martes, 23 de julio de 2013

El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas de Darío Vilas



Está claro que cada nueva publicación da Darío Vilas es un paso más en su carrera. El vigués es un inconformista, prefiriendo no repetir modelos y seguir dando alegría a sus lectores fieles. El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas (no me diréis que no es un título sugerente y fantástico) es un nuevo exponente de ese caminar, aunque se podría encuadrar dentro de ese viaje que nació en Imperfecta Simetría (Círculo Rojo, 2009), que se manifestó con todo su esplendor en Piezas desequilibradas (23 Escalones, 2011), y que debería cerrarse con esta novela, según el propio autor, pasando por la inédita Girando a Simetría. ¿Y qué viaje es ese? No es otro que coger un ferry y hacer un surcar las aguas rumbo a la isla de Simetría, a la deriva en el océano y centro de depravación del género humano, y disfrutar de lo que Darío ha llamado Realismo Bizarro y del que dice: «esta será mi última publicación.»
Yo no sé si será así, pero creo que cuando a uno le sienta un género, tan complicado de encontrar en el mundo literario, como un guante y que tantos adeptos podría llegar a tener, se debería seguir explotando; pero ya he dicho que Darío es un inconformista.
Y antes de entrar en materia, también merece una mención aparte la editorial Tyrannosaurus Books que sigue apostando por los autores españoles de género y para ello ha creado una nueva colección,  colección DIRT, de la que El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas es su primera entrega. La editorial quiere explorar el realismo sucio con toques de terror, ciencia-ficción costumbrista, fantasía oscura… y todo ello con un alma pulp donde el drama, el humor, el sexo, la violencia o el gore tendrán cabida.
Yo me estoy frotando las manos.
Aprovecho para advertir que no son lecturas recomendadas para todos los públicos, aunque, ¿qué lectura es recomendada para todos los públicos? Bueno, que os quiero poner sobre la pista de que algunas de las escenas que podréis leer en El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas os podría acompañar en vuestros dulces sueños.

«Durante mucho tiempo creí que libraba una lucha para contener amenazas como la suya y alejarlas del resto del mundo, manteniendo a raya a estos súcubos salidos del averno para poner en jaque a los hombres.
Estaba equivocado, solo me quieren a mí. Yo soy su alimento, lo que les da poder. Me necesitan y por eso siempre salen a mi encuentro.»

Quizás vaya a sonar extraño, pero llevo días pensándolo y lo quiero compartir con vosotros: creo que el estilo narrativo de Darío Vilas en ese suceder sin suceder, en ese ir caminando sin que parezca que avanzamos, se asemeja mucho al de mi idolatrado Haruki Murakami. No sé, tengo esa sensación de ir avanzando páginas enganchado a ellas sin saber muy bien por qué y de repente todo estalla delante de mis narices haciéndome disfrutar de lo lindo. Está claro que en ese estallido reside la diferencia clara entre los dos escritores y, sobre todo, en lo onírico y fantástico del tema. Los mundos murakanianos y los darianos no se parecen en nada, pero os lo he comentado para que os hagáis una idea del ritmo de la narración.
El hombre que nunca sacrificaba a las gallinas viejas está escrito por completo en tiempo presente, otra de esas peculiaridades que la hace grande y que es difícil de encontrar. Tan solo por eso merecería la pena leerla, por ver cómo se puede aguantar una novela en tiempo real sin que nos rechinen en los ojos. Darío lo hace con holgura y confiesa que ha sido duro, sobre todo al principio, pero que es con la novela que más ha disfrutado escribiendo.
Una vez avanzada la novela os encontraréis con flashbacks al pasado de Marquitos Laguna, el protagonista del libro, y nos irán explicando qué sucedió, qué esconde, qué le lleva a actuar como actúa, aunque yo le pondría un pero en este punto: me he quedado un tanto con ganas de saber mucho más. Creo que todo se explica con cierta rapidez y que existen puntos que merecerían alguna página más. Con ello no quiero decir que nos estemos perdiendo algo, no, que todo está ligado y bien ligado, pero que quizás no le hubiera sentado mal a la novela un poco más de introspección en la psicología pasada del personaje. Supongo que Darío lo puso todo en una balanza, y defensor como es de las novelas cortas, decidió que era mejor dejarlo así.
Curiosa también la voz de los flashbacks, me ha recordado a Hitchcock cuando salía en sus películas explicando lo que venía a continuación o lo que había pasado: narrador locutor.

«Esta ciudad es un tazón de caldo hirviendo y necesita gallina vieja.»

Me han gustado mucho los momentos, los guiños que hace Darío a escenas de sus anteriores novelas (tranquilos, no pasa nada si no las habéis leído, bueno, sí, que os estáis perdiendo unas buenas novelas, pero lo que las han leído disfrutarán mucho más del texto.). Además, estoy convencido que El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas hace de puente de que lo será el cierre de su antología Z; está preparando a sus lectores para visitar Simetría y quizás nos encontremos con alguna sorpresa que surja de esta novela, pues la frase final me ha hecho pensar un tanto.
En la nueva novela de Darío encontraréis a un Marquitos Laguna que intenta pasar los días que le quedan de la mejor y más tranquila forma que conoce: dedicado a sus gallinas y a sus tierras. Pero qué difícil es deshacerse de los fantasmas del pasado; qué difícil es olvidar el amor; qué difícil es dejar de escuchar la voz de la conciencia que te persigue y que se instala en tu hombro izquierdo, causando un terrible dolor; y qué poco acompaña vivir en Simetría, una isla que dicta sus propias leyes y que puede actuar como canto de sirena. Marquitos no se pudo librar. Marquitos acudió a la llamada e hizo cosas horribles. Diez años después, esos cantos y ese perfume le volverán a atormentar. Intentará luchar contra ellos, pero Simetría siempre tiene las de ganar.
El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas, una novela rápida gracias al trabajado lenguaje de Darío, dura por toda la carga que tiene que soportar, cruda como cuando te metes una leche contra una pared, directa y sin rodeos, muy pulp y transgresora en su narración, gore en algunas escenas, violenta en otras, dinámica toda ella, y lo mejor de todo: que acabas y tienes ganas de seguir leyendo a un autor que se está haciendo grande, si no lo es ya: Darío Vilas.
Merece también una mención el prólogo de José Luís Cantos, escritor que acaba de publicar El ojo en la cerradura; sabéis que no soy muy amigo de los prólogos, pero si estos explican una historia, sin son como un pequeño relato de inicio, entonces sí que los defenderé, y José Luís lo sabe hacer muy bien, nos mete de lleno en la isla y nos hace pasar un rato agradable.
Creo que ha quedado claro que os recomiendo esta y todas las novelas de Darío Vilas, y no es que sea amor de padre, es que cuando lees a un autor que tanto te satisface y que tan fuera de los chicles se encuentra, se tiene que comprar.
Yo ya estoy esperando la siguiente: soy insaciable.


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