miércoles, 16 de junio de 2010

Relatos suizos: Gruyère



Del 8 al 13 de junio estuve de maniobras en Suiza e Italia y aproveché los pocos momentos que tuve para relatar algunas de las vivencias acaecidas en el viaje.
La realidad se mezcla con la ficción. Será el lector el que tendrá que ver donde está el límite, aunque os tengo que decir que ahí mucha más realidad que ficción.
Espero que os gusten y que motiven de alguna manera un futuro viaje por aquellas bonitas tierras (hablo de Suiza; quiero que quede claro).



Llevaba toda la noche viajando. No había pegado ojo en todo el trayecto y es que, como muchos, no soy amigo de los asientos de autocar. Eso sí, el cojín que previsoramente coloqué bajo mi cabeza ayudó, y mucho, a que mis cervicales no sufrieran el paso de los kilómetros.

El sol comenzaba a mostrarse tímidamente. Mis ojos deseaban cerrarse; era incapaz de hacerlo; me negué a que así fuera al entrever a lo lejos la silueta casi fantasmal de una cadena de montañas aún nevadas.
Calculé que deberían tener no menos de dos mil quinientos metros; más tarde confirmé en un bonito plafón informativo que, muy inteligentemente y estratégicamente los suizos habían colocado para los turistas, que mis cálculos no iban errados.

Las brumas jugaron con mis ojos al esconderme la bella imagen del lago de Gruyère. Poco a poco, y mientras perdíamos la altura ganada desde que cruzamos la frontera surcando suaves curvas, la luz iba robando terreno a los sombras. La nieve brillaba bajo el reflejo de los rayos lo que me hizo pensar que a tan bucólica imagen le quedaban pocos días de vida y que se convertiría en una nueva estampa: la del agua cayendo por largas cascadas con su dulce resonar alimentando los márgenes del lago.

Vislumbré el tejado de una casa entre la bruma que comenzó a caer tragada por la fuerza del agua que actuaba como un gran imán. Me imaginé mil y una historias; era un paisaje motivador, ensalzador de escritura. Y yo estaba allí y casi no recordaba el largo viaje ni el no haber dormido ni un minuto; el sacrificio había valido la pena.

Algunas barcas comenzaron a surcar las aguas y quise por un momento estar sobre una de ellas, ser suizo y al levantarme cada mañana poder tener aquella postal viva como si de un cuadro se tratara. Seguro que existen miles de lugares así, pero no estoy seguro que tengan aquella paz a tan pocos pasos de la civilización.
Y pensé en ella, la verdad es que no había dejado nunca de hacerlo, pero su calor se hizo más patente frente a la orilla de aquel lago, rodeado de altas montañas bajo la influencia de aquel sol.
También se hizo más patente mi gusto por la montaña; para que nos vamos a engañar, me gusta mucho más la montaña que el mar. Supongo que el nacer al lado de la salada agua influirá negativamente.

A lo lejos el pueblo de Gruyère con su majestuoso castillo en cuya puerta, y a la sombra, apoyaba mi maltrecha espalda mientras escribía estas líneas. Y a su falda una de las fábricas productoras de queso más famosa del mundo: La Maison de Gruyère.
-¿Te gusta el queso de Gruyère? –me preguntaron.
No sabía muy bien que responder ya que mis papilas gustativas se contrajeron. Quise entender que no, pero haría el esfuerzo ya que estaba seguro que aquel queso tenía que saberte diferente según donde lo degustaras.



Entré en la fábrica y la conocí.
Se presentó ella de forma sorprendente y graciosa:
-Mi nombre es Cereza y soy la reina de esta región.

Al salir de la fábrica nos obsequiaron con tres trozos de Gruyère: uno de seis meses de maduración; otro de ocho meses y un tercero de diez meses todos ellos con sus setenta y cinco aromas incorporados en la leche de las vacas suizas.
El primero me encantó y no eché de menos el comerlo con un trozo de mi preciado pan; el segundo me sorprendió e imaginé que un buen vaso de vino negro sería su mejor acompañamiento y el tercero me cautivó, sin más. Creo que hubiera necesitado una nueva degustación para poder decidirme por uno o por otro, aunque si tuviera que tomar una decisión rápida me compraría el primero de ellos.



Después de llenarme la tripa con queso subimos al pueblo. Pequeño, agradable, familiar, acogedor, medieval. Fui recibido por el repicar de unas melódicas campanas. Eso hizo que alzara mi vista para contemplar la grandiosa cúpula central, curiosamente en forma de campana. No recordaba haber visto ninguna igual. Miré el reloj y me prometí que a las doce en punto pararía para poder disfrutarlas de nuevo.

Una pequeña calle central me llevaría hasta el castillo pero antes encontré al Señor de la Piedras. Casi medía dos metros, espigado, con el pelo largo y enmarañado, con nariz aguileña y cara de pocos amigos. En unos segundos se vio rodeado por más de cien personas. Tiró el mallo al suelo, miró la hora y se alejó con paso lento pero firme mientras se encendía un cigarrillo.
Casi nadie se dio cuenta del hecho o nadie le quiso dar importancia. Yo sí. Pude comprobar que con muy poco se podía perturbar la tranquilidad de una persona. Todos continuaron mirando los motivos florales y las distintas gárgolas que adornaban la calle a la que aún le quedaban algunas piedras que poner a golpe de mallo. Y es que el interés de la gente se centraba en fotografiarse al lado de un Alien de bronce. ¿Qué hacía allí? Además había un pequeño museo ubicado en el restaurado Chateau de St.Germain y dedicado a él y la figura de su creador. Un puntazo con se suele decir.
Y por si no fuera suficiente, a pocos metros, un bar decorado a base de espinas dorsales del bicho, caras, ojos del mismo,…, la bomba igual que los precios; cuatro euros por una cola; se tiene que pagar por el decorado y al escultor.
Nadie me supo decir que pintaba allí todo eso. Quizás si le hubiera preguntado al Señor de las Piedras sabría la respuesta, pero no quise agobiarlo con mis pesadas preguntas y menos viendo como disfrutaba de cada calada.



Al castillo no pude entrar por falta de tiempo pero la gente salía con buena cara de la visita. La que si hice fue un pequeño, pero bellísimo, camino de ronda. Desde él se podían contemplar las montañas que rodeaban a la población y en particular dos.
Me quedé fijamente mirándolas. Eran el Pedraforca suizo vestido con el verdor de sus pastos centrales que simbolizaban la pedrera por donde se desciende y cubierto a lado y lado por miles de árboles. Y en su loma una casa aislada de todo contacto humano e incluso alienígena. Estoy convencido que si Stephen King conociera la ubicación de aquella casa la alquilaría para escribir una de sus novelas.

Tocaba irse para visitar la fábrica de chocolate Cailler-Nestle en Broc, a tan sólo cuatro kilómetros de Gruyère.
Me prometí volver algún día junto a ella y volver a conversar con Cereza, la vaca parlante.
Justo en ese momento el mundo se paró bajo el repicar de las doce.
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