domingo, 29 de noviembre de 2009

Parmenia

La primera de las fotografías no es de Parmenia; la segunda sí. No he podido encontrar mejores fotografías del lugar. Algo tendré que hacer, ya que es un lugar de que he oido hablar en multiples ocasiones y tengo, quizás, un poco mitificado.
Si queréis, podéis cambiar Parmenia por uno de esos lugares que vosotros tengáis mitificados y al que quisiérais ir.



-Sabes cariño, hoy me ha dado por pensar en el tiempo que hacía que no escribimos ninguno de los dos.
-Pues tienes razón –y los dos miraron al techo para intentar recordar.
-Creo que hace un par de años, ¿no? –dijo ella al cabo de unos segundos.
-Sí, quizás dos años, desde que yo escribí Alicia en el país de las ardillas y tú, Soldados de pastelina –y rieron los dos.
-¿Qué nos ha pasado? Antes no parábamos de escribir –se quejó ella.
-El trabajo, el estrés que se acumula en el día a día, el aprovechar todo el tiempo que tenemos para darnos mimos.
-Quizás tengas razón. Antes también nos dábamos mimos, pero ahora lo necesitamos como el agua que bebemos ya que casi no nos vemos por el puñetero trabajo.
-Sí, pero se tiene que trabajar para poder vivir y para luego poder disfrutar de esos momentos.
-Pero me sabe mal que no escribamos. Tú tienes un gran talento para la escritura –afirmó con seguridad.
-Amor, me tienes sobrevalorado.
-No es cierto. ¿Te enseño las críticas de tus tres novelas?
-No, no hace falta; las recuerdo, como también recuerdo la gran presentación de la tuya y la gran acogida que tuvo entre los lectores.
-¡Bah! Tan sólo era una primera novela.
-No digas tan sólo. Quiérete un poco más.
-Lo digo porque se puede hacer mucho mejor y me gustaría tener tiempo para poder demostrártelo.
-No me tienes que demostrar nada y lo sabes. Creo en ti y en todo lo que haces.
-Sí, lo sé, pero me sabe mal.
Durante unos segundos se hizo el silencio en el salón. Los dos se miraron y él comenzó a sonreír.
-¿Qué? –dijo ella.- Seguro que ya se te ha ocurrido alguna cosa. Te conozco como si te hubiera parido –y rieron de nuevo.
-Pues sí. Tengo una magnífica idea.

Dos semanas después llegaron las esperadas vacaciones de verano y los dos hicieron las maletas y partieron rumbo a Parmenia. Nunca habían estado allí, pero lo habían hablado en multitud de ocasiones.



Al llegar, sus ojos se llenaron de los diferentes tomos de azul del cielo; de los verdes de los frondosos bosques; sus oídos con los cantos de los pájaros, con el harmonioso sonido del discurrir de los ríos, con el maravilloso estruendo de un lejano salto de agua y ya llegada la noche, con el dulce silencio de las montañas.

Al día siguiente, pusieron una mesa frente una de las ventanas, la que tenía mejores vistas y por donde entraba luz casi todo el día.
Dispusieron sus portátiles uno frente al otro, y se miraron tiernamente. Había llegado el momento de escribir de nuevo, pero no podían dejar de mirarse.
Al cabo de unos minutos, él se levantó, la besó y la cogió a peso (ella era un peso pluma para él, aunque tampoco se podría decir que no estuviera fuerte, pero continuemos) Se estiraron en la cama y se hicieron el amor con la mayor de las pausas. Sus cinco sentidos pudieron disfrutar de uno de los mayores placeres que existen.


-Ayer estuvo muy bien, tesoro –dijo ella al levantarse a la mañana siguiente.
-Sí, genial.
-Pero no pudimos escribir.
-No –y puso cara de niño que tiene deseos de galletas.
-No pongas esa cara.
-Te quiero.
-Y yo también te quiero.

Desayunaron en silencio intentando pensar cual podría ser la estrategia a seguir para poder escribir. Su estancia en Parmenia era para un mes y ellos sabían que si se ponía a trabajar al ritmo que hacía unos años estaban acostumbrados, podrían escribir tanto que tan sólo tendría que hacer los retoques finales al volver a su vida normal.
Al final decidieron que uno escribiría en la cocina y el otro en el salón del apartamento que habían alquilado, y que cada hora se levantarían para ir al sofá y besarse como si fuera la primera vez que lo hicieran y así saciar sus ansias de estar el uno junto al otro. Luego retomarían el trabajo y por las tarde dormirían una pequeña siesta después de satisfacerse con un dulce y sabroso postre carnal. Y al levantarse con renovadas fuerzas, volverían a escribir y llegada la noche volverían a comer el dulce postre. Esa era la primera idea que se fue completando con paseos por los verdosos parajes que Parmenia les ofrecía y con largas noches sentados en el pequeño porche disfrutando de una agradable conversación mientras miraban las estrellas y se decían te amo, te quiero, te deseo.

Y así fue como Parmenia ayudó a dos eternos enamorados en la ardua tarea de escribir y es que escribir, aún siendo un gran placer, es también un sacrificio. Ya lo decía un conocido mío: “Es más fácil tener un hijo que acabar una novela.”

Ah, por cierto, la pareja tuvo una preciosa hija aproximadamente nueve meses después. ¿Sabéis que nombre le pusieron?

Parmenia.

martes, 24 de noviembre de 2009

Tus ojos


El 18 de noviembre de 2008 publiqué en este blog un post con el título de "Ojos". Por aquellas cosas de la vida, hace dos días lo releí y me sorprendí de lo que había escrito hace poco más de un año.
Esa sorpresa me ha llevado a reescribir "Ojos" y transformar aquel relato en "Tus ojos".


Son tus ojos donde yo me reflejé para que pudieras sentir que estaba cerca de ti, para que pudiéramos soñar con un mañana mejor, para que pudiéramos compartir los momentos buenos y sobre todo los malos. ¿Qué gracia tendría entonces esas miradas si no lo compartiéramos todo?
Son nuestros ojos testigos de todos los días que llevamos juntos, unidos al principio por un finísimo hilo y que poco a poco se ha ido enmarañando para crear la complicidad de la que ahora disfrutamos.
Son nuestras miradas lo que nos recuerdan que el camino a recorrer no es sencillo, pero también nos hacen ver que desde ese primer momento comprendimos que el uno podía estar junto al otro, sin miedo a cerrar los ojos.

Recuerdo como el otro día no sabía como consolarte. No querías ni siquiera mirarme. Repetías una y otra vez que no sabías lo que te pasaba, que te sentías mal y necesitabas llorar. Mis ojos intentaron encontrar los tuyos, para decirte que no estabas sola, que yo estaba allí, sin prisas, sin que el tiempo corriera, ya que entendí que necesitabas tiempo, espacio, calma, tranquilidad.
También entendí que lo único que podía hacer es seguir buscando con mirada sosegada la tuya cómplice, hasta que las lágrimas que los bañaban se secaran y nos pudiéramos encontrar de nuevo, y consolarnos el uno al otro.
Me senté a tu lado y te cogí la mano, dándote mi calor, mi presencia, para decirte sin palabras que comprendía por lo que estabas pasando y que no me separaría de ti, que no te dejaría sola.

No quiero dejar de mirarte. Amo tus ojos, amo el espejo que me ofrecen y la vida que veo tras ellos, amo las miradas que me dedicas y el amor con que las haces.

A veces quisiéramos cerrar los ojos, incluso ponernos una venda para seguir hacia delante por miedo a ver lo que nos espera. Pero no es fácil cuando se trata del corazón, ya que al cerrarlos sentimos el frío aterrador de la soledad de espíritu. Y al volverlos a abrir nos encontramos de nuevo con esa realidad de la que queríamos escapar, de la que queríamos huir corriendo deprisa, muy deprisa.
Pero yo estaré allí, pues sabes que me cuesta mucho cerrar los ojos y más cuando estás a mi lado.

Una noche soñaste que miles de ojos te observaban y te sentiste juzgada. Sentiste miedo y un gran agobio se apoderó de ti y te dejó sin fuerzas para poder gritar, para poder pedir auxilio. Sentiste que podía ser el fin y te dio miedo de tocarlo. Pero una fina lluvia refresco tu cara, las magulladas del corazón, las heridas del alma. Fue esa lluvia la que te dio fuerzas para levantarte, llegar hasta casa y tocar la puerta.
Te abracé con las ganas del que hace años que sueña con ello y tú me rechazaste. Por suerte comprendí que no era eso lo que necesitabas, sino descansar, cerrar los ojos y soñar con un nuevo mañana acolchada entre un suave oleaje.
Y estuve toda la noche sentado al borde de la cama, cogiéndote la mano, casi sin parpadear, para que pudieras sentir el calor de mi mirada. Tenía miedo a cerrarlos y que tú los abrieras y te sintieras de nuevo sola.

Blancos besos los que te di al salir el sol. Tiernos besos los que soñé durante la noche. Necesitaba decirte que podías contar conmigo, que juntos íbamos a encontrar la isla de la infinita felicidad donde comenzar una nueva historia, una nueva vida. Quería decirte que confiaras en mi, que no tenía miedo a emprender la marcha, fuera al ritmo que fuera, pues mi espíritu peregrino sabe que uno debe amoldarse al ritmo del más lento.

-Sabes –me dijiste aquella mañana-. Eres como una serpiente que me hubiera encontrado en medio del desierto y mirándome con esos ojos que me vuelven loca, me dijeras que a poco menos de cinco minutos existía un oasis, tú oasis –y añadiste tras besarme-. Cuando estoy a tu lado pierdo la voluntad de salir corriendo.

Y continuamos recorriendo el camino, unas veces, las que más, con una dulce sonrisa, otras con cierta tristeza ante los cruces que nos obligan a separarnos para buscar más tarde la senda, volver a estar juntos de nuevo y con ello seguir aprendiendo el uno del otro. Y cuando los pies parecen cansados nos paramos bajo un frondoso árbol para mirarnos y seguir enamorándonos.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Tan cerca y tan lejos a la vez



El móvil ha sonado y he podido sentir tu voz que ha llenado mis pulmones de aire fresco durante unos minutos y ha hecho menguar mi añoranza por no estar a tu lado, por no poder verte, por no poder cogerte de la mano, por no poder besarte, mesarte el pelo, mirarte a los ojos y bañarme en tu labios mientras disfruto de la belleza de tu sonrisa.
Irremediablemente has tenido que colgar. Durante unos segundos mi corazón ha seguido contento porque has aprovechado la oportunidad para decirme: “te quiero”, pero pasados esos segundos, mi gesto ha cambiado de la sonrisa a la tristeza como cuando nos despedimos al dejarte en casa. Unas lágrimas han resbalado por mi corazón y mis pulmones se han llenado de fuego. No me gustan las despedidas y mucho menos si tú eres la protagonista.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

No sé que definición darle a lo que siento cuando estoy separado de ti. Es como un desgarro interior con una única cura: tú. Creo que la mejor definición es: amor. ¿Es eso lo que provoca el amor? Y cuantos más días pasan más grande se hace lo que siento y más dura es la espera. Pero no temas. Soy fuerte, muy fuerte y te quiero tanto que cada vez me hago más fuerte, aunque a veces, como hoy, como todos los días que estoy lejos de ti, me flaquean las piernas y busco mil y una forma de hacer que el tiempo pase, que pase, que pase y vuelva a pasar, para poder estar a tu lado de una vez por todas, para siempre y para la eternidad, a tu lado.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

Nunca pude pensar que sentir un vacío tan grande en el corazón fuera sinónimo de amor, pero cuanto más lo vivo más cuenta me doy que es así. Y es que cuando estás conmigo provocas que no haya ni un resquicio que pueda ser ocupado por nada ni nadie en mi latiente músculo de vida. Con tu sola mirada haces que se despierte en mí todos los placeres de la vida. Es una sensación tan divina que los mismos dioses tienen que estar celosos de lo que siento.

Tan cerca y tan lejos a la vez.

Quizás más que un vacío es un encogimiento. Siento como el corazón oprime con fuerza mi pecho y lucha por latir como lo hace cuando estoy junto a ti.
Intento imaginar todas aquellas cosas que haremos juntos y eso hace que pueda sosegarme un poco.

¿Ha sido un día bueno?, me has preguntado.
No lo puede ser si tú no estás a mi lado, no ya de pensamiento, que sé que lo estás como yo lo estoy, si no físicamente y sabiendo que cuando toquen las doce no tendrás que salir corriendo sin que tu quieras hacerlo y yo me convierta en calabaza.

martes, 10 de noviembre de 2009

No te detengas, Walt Whitman

Hoy tenía ganas de compartir con vosotros un clásico de la poesía: No te detengas, de Walt Whitman (1819-1892).

Como siempre, espero que lo disfrutéis y lo reeleais, pues creo que vale mucho la pena detener por unos minutos la vorágine de nuestras vidas.


No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas .

jueves, 5 de noviembre de 2009

Nunca llueve eternamente

Me ha llegado por correo este precioso relato que quería compartir con vosotros con la autorización, claro está, de su autora que todavía está pensándose si hacerse un blog o no, y por eso, le he insistido para que pudiera publicarlo en el mío, ya que creo tiene mucha fuerza y no podía caer en el olvido, y así de paso, a ver si se anima a hacérselo.

Los relojes se paran. Llueve una y otra vez. Otra vez. Suenan los Who de fondo y tengo ganas de fumar. Que me envuelva el humo y que tape esta habitación. Estar en otra parte. Quizás contigo. ¿En una aldea?
Llueve y truena. Como mi corazón. Tu móvil está apagado y telefónica se quiere forrar conmigo. Aun así, mi enfermedad/locura por ti es tan grande que sigo intentando llamarte. Y no puedo parar. Como la lluvia.
Estoy triste porque no puedo expresar lo que siento a nadie. Y me siento sola. Aun cuando estoy acompañada. Quiero pasarme la vida cantando en un bar con una cerveza al lado mientras la gente escucha o simplemente se relaja, conmigo, a mi lado. Con los ojos cerrados. Y ahora truena aun más y tu teléfono está apagado o fuera de cobertura. Pero está bien, me gusta hablar más en persona contigo. Puedo esperar. Soy buena con la espera.
Espero mientras llueve y el suelo resbala tanto que podría convertirse en un tobogán que me llevase a ti. Construiría un parque de atracciones si así ahora mismo pudiese hablar contigo. No es una promesa. Si pudiera lo haría.
Espero sin un cigarrillo imaginándome el humo. Como tu juegas con el humo y me dices: "siempre van a los guapos".
Espero al chico de ojos azules. Aunque haya niebla. Aunque no pueda atraparlo. Estoy triste. Pero estoy viva.

"Nunca llueve eternamente" dijo el cuervo.