. Pero ahora no toca, o quizás sí. Se quiere dejar llevar cuando él comienza a posar sus dedos sobre los huesecillos de su columna. Le encanta hacerlo. Sentirlo uno a uno hasta llegar a la parte baja de su espalda. No quiere mirar donde pone los dedos para no perderse más abajo, mucho más abajo. Ahora no toca, o quizás sí.
-Me tengo que ir.
-Lo sé.
-Se me hace tarde.
-Nunca es tarde, contigo, nunca es tarde. Los relojes están parados cuando estoy a tu lado. Incluso las nubes se abren y dejan entrever el brillante sol.
-Estás exagerando.
-Sí, como con el humo –y le señala al cielo que hace unos segundos estaba encapotado y amenazaba lluvia.
-Eres mágico.
-Tú haces que lo sea.
Ella se levanta muy a su pesar. Se coloca bien el abrigo y se cala la bufanda negra.
Ya de pie, se miran durante unos eternos segundos. Él quiere levantarse y besarla. Ella está deseando que lo haga. Pero ahora no toca, o quizás sí.
-Me voy.
-Sí –dice él con la voz un poco más apagada y levantándose muy poco a poco.
Los centímetros que separan sus cuerpos parecen kilómetros. Ahora no toca, o quizás sí, se dicen los dos sin saberlo.
Ella mueve si nariz abriendo y cerrando los cavidades nasales para romper el hielo de la despedida. Los dos se ríen.
-Eso me gusta más –dice ella y comienza a alejarse.
Al cabo de unos segundos se gira y le lanza un beso con la mano. Él le responde de igual forma, aunque su cabeza le dice que salga corriendo tras ella y la bese en sus rosados labios. Pero ahora no toca, o quizás sí.

Y mientras la locura juega con los dos, ella ya ha desaparecido de campo visual. Él se pone triste. Empieza a llover. Un cuervo gazna a lo lejos anunciando la tormenta. Le gustaría ser cuervo para poder volar y estar junto a ella de nuevo. Deberá esperar.
Un nuevo graznido lo despierta de su letargo, de su ausencia. La gente pasa corriendo a su lado. La lluvia cada vez es más fuerte. Le da igual mojarse. Deberá esperar.
El cielo parece romperse. Le da igual. Incluso el cuervo se ha escondido bajo el tejado del campanario, quizás asustado, quizás observando como un triste humano se va mojando, esperando, esperando. Deberá esperar.

Y de repente, la lluvia ceja en su empeño y a lo lejos la vuelve a ver, también mojada de pies a cabezas, con él.
Un sutil nerviosismo le recorre todo el cuerpo cuando la ve acercarse. No se lo puede creer. Se frota los ojos. Ella sigue allí.
-¿Me estabas esperando? –le dice ella a pocos metros de él.
-Sí, llevo una vida esperándote.
-Una vida es mucho.
-No, no es mucho si lo que me queda de ella la paso a tu lado.
Los dos se abrazan. No les importa estar completamente mojados. Él le separa el pelo de la cara y la besa en la frente.
-¿Ahora no toca? –le pregunta él.
-Quizás sí –le contesta ella con una preciosa sonrisa.
Se funden en un largo y apasionado beso.

El cuervo retoma el vuelvo y entre graznido parece decir: “Nunca llueve eternamente”.

viernes, 16 de octubre de 2009

El viaje



Aún recuerdo cuando nos subimos en aquel barco por primera vez. El mar estaba agitado. Estábamos un poco asustados, pero nos cogimos de la mano, nos miramos a los ojos, y pisamos la cubierta con fuerza. Era nuestro viaje, era nuestra decisión.

Al cabo de unas horas, unos delfines saltaban alegres a lado y lado del barco sin miedo a las olas. Fue entonces cuando me dijiste:
-Soy un pequeño pez buceando bajo estrellas caídas.
A lo que respondí en mi tono habitual:
-Y yo una ballena intentando devorarte –y me tire a tu cuello y lo besé.
Nos reímos durante unos segundos y añadiste:
-No, tú no eres una ballena, eres el océano azul oscuro cubriendo mis aletas –y nos abrazamos mirando los delfines jugar. El tiempo parecía haberse detenido. El mar se calmó de repente. El barco era un pequeño paraíso.

Ya por la noche, salimos a disfrutar de la visión, de la luz de las estrellas. El mar continuaba en calma; nosotros estábamos en paz, en armonía con el cielo, rebosantes de amor.
Una estrella fugaz recorrió en diagonal el horizonte. Instintivamente nos miramos, nos besamos muy suavemente y te dije:
-¿Te acuerdas de cómo un angelito me atrapó con sus alas e hizo que cada segundo de mi vida tuviera sentido?
-Sí –respondiste con cara de niña buena y añadiste.- ¿Y tú recuerdas como un diablillo quería apoderarse de todo mi cuerpo?
-Sí –respondí como el que nunca hubiera roto un plato.
Nos volvimos a besar, como si fuera un último beso en medio de aquel maravilloso espectáculo de pequeños focos que iluminaban el escenario de nuestras vidas.

Una de las tarde, mientras dormías, aproveché, inspirado como estaba, para escribir lo que sería un pequeño relato.
Cuando abriste los ojos, te desperezaste y desnuda me abrazaste por la espalda. El calor de tu cuerpo se fundió con el mío provocando un estallido de adrenalina como si fuera la primera vez que nos tocáramos.
Me mordiste la oreja y me susurraste con seguridad:
-Algún día veré alguno de tus escritos publicados –y me volviste a morder la oreja. Tu lengua empezó a recorrer con suavidad el camino hacia mi cuello.
Muy lentamente me giré, te senté sobre mis piernas y acariciándote el pelo y sin dejar de mirarte a los ojos te dije:
-Me basta con que tú los leas.

Fue un viaje precioso donde, sin decirnos te quiero, nos lo decíamos cada segundo que estábamos juntos, al mirarnos, al tocarnos, al besarnos.

viernes, 9 de octubre de 2009

Blue (Triste) [Filthy Sally]



Hoy el post va dedicado a Filthy Sally una cantante que con su guitarra va recorriendo diferentes espacios musicales intentando hacerse un hueco en el mundillo.
Ella misma dice que: "No todo lo importante es visible. Lo importante, realmente importante, es invisible." Y añade: "Filthy Sally suena a lluvia, a trenes de largo recorrido". Os invito a visitar su myspace.
Aquí el enlace

Hoy el relato está basado en la letra, traducida por ella misma, de su canción Blue, que podéi sescuchar en su myspace y pronto en su disco.
Espero que tenga suerte, pues merece mucho la pena. Este es mi granito de arena a su promoción.
Ah, por cierto, toca en Girona, Sala La Mirona, el domingo 11 de octubre a las 22:00.



Triste...oh....Estoy tan triste que solo puedo sentir la pena.
Por el adiós que debemos darnos; por la obligada partida hacía, lo que me han dicho, un mundo mejor.

Llévame... tendida en mi cama de clavos.
Pues eso será cuando se cierre sobre mí, cuando la oscuridad sea total, cuando mis ojos dejen de ver la luz.

Suspira y déjame estar sola
porque yo no sé fingir

Y quiero que recuerdes mi mejor semblante, no uno cubierto por el agua de la tristeza cuando lentamente la miseria me envuelve otra vez.

Estoy jodidamente cansada
tan jodidamente sola
tan jodidamente triste (azul)

Nunca pensé que me pudiera superar el momento con tanta fuerza después de la larga preparación que una vida da.
Morir para renacer.
Tengo miedo, siento miedo, aún sabiendo que cuando vuelva a ver la luz y un espejo se cruce en mi camino no sabré quizás reconocerme, no me sabrás reconocer por mucho que te diga que soy yo.

Lávame....como si fuera una pequeña muñequita
Mata todo aquello que sea sucio, el dolor de mi interior.

Abrázame para que los temblores de mi cuerpo al morir sean más leves, para que el frío mortuorio se convierta en el calor del amor.

Es fácil morir

Y dejarse llevar por el balanceo que el viento provoca en mi, casi dormida, casi muerta, casi perdida.
Mis ojos se comienzan a cegar. Ya no distingo las formas, tan sólo la luz apagada del atardecer que parece anunciar mi adiós.

Pero dame una razón para no hacerlo
Tengo una razón

Cógeme de la mano. Hazme sentir que estás ahí. Dame tu fuerza, tu vigor, tu energía, tu amor y bésame, no me dejes de besar; me hace más fuerte. Me alimento de tu cálido aliento, de la humedad de tus labios.

Bésame, no dejes de hacerlo.

Te veo, te veo de nuevo. Quiero gritar que te veo. No tengo fuerzas.
Estoy jodidamente cansada,
tan jodidamente sola,
tan jodidamente triste
por no poder decírtelo.

Bésame, no dejes de hacerlo.
Pues pronto tendré las fuerzas necesarias para morderte los labios y saborear la sangre de la nueva vida.

Bésame, no dejes de hacerlo.


Os dejo con un video de su canción: Everything will be ok

martes, 6 de octubre de 2009

Silvania (I)



Cuando escuchó por primera vez que existía un continente sumergido en el Índico llamado Lemuria y que allí habitaba el Salvador, no sé lo pudo creer. ¿Cómo podía alguien vivir bajo el mar desde tiempo ancestrales a la espera del momento adecuado para volver a reinar sobre la Tierra?
Lo que Silvania no sabía es que el Salvador no vivía como vulgarmente se podía entender, sino que se alimentaba de los sueños de los vivos y dormitaba en las profundidades de una ciudad ciclópea de enormes bloques de piedra. Por si eso fuera poco, la ciudad estaba llena de gigantescos monolitos tallados sin geometría aparente y cubiertos de jeroglíficos. La mayoría de los entendidos creían que eran unas instrucciones para poder despertar al Salvador; otros tenían la teoría que se trataba de una especie de dogma que debían seguir los iniciados para poder conseguir la, mal llamada, paz en la Tierra, ya que no estaría exenta de sufrimientos y sacrificios. El descontento generalizado de cuatro generaciones de humanos era un germen perfecto para todo tipo de grupos pro-salvación. Los seguidores del Salvador, aún siendo pocos, eran de los más activos. No fallaban a ninguna de las reuniones rituales convencidos que el nuevo inicio estaba cada vez más cerca.
La mayoría llevaban tatuado sobre el corazón un monstruo con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso, cuatro extremidades dotadas de garras, un par de alas y una estrecha espalda. Existían pocos artistas capaces de realizar el tatuaje a la perfección. Silvania también lo llevaba tatuado entre los senos. El trabajo del tatuador había sido excelente. El dolor había merecido la pena. Se sentía liberada por primera vez en su vida desde que su madre murió en manos de un desconocido sin motivo aparente. Eso es lo que decía el informe policial. La traducción de Silvania era: asesinato sin resolver.
A su padre no lo conoció.

Ni siquiera la poesía podía acallar sus gritos de venganza, y es que la paz que buscaba Silvania era sinónimo de muerte. Se podía pasar días enteros con sus noches, tan sólo descansando para beber, escribiendo sin parar, intentando enmudecer sus fantasmas del pasado llenos de ira hacía alguien que no conocía. Algunas veces se sentía absurda por tenerle ira a un desconocido, era como disparar sobre nada, pero esa nada le arrebató a su madre.


Algunos de los jeroglíficos habían podido ser transcritos mediante la escritura automática. Tan sólo podían llegar a ellos las personas llamadas “físicamente hipersensitivas”. El Maestro era uno de ellos.
Silvania había escuchado como el Maestro explicaba, en una de sus primeras reuniones, que había intentado conseguir el supuesto texto completo, pero sólo había obtenido el rito de invocación, el rito de adoración. En cierta forma se sentía un poco decepcionado, no con el Salvador, sino con Él mismo por no ser más sensitivo.
Se había puesto en contacto con otro grupo de adoradores para ver si ellos habían tenido más suerte y entre todos poder tener el texto completo, pero todos tenían la misma transcripción. Eso reforzaba aún más la cohesión de grupo: un mismo rito, un mismo dogma, un único Salvador.
Mientras tanto, seguirían con su ritual a la espera que los astros ocuparan una determinada posición que tan sólo conocían los Maestros. No podían dejar de adorarlo; debían seguir alimentándolo con sus cantos para que su sueño no fuera eterno, para que la esperanza de un nuevo Mundo no se esfumara. El culto secreto estaría allí, esperando el momento. Ellos serían los elegidos.


Silvania y Yurislav se conocieron en un taller de poesía que ella impartía por aquel entonces. A él siempre le había gustado escribir. Tenía la sensación de no hacerlo todo lo bien que se debía, y además, el taller podía ser una buena oportunidad de hacer nuevas amistades, de compartir experiencias, de romper con la rutina. Así que cuando vio el anuncio en el rótulo luminoso que había instalado su peluquero, tomó nota y no se lo pensó dos veces, aunque el peluquero intentara disuadirlo:
-Oye Yuri, que la poesía es cosa de mujeres.
-¿Quieres decir?
-Sí, seguro. No conozco a ningún tío que escriba poesía.
-Ahora me entero que lees algo más que esas revistruchas de tías en porretas que tienes por ahí tiradas.
-No te pases tío.
-Eres tú el que ha dicho que sólo era para mujeres.
-Pues lo siento si te he ofendido.
-Sí, ya, pero lo has dicho.
-Vale, perdona, intentaré ser más prudente.
-Eso espero. Disculpas aceptadas.
El peluquero continuó cortando el pelo ha Yurislav, pero a éste aún le rondaba una pregunta más:
-Y por cierto, pensado lo que piensas, y siendo una peluquería para hombres, ¿cómo pones un anuncio así en tu local?
-El dinero es el dinero –y los dos se rieron, lo que casi le cuesta a Yurislav un trasquilón.


Diez eran los participantes en el taller, pero desde el primer momento la invisibilidad de la química actuó. El segundo día de taller, Silvania y Yurislav, como si lo hubieran planeado de antemano, salieron los últimos. Pasaron gran parte de la noche charlando animadamente en un parque cercano y se pudieron dar cuenta que, a poco que se lo propusieran, podrían tener un futuro como pareja.

viernes, 2 de octubre de 2009

Sábados literarios:Enfrentándose a sus recuerdos



Sábados literarios es un viaje literario por diferentes blog con un tema en común propuesto por la conductora del simbólico bus donde nos encontraremos todos. La conductora de esta semana es: Teresa. Sábados literarios


¿Cuánto hacía que no pisaba aquel suelo? El tiempo se desvaneció, se paró su reloj vital tras cerrar una noche de triste recuerdo la puerta de su casa. Y es que cada rincón, cada escalón, cada mueble le recordaba que ella no estaba, que habían dejado de compartir la vida. ¿Cuánto tiempo estuvo aferrado a su vida después de muerta?
Había sido muy duro despertar y volver a aprender a vivir, a convivir con la soledad en un pequeño ático que alquiló para esconderse, para refugiarse del dolor, para escapar de su presencia invisible que lo torturaba.

Con el paso de los años y la ayuda de una magnífica psicóloga, pudo dar el paso que estaba dando. Volver; a tocar su cama donde tantas veces se abrazaron renovando su amor.
Volver; a encender la chimenea y sentarse en su butacón sin llorar al contemplar el de ella vacío. Tantas habían sido las veladas que pasaron leyéndose el uno al otro con la suave música del crepitar de la madera.
Volver; a comer sobre la mesa del salón y recordar la mil y una historias que allí se explicaron; las decenas de veces que probaron la resistencia de la mesa simulando la escena del “Cartero siempre llama dos veces”, pero sin harina.

Un dulce perfume hizo que subiera a la planta superior, y guiado por su olfato abrió la que fue su mesita de noche. En el primer cajón estaban todas aquellas pastillas que se vio obligada a tomar y que de una forma y otro alargaron su sufrimiento, su agonía, pero al mismo tiempo, le daban esperanzas a él. Después de su muerte, y cuando pudo pensar con lucidez, se sintió culpable de no querer su muerte más prontamente.
En el segundo cajón encontró parte de su ropa interior. No pudo resistir la tentación de coger varias prendas e intentar percibir algún átomo de ella. Todavía creyó que tenían impregnado su perfume; su imaginación y sus sentidos lo traicionaban: era el suavizante que tantos años utilizaron. Pero bendita imagen la que le evocó.
Después de varios minutos abrió el tercer cajón donde no esperaba encontrar las fotografías, enganchadas y clasificadas temporalmente, de una corta, intensa y feliz vida en pareja. Mientras pasaba sus páginas algunas lágrimas cayeron sobre ellas, pero como si su desaparecida mujer lo hubiera previsto, se escurrieron sobre la fina capa de plástico que las protegía.
Una vez las contempló todas, cerró el álbum, se tumbó en la cama que tantos secretos guardaba y se quedó dormido abrazado a sus recuerdos. Ahora podía convivir con ellos. Ya no estaba sólo. Podía volver a vivir aceptado que ella nunca más volvería.