cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: Diva del cine negro por una tarde

jueves, 25 de enero de 2018

Diva del cine negro por una tarde


¿Cómo consigue esa apariencia de frialdad total y absoluta?, me pregunté inclinándome sobre el bol de palomitas que tenía en el regazo.
Estaba viendo El sueño eterno, entusiasmada ante la magia del cine en blanco y negro. Literalmente. Pues, como mujer que soy, me fijé en que ese color-o más bien su ausencia- favorece muchísimo al rostro femenino. Difumina los contornos y con ello, los defectos de la piel. También ensalza los secretos de las miradas de esas divas que siguen intactas en sus pedestales.
Amante, como también soy, del género negro y admiradora de las mujeres que lo nutren, me propuse ser Lauren Bacall por una tarde. De modo que removí mi armario de arriba abajo hasta encontrar  el ansiado vestido en el cual embutiría mi cuerpo. No soy un palo, como la Bacall, pero sí delgada. Aunque lo que yo quería era simular ese aire de mujer fatal, de poderío; de mujer única.

Bajé al bar de la esquina, donde tomo mi cortado matutino y, cuando Francisco -Kiko- me vio entrar por la puerta toda tiesa en mi elegante vestido ajustado, me saludó con un «ei, ¿tortícolis?» que por poco me hace perder un tacón bajo el taburete del señor Manuel, el de los carajillos.
Tomé asiento y recordé la mirada de soslayo de la Bacall, esa que parece que te esté diciendo «aparta o te piso, tú mismo». Kiko me observó con una ceja levantada y preguntó «¿el cortadito de siempre?». Me dije que no, que un cortado era algo poco sofisticado, de modo que pedí «un café expreso con una nube de leche» y bajé la mirada hacia mis tacones maldiciendo no tener un cigarro para encender y llenar toda la pantalla de ese humo blanco tan misterioso que aporta glamour. Ay, me dije, dichosa ley antitabaco.
Kiko chasqueó la lengua y soltó un «pues eso…, un cortado» mientras se alejaba hacia la barra. Suspiré y coloqué una pierna sobre la otra, la espalda bien tiesa, porque nunca he visto a ninguna femme fatale con joroba. Estiré bien toda mi espina dorsal hasta que una vértebra hizo un crec que me dejó sin aliento y me di cuenta de que no podía encoger la columna. Kiko trajo mi cortado, perdón, mi café expreso con una nube de leche, y yo modulé -por lo menos eso intenté- la eterna sonrisa de la diva, a medio camino entre la ironía y el desdén. Solo que, con el leñazo que la vértebra me acababa de dar, me salió algo así como un rictus de loca histriónica que provocó que Kiko achicara los ojos, tragara saliva y se marchara sin decir palabra.
Por la puerta del bar apareció un hombre joven vestido con ropa deportiva, pero yo me lo imaginé con traje, corbata y un sombrero ladeado, a lo gánster del más puro estilo hard-boiled. Sirviéndome una vez más de la diva, recordé que es cuando baja la guardia que aparece ese gesto tan anhelado por el espectador, aquel que permite ver que no es tan dura, que tiene un mundo de emociones que hierven bajo esa superficie de cristal. Una grieta en su cuerpo de hielo. Vi que el hombre me miraba y yo incliné el rostro, aleteando lentamente las pestañas mientras giraba mi cabeza hacia él... hasta que otro crec me dejó helada. Un tirón en las cervicales, ¡dichoso trabajo de administrativa ante el ordenador!
Aguantando el dolor, le dediqué una mirada al chico, digo, al gánster, que lo asustó. Tal vez era de los que prefieren a las chicas buenas. En todo caso, salió del bar como si tuviera prisa. Yo acomodé el tronco a mi nueva posición del cuello y procuré tomarme el café con inusitada elegancia. El dolor nunca debe permitir que el glamur desaparezca. Kiko secaba un vaso con un trapo, detrás de la barra, y me miraba como si mi presencia le suscitara incontables pensamientos. Eso quería yo, que me viera como una mujer fatal, fría y vanidosa en mi cumbre de hielo.

Acabé la bebida y, a la vista de que no aparecería ningún Humphrey Bogart en lo que quedaba de tarde, me las ingenié para levantarme de la silla y dirigirme hacia la salida. Lo tuve que hacer de lado, el cuerpo hacia delante y el cuello hacia atrás, dada mi penosa situación muscular. De modo que, cuando alcancé la puerta, una señora mayor se me quedó mirando y espetó un «a ver, ¿sales o entras?, porque no me aclaro». Suspiré y regresé a casa hecha un cisco. Me metí en la cama preparada para dejarme acariciar por un sueño eterno que me hiciera olvidar las dichosas ganas de ser una diva. Y recordé, con un suspiro, que el hielo, pese a su dureza, no deja de ser simple agua fría.



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