sábado, 12 de marzo de 2011

Una vida dedicada a los demás


Laurentino Fernández dejó su nombre y cogió el camino más difícil: dedicar su vida a los demás. A partir de aquel momento se llamó Hermano Guillermo.
Hoy cumple 90 años y este es mi humilde homenaje a ese pequeño gran hombre que sigue dejando huella allí por donde pasa y que espero lo siga haciendo por muchos años.

Ya son más de trece años los que llevamos compartiendo los sinsabores de la educación, y aún siendo un maestro de otra época, tiene las ideas muy claras sobre el rumbo que está tomando la educación hoy en día. Y eso que ya, para su desgracia y su queja constante, no da clases. Pero eso no es un obstáculo para tener los ojos bien abiertos, como siempre los tiene él, y aportar su granito de arena diario.
Da gusto encontrarse con él y charlar sobre cualquier tema; siempre tiene una respuesta, una reflexión, o una pregunta, hombre inquieto como es. Lo peor de todo es que te puede dejar tocado durante todo el día dándole vueltas a las cosas. Tengo que decir, que al él también le sucede lo mismo, y no por la edad, si no porque siempre ha sido una persona muy reflexiva.

Una de las cosas que más marcadas me han quedado es su dedicación hacía sus alumnos. Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, como después de comer ni tan sólo descansaba para meterse en el aula y llenar la pizarra con su letra redondilla. Me lo imagino diciéndome: “los alumnos tienen que poder seguir con facilidad la clase, y una buena letra en la pizarra es una primera piedra”.
Tanto impacto me causó que pocos años después le pedí que me copiara el discurso de padrino de boda que debía hacer en un pergamino, con su letra, con la redondilla y como no, a pluma. El Hermano Guillermo es tan perfeccionista que lo repitió tres veces. Me enseñó las tres y os puedo asegurar que no noté la diferencia. Estaba perfecto, como salido de otro tiempo; perfecto para ocupar una de las paredes de un museo. “Mira, aquí se puede ver un poco de tinta”, me podría haber dicho. Bendita vista tenía con más de ochenta años, pensaría yo.

Hace tan sólo unos días me explicaba con emoción como había hecho una substitución en 2n de ESO.
-Se han portado muy bien. A veces me quedo sorprendido con esta juventud.
-Será porqué lo respetan –le dije yo.
-A mí, a un pobre viejo. ¡No! Estás muy equivocado. A mí ya nadie me tiene en cuenta.
-No diga eso Hermano. Sabe que no es verdad.
-Si fuera por mí, estaría dando alguna clase.
-Lo sé Hermano, lo sé.
Y es que el Hermano Guillermo es un enamorado de la educación y de ahí su vocación tan profundad.
Dijo Descartes: “Cambio todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”. Y yo digo: “Vale más una vocación como la del Hermano Guillermo que algunos cientos de asalariados de la educación”. Sí, y lo he dicho en bastantes ocasiones, no es fácil entrar en una clase y enfrentarse a los adolescentes de hoy en día, incluso a los peques de hoy. Hacen falta muchas personas con vocación educativa. Cada vez cuesta más llenar el vació que deja un hombre como el Hermano Guillermo al no entrar en las aulas.
Por suerte para todos, el Hermano Guillermo no se rinde, ni cumpliendo 90 años, y sigue en la brecha con su grupo escolar musical “Son de Farners” que tanto bien les hace, o parando a más de un adolescente para preocuparse por él y no quedarse anclado en el tiempo. No creo que haya nadie en el centro que no lo tenga en alta estima.

Tuve la suerte de poder compartir con él uno de esos cursillos de fin de semana que a nadie le gusta hacer en un aislado paraje. Una de las tardes salimos a pasear, campo había para hacerlo. A paso lento nos fuimos alejando de la casa que nos acogía. Fue entonces, bajo mi insistencia, que me comenzó a relatar algunas de sus vivencias de infancia, adolescencia y juventud. Tan a gusto estábamos hablando, que al darnos cuenta, la noche calló sobre nosotros. Pero no nos importó. “Nadie nos echará de menos, como mínimo a mi”, seguro que me dijo, y nos reiríamos los dos. Aquella tarde el Hermano Guillermo me causó tal impresión que nunca más lo pude ver con otros ojos que no fueran con los del respeto, el cariño fraterno, la admiración, la sabiduría, el coraje, el valor. Ese día fue el primero que pensé que quizás, algún día, yo, podría escribir sus memorias. Un hombre así merece que se escriban sus memorias en vida.
Algunas veces se lo he insinuado medio en broma, medio en serio. Él siempre se lo coge como una broma. Su humildad se lo hace pensar. No se considera una persona importante, pero para todos nosotros lo es.

No quisiera olvidarme de su faceta humanitaria y de su gran amor por África. Allí ha ido en repetidas ocasiones y no se le han caído los anillos para a la hora de levantar un colegio, o la hora de pintarlo, o al abrir un pozo de agua potable, para dar clases, o para todo lo que hiciera falta hacer. Para, en definitiva, ayudar a los más necesitados y incidir en su desarrollo, en que sean autosuficiente y no depender del primer mundo.
En su último viaje al Togo la malaria le atacó, tenía más de ochenta años, y de lo que más se quejó es que al año siguiente no lo dejaran ir de nuevo a realizar algún proyecto con la ONGD Proide. Desde entonces no ha vuelto más, y no porqué el no quisiera volver, que se muere de ganas, si no por prescripción médica. Para que lo vamos a negar a estas alturas, por muy bien que esté y se encuentre, el Hermano Guillermo ya tiene una edad, y los médicos de hoy en día se cuidan muy mucho en salud, nunca mejor dicho. Si fuera por él, como ya he dicho, estaría allí, pues allí se siente mucho más útil. Quizás tenga razón, pero me gustaría recordar unas palabras del ahora director del centro cuando yo llegué de Guatemala después de realizar un proyecto con la misma ONGD. Tenía los ojos iluminados de esperanza por la alegría que había generado entre aquellas gentes. Sentía que allí podía hacer algo muy grande y que su repercusión en el pueblo sería mayúscula. El primer día que pisé el colegio le dije al director: “me hubiera quedado de buena gana. Allí falta gente”. O lo que él me respondió: “Aquí también hace falta mucha gente como tú. Aquí también tienes mucho trabajo por hacer”. En un primer momento no me lo acabé de creer. No se podía comparar una cosa con la otra, pero con el paso de los días entendí que tenía toda la razón del mundo.
Hermano, todavía le queda mucho trabajo por hacer en el centro, y siento decirle, que su luz nos ilumina todas las mañanas al entrar a él. Póngase algo de abrigo que el frío arrecia de buena mañana no se nos vaya a constipar, aunque él siempre alega que a los de León le cuesta mucho constiparse.


Por muchos años Hermano Guillermo.



Puente de Hospital de Órbigo, sitio de paso del Camino de Santiago y población muy cercana a la que vio nacer al Hermano Guillermo


Villar de Nistoso donde hace 90 años nació el Hermano Guillermo

Iglesia de Villar de Nistoso
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