miércoles, 5 de enero de 2011

Habitación 114



No llegamos excesivamente tarde al hotel, pero fuimos los últimos en hacerlo y ya se sabe que en algunos dan las habitaciones por orden de llegada y nos tocó la que nos tocó.
-Buenas tardes señores –dijo Ramón el recepcionista.
-Buenas tardes –contestamos.
-Les estábamos esperando –y sin mediar palabra alguna más cogió una llave de esas electrónicas, la metió en la maquinita, tecleó 114 y le dio al return.
-Su habitación será la 114, pero mañana si hubiera alguna salida intentaríamos cambiársela.
Mala cosa pensamos. Nos dan una habitación en un hotel de tres estrellas y nos brindan la oportunidad de cambiarla. ¿Tan mala sería?
Ilusionados como estábamos por nuestra llegada a Menorca y yo todavía recuperándome de la emoción del viaje en avión, no es de las cosas que más me divierten, no le quisimos dar demasiada importancia al hecho, aunque como digo, una pequeña nube de duda pasó rápidamente por nuestras mentes llevada por el viento. Lo mejor sería verla y después opinar. No podía ser tan mala.
-Que tengan una feliz estancia y que pasen una buena noche –se despidió el simpático Ramón con una sonrisa.
-Muchas gracias.
Cargamos las maletas y con paso alegre nos dirigimos a la habitación 114.

Nuestra alegría duró poco. Nada más abrir la puerta pudimos comprobar que nos habían puesto en un cuartucho de pensión barata. Entre penumbras pudimos ver el mueble del televisor era de los de la señorita Pepis. Estaba súper ajustado a la cama de matrimonio, casi no había sitio por donde pasar. Palpé las paredes en busca de un interruptor y no encontré ninguno. Tuve que entrar y intuitivamente pasar por el pequeño estrecho entre mueble y cama. En el intento poco faltó para tirar al suelo el mueble y el moderno televisor; sería en tiempos del Nodo. Seguro que era en blanco y negro pensé mientras me recuperaba del pequeño incidente.

Encendí la luz del lado de mi cama e iluminaba tanto que casi tuve que ponerme las gafas de sol de lo que molestaba. Buscamos otra luz y no encontramos ninguna en la reducida estancia.
Abrimos las cortinas para ver las vistas que nos ofrecía la habitación. ¿Por qué lo hicimos? Comprobamos desolados que la ventana daba al parking de la entrada del hotel y que si queríamos dormir con ella entornada corríamos el riesgo de que se colaran en la habitación sin muchos problemas. Además, la sensación de ser observado era brutal y no eran imaginaciones nuestras, pues al minuto de tener la ventana semiabierta teníamos a un fisgón al que tal sólo le faltaba una silla para no cansarse. Pasamos de decirle nada y decidimos cerrarla lo que hizo augmentar la sensación de claustrofobia.

Fui al baño, que todavía no lo habíamos visto, para remojarme un poco la cara y me encontré un manojo de pelos. Pensé que quizás se me habían caído a mí sin darme cuenta, pero un mejor estudio ocular me hizo ver que no eran míos.
No aguanté más. Salí de la habitación y bajé a recepción:
-Buenas noches –dijo el diligente Ramón.
-Buenas noches –le contesté cabreado, pero con educación, y continué- Queremos cambiar de habitación en cuanto sea posible, por favor.
-De acuerdo. Lo apuntaré para que lo vea mi compañero del turno de mañana y si no fuera así, usted se lo recuerda. Que tenga buena noche.
-Se intentará.

Al llegar a la habitación una bocanada de aire caliente me sofocó tanto que tuvimos que abrir la fantástica ventana.
-¿No funciona el aire acondicionado? –le pregunté a mi pareja.
-No, y mira allí arriba –señalándome con el dedo unas viejas aspas que seguro habían salido de los molinos del Quijote o de Memorias de África. –Tampoco funcionan.
-Creo que mejor será no sea que se desprendan y nos corte el cuello.

No tumbamos en la cama para intentar relajarnos un poco. Estábamos de vacaciones y no era el momento de agobiarse.
Al cabo de unos minutos, la falta de intimidad y el sofoco fue cargando los polos de la intranquilidad. Tampoco ayudaron las almohadas que parecían pasta de hojaldre, ni el hecho que las sabanas se comenzaban a pegar a nuestros cuerpos, ni que el televisor tan sólo tenía sintonizada la 1, pero tengo que decir que era en color, sí, pero de los televisores de naranjito del mundial de España del 82.
No es de extrañar que a las dos de la mañana tuviéramos que salir de la habitación e ir a la entrada del hotel para coger un poco de aire fresco y sensorial.

Quizás penséis que estoy exagerando. Tan sólo os quiero decir que espero que no os encontréis en una situación similar, que no os den una maldita habitación 114 que nos estaba jodiendo la primera noche de vacaciones.

Nos levantamos por la mañana sin haber pegado ojo y nos dirigimos a recepción donde ya tenían disponible una nueva habitación. Esta sí, y en palabras del nuevo recepcionista: “es una habitación”.

Estoy convencido que la habitación 114 es como un mito en el hotel, como una especie de juego macabro donde sacarse unas risas fáciles a costa del cliente.
-No te atreverás a darles la 114 –me imagino que le dice un recepcionista a otro.
-Pues sí, y que te apuesta a que piden el cambio a la mañana siguiente.
-¡Jajajajaja! –ríen los dos.

La nueva habitación no tenía nada que ver con la 114 ni con ninguna en la que hubiera estado hasta el momento. La habitación Jardín 12 era todo un lujo, creo que demasiado para lo que habíamos pagado. Supongo que el bueno de Ramón no quiso compensar por la noche que nos había hecho pasar.

Ya por la noche y mientras tomábamos una infusión, se produjo el acostumbrado cambio de recepcionista:
-El hotel está completo –le dijo Ramón al nuevo.- Aunque verás que te queda libre la 114, no le hagas caso, está ocupada. No sé que le pasa últimamente al ordenador que no nos la deja marcar. Siempre sale como si estuviera libre.
-Es que tiene mal fario la condenada –le contestó el recepcionista de noche.
Al sentir que la 114 estaba ocupada me quise poner de pie, salir corriendo y mirar por la ventana que antes había sido la nuestra y ver lo que le sucedía al nuevo inquilino convirtiéndome así en el nuevo fisgón.
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