cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: El gótico inglés, cuna de la novela negra. PARTE I

miércoles, 21 de marzo de 2018

El gótico inglés, cuna de la novela negra. PARTE I


por Noelia Santarén

¿Quién me ha puesto estos ropajes de época? Me hallo en el pasadizo secreto de un castillo que ocasionaría pesadillas hasta al mismísimo Freddy Kruger. Hace frío y no estoy acostumbrada a llevar tantas capas de ropa que, para más inri, huelen a ajo. Varias antorchas cuelgan de las paredes y el camino es tan frío y húmedo que me ciño con fuerza el abrigo anti-Drácula. Me persigue un fantasma o eso creo ya que siento una presencia que va tras mis pasos…, y acabo de pasar el cuadro de una monja que estaba llorando ¡lágrimas de sangre!

Puedo distinguir una puerta a unos cincuenta metros, hacia el final del pasillo. Algo jadea a mis espaldas, me giro, pero no hay nadie -ni nada-, como tampoco había nadie las otras diez veces que he oído una respiración terrorífica y me he girado como una tonta.  Ay, dios, qué yuyu. Llego hasta la puerta y la abro. Salgo -o entro- en un callejón húmedo de lo que parece el Londres victoriano. Elemental, oigo que alguien dice por algún lado. Hay tanta niebla que no se ve un pijo. Y ahora si me disculpa, mi buen amigo, debo regresar a Baker Street a rumiar con mi violín, continúa la voz. Y a darle al opio, creo oír que alguien susurra como para sí mismo, es una voz distinta a la primera; más pausada, menos afilada. Camino a tientas por la misma calle en busca de una farola que bloquee algo esa niebla que no deja vislumbrar ni la acera que estoy pisando y caigo por un agujero. Cielo santo, qué daño. He aterrizado en otra ciudad, esto no es Europa, de eso estoy segura.

Un coche se precipita hacia mí a la velocidad del rayo, dentro hay cuatro hombres con sombreros de gánster. Disparan con unas pistolas muy largas y, ay, ayyy, corro a resguardarme detrás de unas cajas de whisky. ¿No se supone que debía estar prohibida la venta de alcohol? Un tipo salta del coche y viene hacia mí, su mandíbula es tan cuadrada como la caja de whisky y una cicatriz le atraviesa la mejilla. Qué feote el machote. Corro, pero mis ropajes de época no me dejan hacerlo todo lo bien que me gustaría y quedo atrapada entre el matón y un muro de piedra, cual ratón acorralado.

Eh tío que soy de las buenas, le digo con voz de chula. Y yo, me responde. Con ese careto, ni de coña, le suelto. Y me lleva a la oficina de Sam Spade o de Philip Marlowe, uno de los dos, no sé. Éste -o el otro- mira con el ceño fruncido mientras fuma. Pues así, en persona, no intimidas tanto, opino en voz alta. Eso sí, a ti lo metrosexual no te tira mucho, ¿verdad? Sam o Phillip me observa de soslayo. No sé si esa mirada entraría dentro del ámbito de la seducción, no entiendo de este tipo de ligoteo. Observo mis ropajes. Ah, cierto, que debería estar mona con uno de esos vestidos elegantes de los años 30. Creo que no trataba de ligar conmigo.

 El matón de turno me lleva a una habitación oscura y me deja allí. Hace frío, de modo que me cierro la túnica impregnada en <<Ajo, intense eau de perfum>> y me resigno a esperar. Al cabo de poco un señor muy estirado con acento francés y con un bigotito ridículo que da grima, abre la puerta. Mademoiselle, qui êtes-vous?, me pregunta. ¿Este no debería estar en el otro lado del continente?, pienso. Voy a responder que soy una simple lectora de novela negra del siglo XXI que se ha quedado dormida leyendo Llama dos veces por Laura (Laura para los amigos), de Vera Caspary, pero no me da tiempo a contestar. Una anciana muy maja me ofrece la mano y me ayuda a salir de ese horrible cuarto. Oh, querida, dice con un acento tan inglés que no pillo una, creo que le sentará estupendamente bien una tacita de té con un pedacito de plum-cake.Es tan agradable la ancianita que me dejo llevar por su acaramelado e inteligible acento. Tanto fantasma y olor a ajo me ha abierto el hambre.

Desciendo por las escaleras que van a la cocina pensando que la ancianita va detrás de mí y llego a un rellano donde infinidad de colores, tonos, imágenes y escenas de pesadilla convergen. Me siento mal y bien al mismo tiempo, quiero reír y llorar. Todo es tan cambiante, difuso y retorcido que me siento abrumada y muy pequeña, como desamparada. Ay, casi que me quedo con los gánsteres, allí todo era simple y llano; bruto, pero simple.

Tengo que hacerte daño, me dice una mujer con aire de sílfide loca, llevas la túnica de mi padre y mi padre…, en ese momento aprieta la mandíbula y hace un gesto de asco y de dolor, como si se resistiera a pensar en su padre. Alarga una navaja y avanza un paso hacia mí. ¡Voy a morir!! Dios o quien esté leyendo, no permitas que me entierren oliendo a ajooo.

¿Reconoces algún género u obra en este fragmento? ¿Sí?, pues nos vemos la semana que viene para hacer de nuevo el recorrido, esta vez con títulos, fechas y nombres. 


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