martes, 29 de diciembre de 2009

La escacharrada

No es la primera vez que publico un relato de algún amigo/a en mi blog; hoy es uno de esos días.
Creo que éste tiene su fuerza en la condensación de las palabras bien elegidas.


La llamábamos la escacharrada. Supongo porque siempre que la veíamos tenía un brazo roto o algún dedo lo que menos.
Era una niña pálida y delgada con cercos oscuros bajo los ojos. Siempre se estaba mordiendo las uñas. Daba igual que estuviera hablando contigo, era incapaz de parar su vicio. Y cuando ya no le quedaban más uñas seguía con la piel. Era una comedora de uñas compulsiva.

El día que la vimos con los dos brazos escayolados hablaba torpemente, estaba muy nerviosa. Seguramente porque no podía morderse las uñas las cuales le habían crecido una barbaridad. Podías observar como sus finas yemas de los dedos jugaban y frotaban las uñas una y otra vez. Es lo único que podía hacer.

De lejos parecía un pobre espantapájaros.






Efeméride: pues esta es mi entrada 100 del blog después de un año y dos meses. Quizás un poco escaso de producción pero cada entrada es una pequeña perla, o así lo considero, que quiero compartir con vosotros.

Gracias por estar ahí detrás.


domingo, 27 de diciembre de 2009

La impaciencia no sirve de nada



El texto que quería compartir hoy con vosotros está extraído del País Semanal del domingo 20 de diciembre, y lleva por título:"La impaciencia no sirve de nada".

Muchas veces nos invade la impaciencia y eso nos crea los llamados "agujeros negros" que hacen que nuestra vida no sea tan plácida. El texto me ha hecho reflexionar muy mucho sobre el tema de la impaciencia.
A modo de ejemplo, publico un relato que se encuentra dentro de la publicación que creo que os puede servir para saber que más podéis encontrar.

Y para los interesados, os dejo el enlace para poder disfrutar del texto completo ya que vale mucho la pena:
La impaciencia no sirve de nada



Cuenta una historia que un hombre paseaba por el campo, aburrido, sin nada qué hacer. De pronto se encontró un capullo de mariposa y decidió llevárselo a casa para distraerse un rato, viendo cómo ésta nacía. Tras veinte minutos observando la crisálida, empezó a notar cómo la mariposa luchaba para poder salir a través de un diminuto orificio.
El hombre estaba realmente excitado. Jamás había visto nacer a una mariposa. Sin embargo, pasaron las horas y allí no ocurrió nada. El cuerpo del insecto era demasiado grande, y el agujero, demasiado pequeño. Impaciente, el hombre decidió echarle una mano. Cogió unas tijeras y, tras hacer un corte lateral en la crisálida, la mariposa pudo salir sin necesidad de hacer ningún esfuerzo más.
Satisfecho de sí mismo, el hombre se quedó mirando a la mariposa, que tenía el cuerpo hinchado y las alas pequeñas, débiles y arrugadas. El hombre se quedó a su lado, esperando que en cualquier momento el cuerpo de la mariposa se contrajera y desinflara, viendo a su vez crecer y desplegar sus alas. Estaba ansioso por verla volar.
Sin embargo, debido a su ignorancia, disfrazada de bondad, aquel hombre impidió que la restricción de la abertura del capullo cumpliera con su función natural: incentivar la lucha y el esfuerzo de la mariposa, de manera que los fluidos de su cuerpo nutrieran sus alas para fortalecerlas lo suficiente antes de salir al mundo y comenzar a volar. Su impaciencia provocó que aquella mariposa muriera antes de convertirse en lo que estaba destinada a ser.