jueves, 3 de noviembre de 2011

Delirios de un hambriento


Hace 8 días mi amigo Andreu Romero ha inaugurado un nuevo blog que lleva por título: 66 Días: Crónica de un gordo al borde del precipicio.
Y como no, os invito a que os paséis por él y que sigáis las peripecias de Andreu que, como siempre, con su mejor humor negro, de quitará un poco de dramatismo a la cosa.

Es un blog de inicio y final. No es un blog a la usanza. Tiene fecha de caducidad como se anuncia en él (1 enero 2012).

En su primera entrada decía esto:
“Hoy me he levantado, harto de todo, y me he pesado.
Me he pesado y me he asustado.
No diré lo que peso por vergüenza (con el paso de los días lo diré, pero aún no), pero tengo más tetas que muchas mujeres.
Eso se acabó.
Hoy empiezo lo que yo llamo el "Régimen Draconiano" “.

Pues ya sabéis de qué va la historia.

Su entrada 8 me ha parecido muy divertida, y me ha recordado algunos pasajes vividos. En el comentario a la entrada se lo he explicado, pero también quisiera explicarlo aquí a modo de prólogo del blog.

Y dice Andreu: “Es un hecho comprobado: pasados varios días del inicio del régimen intensivo, el cuerpo activa las defensas psicológicas: hostilidad pasajera (como ayer), y lo mejor: sueños extraños y pesadillas. Esta fase me gusta, porque así mi vena literaria puede volver a alimentarse.”


Delirios de un hambriento

Me meto en la cama. La siento fría, pero supongo que en pocos minutos mi cuerpo atrapará su calor y podré dormir placidamente.
Pero pasan los minutos, y el frío se incrementa.
Tengo escalofríos y empiezo a entrar en una fase de semiinconsciencia, de estar y no estar; de soñar y no hacerlo; de querer escapar de mi cuerpo; de volar y no poder hacerlo.
Hoy he cenado poco. Ninguna razón especial me ha llevado a hacerlo. Simplemente tenía poca hambre.
Al cabo de una hora decido levantarme, bajar a la cocina, abrir la nevera y coger el jamoncito salado que siempre tengo en ella.
Me tuesto dos rebanadas de pan de molde, y no me quemo, ya que estoy completamente despierto.
Un poco de aceite, una pizca de sal, el jamón y a bailar.
Lo degusto con el placer del naufrago que lleva días sin comer.
Me relamo.
Pienso incluso en repetir, pero al final decido no hacerlo y me vuelvo a la cama.

A los pocos minutos, mi cuerpo recupera su temperatura normal y me duermo relamiéndome.
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