domingo, 4 de diciembre de 2011

Los Suaves siempre



Aún recuerdo cuando, recién comprada mi FDS con mi primer sueldo (ahora casi no pasan esas cosas) me bajé al pueblo vecino a comprarme el nuevo cassette de Los Suaves que llevaba por título: Maldita sea mi suerte. Era un doble cassette repleto de buenas canciones y que escuché mil veces aquel verano; incluso me bajaba a la playa, después de una larga noche haciendo pan en el horno, me tumbaba en la arena, estiraba la toalla y me dejaba vencer por el sueño envuelto en su melodía.

Han pasado muchos años desde entonces, pero fue ayer cuando lo recordé todo mientras codeaba, coreaba, me bañaba en la cerveza que me iba cayendo por todo el cuerpo y el Yosi intentaba darlo todo encima del escenario.

No fui muy convencido al concierto. Las noticias eran desalentadoras. Hablaras con quién hablaras, todos te decían lo mismo: que no valía la pena; que el Yosi estaba muy mal; que un día de estos se quedaba en el escenario; que habían tenido que suspender muchos conciertos durante el año por culpa del hígado del Yosi.
Pero había hecho una promesa hacía muchos años: acompañar a una amiga a un concierto de Los Suaves. Y os tengo que decir que valió la pena, no ya sólo por el concierto en si, sino por ver la cara de felicidad de mi amiga.

Sí, el Yosi quizás ya no esté al 100% sobre el escenario, pero el 90% que tenga lo entrega y se deja la piel en cada canción. Bien es cierto que casi cantamos más nosotros que él, pero eso ya lo tenía cuando era más joven y su hígado había pasado menos.
Merece una mención especial el grupo. Sonaron a las mil maravillas, pero sobre todo Alberto Cereijo que sigue manteniendo una gran muñeca.


Con más rizos que nunca, blancos como la nieve, aunque bien cuidados a simple visa, y con una larga barba, también blanca, que lo hacía asemejarse a un Moisés, Yosi se sintió de nuevo Dios sobre un escenario. Y no era para menos, pues la sale estaba a reventar de incondicionales que no se quisieron perderse el último concierto del año del grupo. Y éstos le devolvieron ese entusiasmo con un clásico repertorio plagado de viejas canciones que todos sabíamos cantar. Entre ellas destacaron muchas del doble cassette Maldita sea mi suerte, quizás uno de los mejores discos de la banda.

Tan sólo pudimos ver, intuir la fragilidad del cantante cuando se dirigía al público, envuelto todo él en pequeños efluvios cerveceros, y más cuando siguió consumiéndola durante todo el concierto y fumándose casi un paquete de medios cigarrillos. O cuando al final de todo se quitó la camiseta (que ganas tenía, pues durante el concierto no dejó de levantársela, dejando al descubierto las pruebas del delito – una prominente tripa cervecera), se la tiró al público, se colgó en uno de los altavoces enganchados al techo e intentó balancearse. Fue entonces cuando salió uno de los pipas del grupo, lo cogió por la cintura y se lo llevó a los camerinos, dejando al resto del grupo para despedirse con más de cinco minutos de diálogos entre guitarras, y ahorrándose una fatal caída del cantante, que no sería la primera sobre un escenario.

No sé si Los Suaves volverán a tocar, espero que sí, pero en la despedida del Yosi se intuyó que la cosa no iba bien. En algunos momentos me dio la sensación que se despedida definitivamente, aunque las caras de los demás componentes del grupo no lo denotaban. Quizás sólo él sepa como está por dentro y que quiere hacer con su hígado. A nosotros siempre nos quedaran sus grabaciones. Pero nunca será lo mismo que ver a Moisés sobre un escenario, con su característica voz cascada, recitando los diez mandamientos del rock.

Los Suaves siempre.
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