jueves, 27 de mayo de 2010

No le dio tiempo a croar



Basado en hecho reales.

Estaba sorprendida de la velocidad que podía llegar a coger en situaciones de peligro. Aquella noche fue una de ellas.

La serpiente abrió los ojos que brillaron como dos estrellas en el negro cielo; le mostró sus afiladas agujas paralizadoras, en un intento por intimidarla. Durante unos segundos se estudiaron, tal vez evaluando el peligro la una y las posibilidades de victoria la otra. Estaba claro que no había tiempo que perder, debía poner agua y tierra de por medio.
Comenzó a saltar como si fuera persiguiendo al último mosquito que existiera en la Tierra, el último delicioso manjar. No tuvo tiempo a pensar en lo que pasaría después de finalizar la persecución y comérselo; eso se lo dejaría a los filósofos.
El miedo hizo que su resuello fuera casi imperceptible para ella; saltar y saltar, sin parar, alejándose lo máximo de su depredador.

Vio unos pequeños arbustos. Le servirían de escondite, de lugar de descanso durante unos minutos.
Los alcanzó e intentó contener la respiración. Ahora si que notó el descontrol de su corazón.
Creyó que allí estaría a salvo, parecía un buen escondite, pero la serpiente estaba muy hambrienta y en tiempo de crisis, todos, incluso los animales, sienten su efecto. Más valía rana en la tripa que ratón por esperar.

-Ssssss –se escuchaba la dulce melodía de la muerte.
-Ssssss –cada vez estaba más asustada, ya no se sentía segura.
Decidió salir de su escondite y volver a saltar, lejos muy lejos, justo en el momento en que un coche aparcó muy cerca del arbusto.
Era de aquellos conductores que antes de dar por finalizada la maniobra de aparcamiento podría llegar a comprobar más de tres veces si el coche estaba bien ajustado o no, y en la mayoría de esas, el vehículo se movería unos centímetros a lo más.

-¡Pom! –uno ajustando y la otra saltando se encontraron.
Golpeó contra el tapacubos de una de las ruedas delanteras, pero el impacto no fue lo bastante fuerte para atontarla.
Un tenue calor la invadió. Salía de una pequeña obertura en la rueda golpeada que invitaba a entrar, a esconderse.

-Ssssss –estaba muy cerca.
No se lo pensó dos veces. Introdujo su viscoso cuerpo por el agujero y se acopló con facilidad en su interior.
-Sssss
-Ssss
-Ss
-S
La serpiente se alejaba. La había despistado. La rana comenzó a sentirse más tranquila envuelta en aquel agradable calor. Le pesaba hasta la lengua. Su carrera hacía la vida le había dejado casi extenuada. Notaba que le faltaban las fuerzas y se dejó vencer.


El día amaneció nublado y no tardó en comenzar a llover. La rana seguía durmiendo plácidamente soñando con ranitas a las que cortejar, mientras los paraguas se iban adueñando de la calle. Aquella noche había sido una de las mejores noches en las últimas dos semanas. Estaba descansando como nunca. El mosquito no tendría escapatoria. Saldría a cazarlo en cuanto se levantara de su letargo, y mientras seguía soñando con ranitas y mosquitos que ofrecer. Sonaba a vals, a paz, a tranquilidad.

-¡Rum!, ¡Rum!
Embrague, primera, gas.
El coche salió con velocidad de su aparcamiento, tanta que no se dio cuenta que en ese mismo momento, otro coche frente al suyo salía también.
Apretó el pedal del freno con la fuerza de un sorprendido, con el vigor del miedo a chocar.

No le dio tiempo a croar.


Apéndice

La factura subió a casi doscientos euros.
El mecánico me explicó muy excitado que nunca se había encontrado nada igual al cambiar unas pastillas de frenos.
Por mi parte, yo intenté negociar una rebaja por el espectáculo generado, pero no dio su brazo a torcer.

Me supo mal no poder despedirme de la rana, y más siendo su inconsciente verdugo.
Su cuerpo descansa en el cubo de desecho en el cual fue imposible buscarla.

Espero que muriera sonriendo.
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