sábado, 14 de agosto de 2010

Lo que la vida espera de ti



Teníamos una regla no escrita en el campo de concentración: “no se impediría a nadie frustrar un intento de suicidio ya comenzado”. Eso a la práctica significaba que no se le cortaría la soga a ningún preso que estuviera colgado, por poner un ejemplo. Lo que sí debíamos hacer era trabajar en la prevención de suicidios, y más yo al ser psicólogo en mi otra vida; supongo que entendéis que quiero decir con mi otra vida. Llevo cuatro años encerrado en Auschwitz, cuatro años sin ver a mi reciente mujer y digo reciente pues hacía tan sólo dos semanas que nos habíamos casado cuando me separaron de ella sin ninguna razón aparente; y aquí sigo, intentando aportar mi granito de arena para que este infierno pueda ser un poco mejor si aceptamos la palabra en su amplio significado.
Pero a lo que iba, que tiempo no me queda mucho. Recuerdo a Marcus, un alemán fornido que llevaba algo menos que yo en el campo y que no era ni sombra de lo que había sido. Había perdido toda su musculatura; se podría decir que su cuerpo, como casi el de todos, era huesos y pellejos. El litro de sopa aguada que nos daban cada día para comer y con suerte un pedazo de pan, no podía alimentarnos de ninguna forma, y de ahí que Marcus estuviera como estaba.
Recuerdo que aquel día llovía a cantaros. El barro ya de por si molesto en los días de sol hacía casi imposible mantener de pie al salir de los barracones. Aquel día, los alemanes no tenían por costumbre comportarse así, nos permitieron quedarnos en “casa” ante la imposibilidad de poder trabajar en la construcción de la carretera que por aquel entonces estábamos construyendo.
Supongo que una cosa llevó a la otra, pues cuando trabajábamos casi no teníamos ni tiempo de poder pensar en nada, simplemente en seguir trabajando sin doblar la rodilla para que al día siguiente no te cambiaran de fila y te llevaran a las cámaras de gas. Pero cuando parábamos, todos nuestros fantasmas se nos aparecían.
Como decía, supongo que aquel día allí encerrado bajo el retumbar de las planchas que hacían las veces de techo, se le aparecieron todos sus fantasmas a Marcus y por duplicado ya que se acercó hacia mí y me dijo:
-Me voy a suicidar Viktor.
-Puedo entender lo que me dices, pero sabes que no lo comparto.
-Mi vida ya no tiene ningún sentido –me dijo desesperado y casi llorando, para continuar. –Llevo varios días pensando y pensando. ¿Qué sentido tiene seguir sufriendo? ¿Qué sentido tiene levantarse cada mañana a las 5 y llegar a las 8 de la tarde trabajando para los alemanes? ¿Qué sentido tiene simular que no cojeas cuando no te sientes los pies, cuando los tienes llenos de ampollas y te rabian como si los tuviera sobre el fuego para que no te seleccionen para la fila de la izquierda? Quizás sería mejor así; acabar de una vez por todas. –y se echó a llorar.
-Sabes que era psicólogo y que intentaré convencerte de que no lo hagas –le dije mientras pensaba que quizás sí tenía razón, que quizás sí fuera mejor así, dejar de sufrir, dejar este sin vivir, la desesperación del día a día.
-Lo sé –me respondió secamente.
-Y aún y así me lo has explicado.
-Quizás todavía quede una mínima esperanza. Quiero ver si de nuevo eres capaz de darle un sentido a todo esto.
-Me lo pones difícil. En realidad no importa el hecho de no esperar ya nada más de la vida. Lo que importa realmente es que la vida espere algo de nosotros. Como tú estás esperando algo de mí. –e hice una pausa para que pudiera asimilar lo que le había dicho.
Sentía que era demasiada responsabilidad para mi, pero en su día decidí que podría con ella, pero aquí en Auschwitz todo se magnifica de una manera tan y tan grande que no había día que llorara. Debía continuar, quizás era lo que la vida esperaba de mí, que siguieran intentando ayudar a los que me rodeaban sin mirar atrás, sin buscar ninguno sentido ni meta.
Al cabo de un minuto continué hablando con Marcus:
-En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular sin buscar el sentido abstracto de la palabra existencia o vida. ¿Entiendes lo que te quiero decir? –pregunté buscando su complicidad.
-Creo que sí –dijo al cabo de unos segundos no sin tener tiempo para reflexionar.
-¿No es verdad que tienes un hijo que pudiste embarcar junto a tu mujer en el puerto de Hamburgo y que están sanos y salvos en EEUU?
-Supongo que sí, pues no he tenido noticias de ellos.
-Es normal que no hayas tenido noticias de ellos, pero eso no significa que no estén bien. Estoy convencido que es así. Eso es lo que la vida espera de ti, que te reencuentres con tu familia, que le des a tu hijo el cariño de un padre y a tu mujer el amor de un marido. Si te quitas la vida no lo podrás conseguir y lo que es peor, ellos tampoco lo podrán tener. Esa es la luz que te tiene que iluminar cada día al levantarte por muy oscuro que sea el día, por muy angustiado que estés.
Durante unos minutos nos quedamos en silencio. Pude ver como los ojos de Marcus se volvieron a encharcar y que mis palabras estaban haciendo el efecto deseado.
No creáis que yo no soportaba carga emocional en cada charla que mantenía. La soportaba y también me hacía preguntas al finalizarlas: ¿Quién era yo para entrometerme en la vida de los demás? ¿Quién era yo para dar esperanzas a los desesperados? ¿Quién era yo para asegurar que su mujer y su hijo se encontraban bien sin saberlo con certeza? ¿Y si no era así? ¿No sería peor la caída?
Pero no podía pensar en eso allí encerrado. Debía continuar.
Al cabo de esos minutos Marcus me preguntó:
-¿Y qué es lo que espera la vida de ti?


Texto inspirado en dos frases que aparecen el en libro de Viktor Frankl: “El hombre en busca del sentido” que en estos momentos estoy acabando de leer y del que haré una pequeña crónica.
Tengo que decir que el personaje de Marcus está basado en una real, pero que su nombre no es ese, aunque el de Viktor si que lo es.


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