viernes, 5 de diciembre de 2014

Novedad Editorial: Hambre de Alberto Vázquez-Figueroa



«Por fin he escrito mi novela más importante.»
Alberto Vázquez-Figueroa


A Alberto Vázquez-Figueroa lo puedo considerar uno de mis autores fetiche, pues es, con muchísima diferencia, el autor que más he leído y del que tengo más libros en casa (la última vez que los conté superaban los 40).

Autor con más de 80 libros publicados, confesaba en otro día en una entrevista que Hambre podría ser su última publicación, y añadía:  «Puede que escriba algo más, pero será solo porque me aburro. Hace meses que terminé 'Hambre' y ya no se qué coño hacer.»
Yo espero y deseo que no sea así y que tengamos mucho Vázquez-Figueroa, pero también entiendo que no se puede estar trabajando siempre a tope sin bajar el pistón y que los años pasan.

Hambre es la continuación de su anterior publicación, Medusa, y aunque parece que se pueden leer de forma independiente creo que es mucho más enriquecedor leer primero una y después la otra.

Sinopsis
Un valiente alegato contra la pobreza, el hambre y la injusticia.

Ochocientos cuarenta y dos millones de personas en el mundo no tienen suficiente para comer. La desnutrición mata a más de dos millones y medio de niños cada año. Sesenta y seis millones de niños van todos los días con hambre a la escuela.

Alberto Vázquez-Figueroa pone el foco en el mayor problema de la humanidad, el hambre, en esta novela extraordinaria que es un valiente alegato contra la injusticia, la pobreza y las indignantes desigualdades que toleramos a diario.

Los personajes que conquistaron a miles de lectores en su best seller Medusa vuelven a desfilar por las páginas de Hambre, cuya acción transcurre entre la indiferencia de los países occidentales y la desesperada miseria del África subsahariana.  


Alberto Vázquez-Figueroa comenta:
«No sé si esta será mi mejor o mi peor novela, pero es la única que debería haber publicado porque gran parte de mi vida la dediqué a escribir sobre el tráfico de esclavos, la explotación infantil o el hambre que mata a millones de niños africanos, pero nunca comprendí que muchas de esas muertes podrían haberse evitado.

En regiones arrasadas por devastadoras sequias aterrizan aviones cargados de arroz, maíz, harina o lentejas, alimentos cuyos destinatarios jamás podrán digerir si carecen de agua. Lo que se consigue no es disminuir el problema sino multiplicarlo: pero cuando yo estaba en África no me daba cuenta.

Cuando llegue al desierto tenía doce años, y me avergüenza haber tardado sesenta y cinco en comprender que resulta posible alimentar a esos millones de hambrientos con mucho menos esfuerzo y un poco más de sentido común. No es cuestión de hacer milagros, sino de utilizar unos medios que la naturaleza ha puesto a nuestro alcance y que están deseando ser aprovechados.»

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