martes, 27 de abril de 2010

El peregrino



Lo que os voy a contar hoy es una de aquellas cosas que a uno le hacen sentir, de nuevo, sensaciones muy intensamente vividas en el pasado y que, de vez en cuando, como sucedió el pasado día, te vuelven a visitar.
Está claro, que para una persona que ha hecho tres veces completo el Camino de Santiago (al que se le ha de añadir un intento frustrado en Portugal) encuentros como el que tuve son un regalo para el espíritu.

Estaba yo comiéndome un helado en una terraza charlando animadamente cuando vi llegar un hombre de baja estatura cargado con una gran mochila. El Caminante siempre está alerta ante las mochilas, ya que la visión de un peregrino nos hace evocar nuestros Caminos.
Así que presté atención y pude ver que sobre la mochila colgaba una vieira. Me fijé en los pantalones, eran buenos, de esos que en invierno te protegen del frío y que en verano te hacen el Camino mucho más agradable. Tenía la cara quemada por el sol. Demasiadas coincidencias para que no estuviera haciendo el Camino, aunque estaba lejos de cualquier ruta normal. Pero como bien sabéis, el Camino de Santiago comienza donde vosotros queráis que comience, así que todos los Caminos no llevan a Roma; si llevan a algún sitio es a Santiago.

No pude resistir la tentación de acercarme a él y preguntarle. Había alguna posibilidad de que se molestara, pero pensé que si yo hubiera tenido el calor de la gente, mi Camino Portugués no se hubiera acabado antes de tiempo.
-Perdone, ¿está haciendo el Camino? –le dije al hombre.
Me miró con una dura atenta mirada. Quizás pensó que me quería mofar de él, pero no tardó en decir:
-Santiago, Lourdes, Vaticano, Jerusalén.
Yo me quedé de piedra al oír aquellas palabras, y continuó.
-Diez años. Santiago, Lourdes, Vaticano, Jerusalén.
Casi no tenía palabras. Qué le podía decir, aunque me había acercado por algo, ¿no? Quería darle mi ánimo, mi calor, y mucho más al saber que llevaba diez años caminando. ¿Qué terrible suceso había tenido que vivir para salir en tan larga peregrinación?
Podéis pensar que no hace falta que te suceda nada para estar diez años caminando, pero os puedo decir por experiencia, que en el Camino he conocido a varios que llevaban años caminando, y ninguno de ellos lo hacía por gusto.
-Soy de Portugal. Santiago, Lourdes, Vaticano, Jerusalén –me volvió a repetir como si de sus labios no pudieran salir otras palabras.
Diez años caminando, diez años de soledad en muchos casos; un día tras otro, estoy seguro de ello, sin poder hablar con nadie, sin que nadie entienda lo que estás haciendo tienen que provocar una cierta lentitud en el habla, como le sucedía a aquel hombre.

Le conté que había estado cuatro veces en el Camino y que uno de ellos había salido del Cabo San Vicente (Portugal). Eso le animó a confiar más en mi persona. Lo ojos le comenzaron a brillar.
Se quitó la mochila y buscó entre sus ropas algunas cosas, pero no la encontró.
-Tengo miedo de la noche –me dijo-. Llevo más de catorce mil quilómetros y algunas noches han sido muy duras.
-No tienes que tener miedo aquí. Somos gente civilizada, buena gente, que respetamos a los demás –le dije para tranquilizarlo. Sus ojos continuaban brillando.
-Quiero que me escribas algo, pero no encuentro mi caneta (bolígrafo en portugués). Quiero un recuerdo de este momento.
Me quedé maravillado de lo bien que hablaba el español y por supuesto de que quisiera llevarse algo mío escrito.
-Voy a pedir un bolígrafo y un papel a la heladería –saludé a los que estaban sentados en la mesa que hacía unos minutos ocupaba y a los que no les había dicho que estaba haciendo.
Conseguí lo necesario para escribir.
-Gracias, mil gracias –me dijo, y volvió a repetir-. Santiago, Lourdes, Vaticano, Jerusalén.
Apoyé el papel en la pared y comencé a escribir con letras mayúsculas.
-Eres un hombre nervioso –me dijo el peregrino.
-Sí, lo soy.
Supongo que los diez años de Camino hacen que los sentidos se agudicen al máximo y que se puedan percibir ciertos matices que pasan desapercibidos para el resto. Dedujo que era nervioso por la forma de escribir, y no estaba bailando el baile de San Vito, os lo aseguro, fue de lo más normal.
No recuerdo exactamente lo que le puse, ya que cuando uno improvisa, pues eso, pero sí recuerdo la frase final, una frase que aplico constantemente en mi vida: “El Camino no acaba en Santiago”.

Le di el papel, lo dobló sin leerlo y lo guardó en su pequeña mochililla que llevaba ajustada a la cintura.
Me tendió la mano, se la di, pero no pude resistirme y le ofrecí un abrazo. Puso lo brazos en cruz, como si de el mismo Cristo se tratase y nos fundimos.
Ahora yo también tenía los ojos vidriosos.
-Tienes que intentar volver al Camino este año –me dijo.
-No me gustaría ir sólo –le respondí.
-Ahora estás aquí y luego en Santiago.
-Sí, y con la inmensa satisfacción del Camino realizado. Utreya –le dije para finalizar (Utreya es el saludo de los peregrinos en el Camino y el significado que tiene es ¡Ánimo! ¡Adelante!, acompañado de un Buen Camino como respuesta)
-Buen Camino –me respondió.
-Buen Camino.

domingo, 25 de abril de 2010

Un relajante día de Sant Jordi



Salimos pronto de trabajar y decidimos ir a un buffet japonés, aunque ha decir verdad, tendría que decir: japo-chino, pues lo único japonés es el sushi, o eso a mi me parece; yo lo veo todo igual que en un chino, o quizás mi cultura no da para más y no sé distinguir.
La cuestión es que está muy bueno a la par que divertido. Te sientas al lado de una cinta circular giratoria por donde pasan los platos y tú vas cogiendo lo que te da la gana. Toda una perdición.

La primera dificultad del día fue aparcar. Supongo que al ser el día de St. Jordi (patrón nacional de Cataluña), mucha gente hizo lo mismo que nosotros: aprovechar el día al máximo y para ello que mejor que comer fuera y luego dar una vuelta por la rambla para bajar lo comido (las gallinas que entran por las que salen), y poder de paso disfrutar de los libros.
Pues eso, que después de veinte minutos de hacer la estatua (quedarte quieto en un punto hasta que se mueve un coche y sin cobrar como las estatuas humanas de las ramblas), vimos como se movía uno. Nos acercamos, puse el intermitente para indicar mi clara intención de aparcar en cuanto saliera, pero otro coche hizo marcha atrás y se interpuso en mi camino. Ya teníamos el pollo liado. Abrí la ventanilla y le dije a una chica que salió del susodicho coche:
-Oye, que llevo veinte minutos esperando y vosotros acabáis de llegar.
Y mientras decía eso, el coche que iba a salir retrocedió de nuevo. Algo olía a chamusquina. Me estaba empezando a cabrear. Tenía dos posibilidades, montar un pollo o preguntarle, llevado por la lógica:
-¿Es amiga tuya? –dije señalando a la ocupante del coche que iba a salir.
-Sí –respondió la que había salido.
-Pues entonces aparca tú.
Llamadme blandengue o lo que se os ocurra, pero lo cosa fue así. Dos minutos después, justo cuando me había encendido el cigarrillo (la ley de Murphy aplicada al encendido de los cigarrillos. Un buen método para fumar menos), pudimos aparcar.



Desde doscientos metros se veía la cola en la entrada del japonés (lo dejamos así para no tener que explicar lo de antes). Eran casi las tres: mucha hambre y pocas ganas de volver a buscar aparcamiento en otro lugar, así que decidimos hacer cola.
Desde la cola se podían ver las últimas mesas de la cinta giratoria. En la última, dos chicas se estaban poniendo las botas (para que nos vamos a engañar, lo mismo que nosotros teníamos intención de hacer).
La cola iba avanzando a un ritmo lento y nos dio tiempo a pensar que aquella mesa, la de las dos chicas, era la peor mesa del restaurante. No queríamos aquella mesa; la mesa que todos estábamos mirando. Y no por vergüenza, si no por la tranquilidad que da comer sin que nadie te juzgue (lo mismo que estábamos haciendo casi todos con las dos chicas)
Una de ellas, la rubia para más señas, cogió su cuarta naranja de postre. ¿Dónde lo metería todo?
Ya nos tocaba a nosotros y empezamos a desear que la rubia se comiera una nueva naranja para así hacer un poco de tiempo y que no nos tocara su mesa (lo que son las cosas). Las posibilidades subieron cuando la rubia comenzó a engullir su quinta naranja. Pero nadie se movió. Estaba claro que nos iba a tocar aquella mesa.
Y así fue.
Comenzamos a comer, casi sin hambre, después de la larga espera y la veintena de miradas clavadas en aquello que hacíamos. Los palillos chinos (ah, ¡no!, japoneses, bueno, ¿no son lo mismo?) me temblaban ante la presión del principiante que teme que algo se le caiga encima y tener la obligación de pedir aquel spray de limpieza en seco que tanta gracia hace.
Y por no alargar; llegamos a los postres sin la presión de la cola que ya no existía, y supongo que llevado por esa tranquilidad y la imagen de la rubia, me comí cuatro naranjas.



Un pequeño paseo hasta la rambla. Estaba llenito de gente. Casi se tenía que pedir la vez para acercarse a las paradas de los libros. Calma y tranquilidad es lo que se aconseja en estos lances.
Después de no sé cuántas paradas, llegamos a la última con la sensación que no había ningún gran libro que comprar (me refiero a los nuevos que han salido para estas fechas), o quizás no existía para nuestro gusto.
Pudimos escuchar más de una vez que El hipnotizador, libro escrito con pseudónimo, estaba muy bien y que además seguía la línea de Larsson. Eso hizo crecer mi interés y desbordar mi imaginación pensando que podría ser del propio Larsson y que para ahorrarse los derechos, lo había publicado con pseudónimo. También se hablaba del premio St.Jordi de Xabier Bosch, un clásico por estas fechas.
Y fue allí en aquella última parada cuando pudimos ver a uno de los consellers de la Generalitat:
-Apúntame un día de fiesta, bueno, de visita institucional –me imaginé que le había dicho a su secretaria.
Allí estaba. Tenía buena cara. Que bien viven los políticos con cargo, me dio por pensar, y continué divagando por mi imaginación al decirme: todavía no es tarde, aunque rápidamente la idea se volatizó.
Llegó la TV3 (televisión de Cataluña) y se formó un pequeño revuelo, así que continuamos camino hacia lugares menos poblados. ¿Existía alguno en día tan señalado?

Costó encontrarlo, pero claro está, no tenía ninguna relación con los libros. Caminábamos por el barrio judío cuando a lo lejos vi un equilibrista colgado de una barra fija haciendo piruetas mortales (y tan mortales que no tenía red ni nada). “Se va a matar”, pensé. Tuvimos que acercarnos mucho para comprobar que era un mecanismo que simulaba un equilibrista. Joder (con perdón), que bien hecho que estaba. Nos quedamos un rato mirando como repetía una y otra vez las mismas piruetas, pero no nos cansábamos de mirar. Los niños pequeños, que se apilaban con sus padres y madres a lado y lado de la calle, reían a carcajada limpia. Tendrían que poner un equilibrista de estos en todas las ciudades y pueblos, pero de forma permanente. Que poco cuesta hacer sonreír a los niños.
Continuamos caminando por el barrio judío, haciendo tiempo para poder comprar los libros con un poco más de calma, hasta salir de él y dirigirnos a algunas tiendas de ropa, que el calor aprieta y se tiene que renovar el armario.
Después de cuatro tiendas, ¿vosotros encontrasteis algo? Yo no. Y es que los benditos diseñadores se empeñan en hacer las XXL como si de una L se tratara. De nuevo cabreado, y más cuando vas a ver las tallas grandes y ves que toda la ropa es para viejos (con perdón para los jóvenes de espíritu).
Otro día sería.



Eran casi las ocho cuando nos acercamos a una de nuestras librerías preferidas. Y visto que no había nada nuevo que comprar, decidimos comprar algo no tan nuevo.
Ácido sulfúrico, de Amèlie Nothomb, Fin de David Monteagudo; El chico que amaba a Anna Franck de Ellen Feldman y el comentado El hipnotista fueron nuestras elecciones. Creo que una mezcla bastante peculiar y de la que os tendré informado.
Lo mejor llegó a la hora de pagar. Nos acercamos a una de las cajas centrales tantas veces habíamos pagado.
-Hoy no se puede pagar aquí –nos dijo una de las dependientas, que por cierto, no habíamos visto nunca-. Tendréis que ir a la que está allí a la izquierda – y señaló un gran tumulto de gente delante haciendo cola delante de una garita.
La cola no estaba muy bien formada. Pedimos el turno, un poco al azar, ya que nadie sabía con toda seguridad, quién tenía delante o detrás. No conté las personas que habían, pero podrían superar la veintena. Desde allí pude ver como algunos privilegiados eran atendidos desde otras cajas y eso me hizo cabrear de nuevo: me parecía injusto, sobre todo cuando veía a mi novia sacar humo por la nariz como la vaca lechera de los quesitos.
Calma, le dije diciéndomelo también a mi. Vaya día.
Para pasar el tiempo lo mejor posible, me puse a hablar con los que tenía a mi alrededor (ya os he comentado que la cola era caótica, parecía más bien una espiral) . Los libros que habían escogido eran de lo más normal, excepto el de un hombre con barba blanca que me dejó leer la contraportada del suyo.
-Nunca te puedes fiar de estos hindús –me decía mientras yo seguía leyendo.
-Si no me gusta lo vendré a devolver –continuó diciendo ya que yo no respondía inmerso en la lectura de la sinopsis. Pero paré de golpe sin acabarla.
¿Un libro se puede devolver? Primera noticia. Si es así, otra señal de que vamos muy mal y que la crisis se ha instalado en nuestra sociedad para largo.
Vaya chollo, pensé.
-Oye, que dejo éste y me llevo aquél que éste no me ha gustado y si aquel no me gusta, no te preocupes que te lo traeré para cambiarlo por aquel otro de más allá –y creo que no se atrevería a decir-. Hasta que me acabe los libros de la tienda tan sólo pagando el primero.
Mejor que en un biblioteca. Creo que todas tendrían que cerrar.
Pero, ¿dónde estaría el negocio para las librerías? ¿Y luego se quejan? Pan para hoy y hambre para mañana si eso es así.
-No tiene mala pinta –le dije al hombre de la barba blanca.
Que le iba a decir, que parecía un rollo de tres pares de narices y que mejor lo cambiara ahora por aquél otro y que se leyera la sinopsis y que si no le convencía que lo volviera a cambiar. Cómo le podía amargar el día al hombre de la barba blanca con una crítica al libro que estaba comprando, aunque bien pensado, lo podía cambiar, y mejor pensado aún, con el día que llevamos, uno más cabreado…pero no somos tan malos.
La cobradora seguía sola, cobrando y envolviendo los libros, así que la cola fue creciendo. El calor era insoportable. Me quería quitar la camiseta y todo y quedarme con las gafas puestas por aquello de ver quién te toca, en caso de que pasara.
Se acercó otro dependiente y le preguntó a la cobradora:
-¿Quieres que alguien te ayude?
-No –dijo la tía-. No, no hace falta.
¡¿Cómo que no hacía falta?!, pensamos todos al unísono. Un tímido rumor se fue instalando en la cola y algunos incluso llegaron a decir en voz alta:
-Será que sí.
U otros:
-Di que sí.
Y los más atrevidos:
-Ya te ayudo yo.
Yo no dije nada. Lo prometo.
Pero el homo sapiens se diferencia del mono por su inteligencia y por la utilización de la lógica en caso extremos (en los demás casos, a veces, cuesta un poco).
Sin decirnos nada, todos y cada uno de los de la cola, fueron pidiendo que no les envolvieran los libros. Y justo en ese momento, entró en la garita de cobramiento un hombre bien vestido (con corbata y todo) para ayudarla. La imagen era cómica: el tipo con los brazos cruzados y la cobradora pidiendo, casi con desespero, que si queríamos los libros envueltos en un bonito papel.
Ya no hubo marcha atrás. Todos estábamos muy cansados.
¿No podrían tener una previsión y comprar unas bolsitas de papel de esas de cierre rápido para empaquetar los libros? -dijo mi novia-. Quedan la mar de bien y hacen su servicio.
Pero no, no se aprende de los errores. ¡Ay! los monos como se den cuenta…se levantarán en armas para controlar el mundo.

-Han puesto el aire acondicionado –dije al salir de la librería envuelto en sudor y casi deshidratado. La lluvia intermitente que nos acompañó durante toda la tarde, y que no he mencionado en ningún momento, parecía olvidada. El continuo abrir y cerrar del paraguas parecía olvidado. ¿Cuánto tiempo habíamos pasado en la librería?

En definitiva, un St. Jordi de la más relajante.

viernes, 23 de abril de 2010

Contigo



Como muchos sabéis, hoy es el Día Mundial del libro (y también de los derechos de autor). Lo que no sé si sabéis es que en Cataluña existe la tradición de regalar rosas y libros en este día (donde se celebra el patrón de Cataluña: St.Jordi, el que mató al dragón y salvó a la princesa). Pues, eso, que me han regalado más de un libro, he regalado una rosa (azul en mi caso) y también he recibido un poema de Luís Cernuda para calentar la celebración. Me ha gustado tanto que os lo cuelgo en el blog para que lo podáis disfrutar y a modo de homenaje a tan señalado día para los escritores.

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?




PD: El día ha sido largo e intenso. He vivido alguna anecdotilla que otra que espero explicaros en los próximos días.

lunes, 12 de abril de 2010

Mucho Kraken y pocas nueces (Furia de Titanes)



La Asociación de Kraken Unidos (A.K.U.) han formalizado una queja formal al director (Louis Leterrier ) y guionistas (Lawrence Kasdan & Travis Beacham ) de Furia de Titanes por el poco protagonismo que tienen en la película.
Desee casi el inicio de la película van anunciando su presencia, sus poderes destructivos, el fin de Argos (que se asimilaría con el fin del mundo) y luego sale cinco o seis segundos en pantalla.
El Kraken, supuesto protagonista, fue entrevistado después del rodaje, actuando también como portavoz de la A.K.U, manifestando que: “Mucho Kraken y pocas nueces. No sé si dedicarme al parchís profesional o ha producir falsas películas en 3D”.
Esa es otra. Me pasé la película quitándome y poniéndome las gafitas (caiga quién caiga) para ver si notaba alguna diferencia. Resultado: nada de nada. Al salir del cine, pensamos que podía ser culpa del propio cine, que la pantalla no estaba preparada o que las gafas eran del montón de las paradas, pero mira por donde, por la mañana un crítico de cine comentó que la película estaba grabada en un falso 3D. Total, que te gastas 3€ más para nada. No es que sea fan de las películas en 3D, pero me hacía gracia ver alguna para comprobar si realmente se vivía de otra forma. Todavía no os puedo dar mi veredicto (¿tendré que ver Avatar de nuevo en 3D?).

Sobre el argumento: pues claro, viniendo de donde venía la película, pues muy cogido por los hilos. Al grano y sin explicaciones concisas que ayuden al espectador a introducirse en el rico mundo de la mitología griega.

Mejor no hablar del semidios que se cree el más fuerte del mundo y si no es por la tropa que se sacrifica por él, no hubiera llegada ni al tranco de la puerta del palacio al iniciar la superaventura.

Y del padre, Zeus, que decir, un follarín rematado que se cree que puede ir poseyendo a las mujeres que le venga en gana: derecho de pernada, y encima sin ser él realmente.

¿Y Pegaso no era blanco? (lo he buscado en el wikipedia y todo).

La vestimenta: ridícula, sobre todo la de los dioses y las diosas, y nunca mejor dicho.

El sonido: no causaba ningún impacto (podrían contratar al del Señor de los Anillos; sí, la película ganaría bastante, pero no sé si llegaría al aprobado).

Por destacar algo, los personajes con ojos azules (no sé realmente como se llaman, pero parecían unos tuareg de la época) y las brujas que va a consultar, que tiene reminiscencias con el Laberinto del Fauno.

La película genera un falso entretenimiento, un entretenimiento raro, como el de tener palomitas congeladas un domingo por la tarde y ponerlas en un bocadillo de choped.

Para finalizar: anunciar la segunda parte de la película que tendrá por título: La Furia de Apolo, donde es susodicho tendrá algunos minutos más de cuota de pantalla.

domingo, 4 de abril de 2010

Diario de Golondrina, Amélie Nothomb



Creo que un libro de 112 páginas no necesita una gran reseña y más si el libro en cuestión es entretenido y llega a hacer pensar en cierta manera.
Así que hoy empiezo con la sinopsis del libro donde podréis haceros una idea de lo que podéis encontrar, nada que no esperéis de la factoría Nothomb (dichosa ella)

Primero fue la pérdida de un gran amor. Después la anestesia, el bloqueo de las emociones para evitar el dolor. Y más tarde, el descubrimiento de que ya no había vuelta atrás: con el suicidio de los sentimientos, la muerte de los sentidos era total. Así empieza este libro intimista y descarnado en el que un hombre de identidad cambiante (antes se llama a sí mismo Urbano, después se vuelve Inocencio) descubre que la única manera de recuperar el placer es con experiencias radicalmente nuevas. El primer umbral hacia la recuperación del deseo será la música de Radiohead. El segundo, el asesinato. Contratado como asesino a sueldo, la vida vuelve a tener sentido. Nuestro héroe mata por encargo, y cada bala trae consigo un goce que Urbano consuma en su cama después de los asesinatos. Y cuando las víctimas que le son asignadas no son suficientes para calmar su ansia, la satisface en las calles, matando desconocidos elegidos al azar. Hasta que un día se enamora de la hija de un ministro... después de haberla liquidado, y transgrede el único tabú de los asesinos a sueldo: cruza las fronteras de la intimidad, con la lectura del diario de la muerta.

La pluma de Amélie Nothomb se encarna en una voz masculina, en un Yo frío y distante, no exento de ironía, que nos reta a desvelar el secreto que esconden las páginas del diario del asesino.




Os dejo también unos extractos del libro que me apunté mientras lo leía:

“Nada resulta tan limpio como matar. Es una sensación que no se parece a ninguna otra. Uno se estremece de placer hasta zonas que resultan difíciles de ubicar. Un exotismo así resulta liberador.
No hay ejercicio más radical que la voluntad de poderío. Sobre un ser del que nada sabemos, ejercemos el más absoluto de los poderes. Y cual tirano que se precie, uno no siente ni atisbo de culpabilidad.
Un exquisito miedo acompaña a este acto. Actúa como catalizador del placer.”

“Ninguna flor florece antes que la peonía. Comparada con ella, las demás flores parecen refunfuñar entre dientes […] Se escucha menos la música con los ojos cerrados. Los ojos son la nariz de las orejas. […] sobre todo me habría gustado saber por qué una chica escribía semejantes cosas.”

Y para finalizar, un enlace para que os podáis descargar el primer capítulo que es muy sensitivo y con una carga emocional brutal: Aquí