sábado, 26 de junio de 2010

El beso de la sirena



Hace más o menos un mes pude leer la crítica que mi compañera blogera Carmina hacía en su blog sobre “El beso de la sirena” y me animó a leerlo. Ya conocía la existencia del libro, pero tenía cierto recelo hacía su lectura, pues pensé que el tema no me iba a atraer lo suficiente. Pero es que Andrea Camilleri lo cuenta todo de una forma tan especial que da lo mismo que sea una receta de cocina que una fábula, como es el caso.

El escritor de 85 años sigue en plena forma y algunas veces se permite la licencia de dejar de lado a su comisario Montalbano para regalarnos otra serie de historias cargadas, igualmente, de su extraordinario humor. No es humor de carcajada; es un humor sutil, lento, que va llegando, que se va cociendo, en la mayoría de los casos; en otros, es una pequeña bomba cargada de malicia.

La gran sinceridad del escritor al presentarnos a cada uno de los personajes de sus historias hace que nos familiarizarnos al poco de estar con ellos y echarlos en falta en el momento de su muerte o de la finalización de la novela, y que nos introduzcamos por completo en la obra. En El beso de la sirena lo consigue desde la primera página donde nos va presentando Gnazio el que será el protagonista de la historia.

Paseando por Milán hace algo más de dos semanas, pude comprobar lo querido que es el autor en Italia y la gran cantidad de novelas que aún no han llegado a España. Estoy convencido que está aprovechando cada minuto que le queda de vida para dejar un legado lo más amplio posible. También estoy convencido que escribir es su mejor medicina para sentirse joven, como lo demuestran sus novelas.

Para los curiosos os dejo un enlace para poder disfrutar de las primeras páginas del libro: Aquí las podéis leer

También os dejo un enlace a la crítica que hizo Carmina en su blog y que os puede resultar mucho más enriquecedora: de tinta en vena: El beso de la sirena

Sinopsi

Érase una vez, en una tierra junto al mar, una bellísima mujer llamada Maruzza Musumeci. Se decían muchas cosas de Maruzza, rumores a voces que quizás explicasen por qué a pesar de su belleza no había encontrado aún con quién casarse. Maruzza hablaba en griego con su abuela; no era una muchacha como las demás; parecía el personaje de una fábula; transmitía con sus ojos y su voz la perturbadora sabiduría que traen y llevan los siglos. Maruzza era una sirena.
Pero la historia comienza en realidad con Gnazio, que emigró a América y volvió a Vigàta tras veinticinco años de ausencia. En Nueva York trabajó como jardinero y, tras una caída desgraciada, decidió regresar a su Sicilia natal y comprar un trozo de tierra con un olivo milenario del que se había enamorado. Sólo le faltaba una mujer. Maruzza y Gnazio, la tierra y el mar, no vivieron una historia de amor imposible... como tantas otras. Primero fue la boda, después la familia y, año tras año, el milagro de conjurar lo que parecía contrario, para tantos irreconciliable.

viernes, 18 de junio de 2010

Adiós José Saramago



Iba conduciendo cuando he escuchado en la radio que José Saramago nos había dejado a los 87 años de edad. Me he entristecido mucho y no porque fuera uno de mis escritores de referencia, pero quizás la charla que he mantenido minutos antes con un compañero de trabajo me ha influenciado sobremanera.

-Quizás sea el último año que nos veamos por aquí –me ha dicho.
-No diga eso –le he contestado.
-Porqué no. Cada año que pasa es uno menos. Tengo 87 años ya y no sé cuántos me quedan con esta vitalidad.
-Seguro que muchos.
-Ya te digo que quizás me tendréis que venir a visitar al asilo y os tendré que saludar desde la silla de ruedas.
-No diga eso –no sabía que otra cosa responderle.
El corazón se me encogía al escucharlo, igual que cuando las ondas me han traído la luctuosa noticia.
Llevó más de doce años con su compañía y lo he visto siempre con una vitalidad y una fuerza inmejorable para su edad. Es todo un ejemplo para mí y para muchos, sobre todo los más jóvenes.
Sí, soy consciente que la edad aprieta y que el más realista es él, pero me niego a aceptarlo así, sin más, al comprobar como nos saluda cada mañana al entrar al trabajo.

Desde aquí mi homenaje a ese pequeño gran hombre que nos acompaña día a día y como no, mi homenaje al autor del Ensayo de la ceguera, uno de sus mejores libros y que aprovecho para recomendar.

Saramago siempre vivirá entre nosotros. Sus libros son su testimonio.

miércoles, 16 de junio de 2010

Relatos suizos: Gruyère



Del 8 al 13 de junio estuve de maniobras en Suiza e Italia y aproveché los pocos momentos que tuve para relatar algunas de las vivencias acaecidas en el viaje.
La realidad se mezcla con la ficción. Será el lector el que tendrá que ver donde está el límite, aunque os tengo que decir que ahí mucha más realidad que ficción.
Espero que os gusten y que motiven de alguna manera un futuro viaje por aquellas bonitas tierras (hablo de Suiza; quiero que quede claro).



Llevaba toda la noche viajando. No había pegado ojo en todo el trayecto y es que, como muchos, no soy amigo de los asientos de autocar. Eso sí, el cojín que previsoramente coloqué bajo mi cabeza ayudó, y mucho, a que mis cervicales no sufrieran el paso de los kilómetros.

El sol comenzaba a mostrarse tímidamente. Mis ojos deseaban cerrarse; era incapaz de hacerlo; me negué a que así fuera al entrever a lo lejos la silueta casi fantasmal de una cadena de montañas aún nevadas.
Calculé que deberían tener no menos de dos mil quinientos metros; más tarde confirmé en un bonito plafón informativo que, muy inteligentemente y estratégicamente los suizos habían colocado para los turistas, que mis cálculos no iban errados.

Las brumas jugaron con mis ojos al esconderme la bella imagen del lago de Gruyère. Poco a poco, y mientras perdíamos la altura ganada desde que cruzamos la frontera surcando suaves curvas, la luz iba robando terreno a los sombras. La nieve brillaba bajo el reflejo de los rayos lo que me hizo pensar que a tan bucólica imagen le quedaban pocos días de vida y que se convertiría en una nueva estampa: la del agua cayendo por largas cascadas con su dulce resonar alimentando los márgenes del lago.

Vislumbré el tejado de una casa entre la bruma que comenzó a caer tragada por la fuerza del agua que actuaba como un gran imán. Me imaginé mil y una historias; era un paisaje motivador, ensalzador de escritura. Y yo estaba allí y casi no recordaba el largo viaje ni el no haber dormido ni un minuto; el sacrificio había valido la pena.

Algunas barcas comenzaron a surcar las aguas y quise por un momento estar sobre una de ellas, ser suizo y al levantarme cada mañana poder tener aquella postal viva como si de un cuadro se tratara. Seguro que existen miles de lugares así, pero no estoy seguro que tengan aquella paz a tan pocos pasos de la civilización.
Y pensé en ella, la verdad es que no había dejado nunca de hacerlo, pero su calor se hizo más patente frente a la orilla de aquel lago, rodeado de altas montañas bajo la influencia de aquel sol.
También se hizo más patente mi gusto por la montaña; para que nos vamos a engañar, me gusta mucho más la montaña que el mar. Supongo que el nacer al lado de la salada agua influirá negativamente.

A lo lejos el pueblo de Gruyère con su majestuoso castillo en cuya puerta, y a la sombra, apoyaba mi maltrecha espalda mientras escribía estas líneas. Y a su falda una de las fábricas productoras de queso más famosa del mundo: La Maison de Gruyère.
-¿Te gusta el queso de Gruyère? –me preguntaron.
No sabía muy bien que responder ya que mis papilas gustativas se contrajeron. Quise entender que no, pero haría el esfuerzo ya que estaba seguro que aquel queso tenía que saberte diferente según donde lo degustaras.



Entré en la fábrica y la conocí.
Se presentó ella de forma sorprendente y graciosa:
-Mi nombre es Cereza y soy la reina de esta región.

Al salir de la fábrica nos obsequiaron con tres trozos de Gruyère: uno de seis meses de maduración; otro de ocho meses y un tercero de diez meses todos ellos con sus setenta y cinco aromas incorporados en la leche de las vacas suizas.
El primero me encantó y no eché de menos el comerlo con un trozo de mi preciado pan; el segundo me sorprendió e imaginé que un buen vaso de vino negro sería su mejor acompañamiento y el tercero me cautivó, sin más. Creo que hubiera necesitado una nueva degustación para poder decidirme por uno o por otro, aunque si tuviera que tomar una decisión rápida me compraría el primero de ellos.



Después de llenarme la tripa con queso subimos al pueblo. Pequeño, agradable, familiar, acogedor, medieval. Fui recibido por el repicar de unas melódicas campanas. Eso hizo que alzara mi vista para contemplar la grandiosa cúpula central, curiosamente en forma de campana. No recordaba haber visto ninguna igual. Miré el reloj y me prometí que a las doce en punto pararía para poder disfrutarlas de nuevo.

Una pequeña calle central me llevaría hasta el castillo pero antes encontré al Señor de la Piedras. Casi medía dos metros, espigado, con el pelo largo y enmarañado, con nariz aguileña y cara de pocos amigos. En unos segundos se vio rodeado por más de cien personas. Tiró el mallo al suelo, miró la hora y se alejó con paso lento pero firme mientras se encendía un cigarrillo.
Casi nadie se dio cuenta del hecho o nadie le quiso dar importancia. Yo sí. Pude comprobar que con muy poco se podía perturbar la tranquilidad de una persona. Todos continuaron mirando los motivos florales y las distintas gárgolas que adornaban la calle a la que aún le quedaban algunas piedras que poner a golpe de mallo. Y es que el interés de la gente se centraba en fotografiarse al lado de un Alien de bronce. ¿Qué hacía allí? Además había un pequeño museo ubicado en el restaurado Chateau de St.Germain y dedicado a él y la figura de su creador. Un puntazo con se suele decir.
Y por si no fuera suficiente, a pocos metros, un bar decorado a base de espinas dorsales del bicho, caras, ojos del mismo,…, la bomba igual que los precios; cuatro euros por una cola; se tiene que pagar por el decorado y al escultor.
Nadie me supo decir que pintaba allí todo eso. Quizás si le hubiera preguntado al Señor de las Piedras sabría la respuesta, pero no quise agobiarlo con mis pesadas preguntas y menos viendo como disfrutaba de cada calada.



Al castillo no pude entrar por falta de tiempo pero la gente salía con buena cara de la visita. La que si hice fue un pequeño, pero bellísimo, camino de ronda. Desde él se podían contemplar las montañas que rodeaban a la población y en particular dos.
Me quedé fijamente mirándolas. Eran el Pedraforca suizo vestido con el verdor de sus pastos centrales que simbolizaban la pedrera por donde se desciende y cubierto a lado y lado por miles de árboles. Y en su loma una casa aislada de todo contacto humano e incluso alienígena. Estoy convencido que si Stephen King conociera la ubicación de aquella casa la alquilaría para escribir una de sus novelas.

Tocaba irse para visitar la fábrica de chocolate Cailler-Nestle en Broc, a tan sólo cuatro kilómetros de Gruyère.
Me prometí volver algún día junto a ella y volver a conversar con Cereza, la vaca parlante.
Justo en ese momento el mundo se paró bajo el repicar de las doce.

martes, 8 de junio de 2010

Filthy Sally


Hace ya unos meses escribí un relato inspirado en una canción de la cantante Filthy Sally (Aquí lo podéis leer).

En ese momento ya estaba metida en los estudios de grabación mimando su nuevo disco: New Wave, cuya portada podeís ver en el encabezado de esta crónica.
El disco ya está y tengo que deciros que suena muy bien (otro día, con más calma, le dedicaré un post mucho más extenso -espero que me perdone).

La única intención que tenía hoy era dar a conocer su sitio en Facebook (que también estará permanentemente en la columna de la derecha de este blog), y desde donde podéis estar al día de sus novedades, conciertos, entrevistas,..., recordar su myspace, donde podréis encontrar tres temas nuevos incluidos en el disco y sobre todo animaros a escucharla.

Enlaces para conocer a Filthy Sally:
Desde myspace: Aquí
Desde facebook: Aquí

PD: El disco saldrá a la venta a un precio de 10 €. (más gastos de envio si fuera necesario) Podéis hacer vuestra reserva en este mismo blog (yo ya me podré en contacto con ella), o enviando un correo electrónico a filth.sally@gmail.com

PD2: Si no os contesto en los próximos días es que estoy de maniobras por Suiza.