martes, 18 de diciembre de 2012

Cerdos y Gallinas de Carlos Quílez


Es fácil tener la tentación de encontrar, de ver paralelismos entre la novela y la vida del autor y más sabiendo que en junio de 2012 fue archivada una causa contra él por los cargos de cohecho y revelación de secretos.
El autor no niega que: «la novela fue parida en un momento tenebroso de mi vida personal y profesional.». También nos avisa al inicio de la novela, cuidándose mucho de que sea leído por todos y no esperando al final como suele hacerse de que: «A pesar de las coincidencias con la realidad, esta novela es una obra de ficción». El mismo discurso que repite en todas sus presentaciones, para dejarlo claro.
Y es que, como decía al principio, la tentación es muy grande por su pasado como periodista (jefe de investigación de la Cadena Ser) y por su presente como director de análisis de la Oficina Antifraude Y Contra la Corrupción de Catalunya.
No es de extraña que la editorial Alrevés diga entonces de la novela que: «Cerdos y Gallinas de Carlos Quílez  es su novela más arriesgada, escrita a borbotones, con la pasión de quién no entiende la vida de otra forma».

Lo primero que me llamó la atención es el título de la novela, que hasta el final de ella no entenderéis a no ser que hayáis escuchado por la radio, o leído en la prensa, alguna de las entrevistas que ha cedido el autor, o que, casualidades de la vida, como me pasó a mí, os explicaran su significado en un curso que hice a principios de año. Que pequeño es el mundo, ¿no?
Ya no creo que se pudiera considerar spoiler explicar su significado, pero también pienso que si existe algún lector virginal en ese sentido, pues mejor que se encuentre su con él a su tiempo. Así que lo dejo ahí, y le doy la razón al autor y al editor por la elección acertada del título, pues en definitiva casi todo lo que nos rodea, casi todo lo que nos sucede, se podría resumir en ese título y una pregunta: ¿eres cerdo o gallina?


«Un buen periodista nunca se conformará con la versión oficial sino que tratará de contrastar los hechos hablando también con los supuestos delincuentes.  

No creo en la total objetividad, sin embargo en estos momentos la información que llega al consumidor está absolutamente pervertida»


Cerdos y Gallinas nos habla de la poca sincronización de los cuerpos de seguridad del Estado y de cómo unos y otros se podrían llegar a pisar un caso y hacerlo fracasar, con el riesgo que conlleva para la población; pone de relieve que no es oro todo lo que reluce en esos cuerpos, se podría decir, que saca los trapos sucios, claro está, mediante ejemplos ficticios; pone la voz de alerta en los recortes que estamos sufriendo y que también afectan a la seguridad de los ciudadanos al recortarse los servicios que prestan dichos cuerpos; pone de manifiesto su idea de periodismo ético, es decir, no publicar noticias, aún sabiéndolas, que pudieran arruinar una investigación en curso; denuncia como algunos directores no tienen la preparación suficiente para ejercer su cargo y los señala como meros tecnócratas (una clara alusión a la troika); pone el dedo en la llaga al hablar de cómo se podrían financiar algunas publicaciones que a cambio de publicidad o unas buenas editoriales, recibirían servicios varios gratuitos; ello entronca con la idea de libertad de prensa, que sabemos que en muchos casos no existe, aunque se quiera negar; y como no, habla de Cerdos y Gallinas, deseando que el mundo estuviera lleno de Cerdos y algunas Gallinas.
Y seguro que me dejo mil subtramas, como la amistad, el amor, la lealtad, o la fotografía de Barcelona que podemos ir viendo mediante los bares que la periodista protagonista, Patricia Bucana, va visitando, pero dejaré que seáis vosotros mismos lo que las descubráis.
Ya veis que es una novela muy en la línea de los tiempos que corren, que aún siendo ficticio, os podría llegar a alarma al pensar que cosas así suceden, y oye, que pasar, pasan. Por desgracia estamos hartos de verlas por la televisión.


«El periodismo está peor que la política y la justicia»

A parte de su título, y ya desde las primeras frases y durante toda la novela, podréis adentraros en un mundo cerrado, con su propia jerga policial, donde algunas palabras os harán pensar en su significado. Se nota que Carlos las ha utilizado con asiduidad, pues la va colocando con total naturalidad.

Su estilo literario es directo, sin cortapisas, dinámico, rápido, sin alardes, sin rellenos, y con unos buenos diálogos, recordando las buenas novelas del género policial americano.
Quizás le falte algo de profundidad en las tramas personales de los personajes (a mí me hubiera gustado saber algo más del pasado Patricia, de sus relaciones actuales), aunque también pienso que el formato no daba para más en el sentido de tener aplicar la tijera para no escribir una novela de seiscientas páginas. Con todo, su relación con Andreu, el más importante de los secundarios, puede aliviar esa falta.

No quiero dejar escapar la oportunidad de explicar dos anécdotas que le escuché al autor en una entrevista en RAC1 y que pueden ayudar a entender, desde la realidad, algunas de las cosas que podréis encontrar en la novela.

La primera nos habla de cuando estaba ejerciendo como periodista. Cuenta que horas antes de que se produjeran las detenciones en uno de los casos más importantes contra el narcotráfico en España, el caso Nécora, treinta y cinco periodistas estaban convocados en un hotel a escasos kilómetros de donde se iban a producir los hechos. Todo el mundo sabía lo que iba a suceder al día siguiente menos los implicados. Y subrayó: eso es periodismo ético, no contar lo que se sabe para no perjudicar una investigación.

La segunda habla de un caso donde intervino la Guardia Civil. Cuenta Quílez que tenían la seguridad que un hombre tenía enterrada a su mujer en el patio de su casa, pero que no tenían pruebas palpables para que el juez los dejara actuar. Fue entonces cuando un día, aprovechando que el hombre había salido, buscaron el cadáver. Escarbaron en la tierra y lo descubrieron para luego volverlo a tapar. Hablaron con el juez y le dijeron que tenían un perro experto en descubrir cadáveres enterrados. La realidad era que el perro era vulgar y corriente, pero el juez no lo descubrió y acepto. La Guardia Civil fue a la casa, y sabiendo donde estaba el cadáver hizo que el perro pasara por encima, momento que aprovechó uno de los de verde para pisar la cola del perro. Este aulló y todos indicaron que estaba señalando el lugar del entierro. De esa manera se solucionó el caso.

Y para acabar señalar que de nuevo nos encontramos ante un acierto editorial de Alrevés. Sigo pensando que tienen muy buen ojo a la hora de publicar y eso, como siempre repito tras acabar una de sus lecturas, es un valor añadido a todas sus publicaciones.

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