lunes, 29 de agosto de 2011

De vuelta

Punta de Sao Lorenzo
Nordeste de la Isla de Madeira

Ya hace unos días que volvimos de la isla de Madeira con las pilas bien cargadas, aunque quizás hubiéramos necesitado unos días más, y es que dicen que a lo bueno uno se acostumbra rápido. Y que razón tienen.

He querido ir cogiendo el ritmo poco a poco para no perder todo lo bueno que tienen las vacaciones, y no lo acabo de llevar mal del todo, aunque el inicio fue durillo, pues fue aterrizar, con casi dos horas de retraso, y liarse la cosa de mala manera.
Después de varias conexiones para llegar a la estación de trenes, en autobús, ya que el tren también está en obras como todo está en obras en verano, perdimos el último tren que nos llevaba a casa por tan sólo cinco minutos.
¿Qué podíamos hacer? Quedarnos a dormir en la ciudad o coger un tren que se aproximara lo máximo al pueblo donde tenía aparcado el coche para volver a casa.
Nos decidimos por la segunda de las opciones. El tren nos dejaría a unos escasos 15 km de donde tenía aparcado el coche.
Al llegar a la estación, era la primera vez que nos bajábamos en ella, pudimos comprobar que era una de esas estaciones donde se ruedan películas de terror. Vías a un lado y otro, trenes en silencio, sin luces, dormitando, y a lo lejos un fluorescente que no deja de parpadear. Nos acercamos a él. Son unas escaleras que te llevan a un pasillo blanco recién pintado. No vemos ninguna indicación, y sí más de diez escaleras que vuelven a subir y que suponemos que comunican con las otras vías. Decidimos que la última tiene que ser la buena, la que te lleva a la salida. Y así es, pero la salida era un campo. Da un poco de respeto.
¿Cómo salir de allí? La mejor manera que se nos ocurre es llamar a un amigo. Y sí, tuvimos suerte de que nos pudo venir a buscar, pues ya nos veíamos caminando toda la noche hasta el coche.
Dejarme ponerme sentimentaloide. Que grande es tener amigos, y que bueno es saber que yo hubiera hecho lo mismo por él. Gracias, amigo.

Total, que llegamos a casa alrededor de las doce de la noche, sin merendar, sin cenar, y con alguna que otra cana de más por aquello de la tensión acumulada.

Y de aquí a tres días comienza una nueva temporada. No lo quiero ni pensar, pero lo bueno se tenía que acabar en algún momento si no es que te ha tocado la primitiva, que no es el caso.


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