cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: El gótico inglés, cuna de la novela negra. PARTE II

martes, 10 de abril de 2018

El gótico inglés, cuna de la novela negra. PARTE II


Por Noelia Santarén

Hace un par de semana publiqué la primera parte de este artículo El gótico inglés,cuna de la novela negra, Parte I que intentar ir a la cuna de la novela negra de una forma muy personal.

Vamos pues con la segunda parte:
El castillo de Otranto, de Horace Walpole, El monje, de Mathew Gregory Lewis y Los misterios de Udolfo o El italiano de Ann Radcliffe son algunas de las principales obras que se enmarcan en el gótico inglés. Destaco El monje por encima del resto ya que fue una de mis novelas preferidas durante años. La encontré sorprendente y alejada de todo lo que había leído hasta entonces. Creo que en esa obra descubrí la intriga, el suspense y los giros narrativos, perfilado por una imaginación desbordante. Todo dentro de un ambiente de misterio sobrenatural e inexplicable, por supuesto. El gótico inglés fue derivando en el tiempo hacia el Romanticismo, con el Frankenstein de Mary Shelley y el Drácula de Bram Stocker a medio camino entre uno y otro (aunque las etiquetas nunca deberían ser un límite). Poco después, el misterio sobrenatural fue dejando paso al racionalismo lógico de Sherlock Holmes. Los lectores de Doyle eran de clase media culta en una época en que la sociedad estaba ávida de historias mórbidas con toques de terror: la victoriana. Se considera a Wilkie Collins con su Piedra lunar en 1868, como primer clásico detectivesco, aunque fue Poe quien marcó las bases del género policial con su Trilogía Dupin, Crímenes de la calle Morgue
Doyle, Chesterton y Agatha Christie, entre muchos otros, plantearon un estilo de ficción policial y detectivesca de matiz totalmente intelectual. La lógica imperaba sobre todo lo demás. Eran relatos que buscaban entretener a un público ávido de misterios y de enigmas. En el clásico policial la exposición de los hechos y de las pistas es crucial para que incluso el propio lector pueda ejercer de detective y llegar por sí mismo a la resolución del caso. Y no valen las trampas, hay un código al que el escritor se debe ceñir para que el lector no abandone el libro ni se sienta traicionado. No obstante, una vez se tiene conocimiento de esta información, el relato queda yermo. Es decir, si alguien nos chiva quién lo hizo, prácticamente no merece la pena seguir leyendo ya que estos escritos suelen carecer de florituras narrativas, descripciones líricas o profundidad psicológica, en su mayoría.
La pericia de Christie radica -y hablo en presente porqué sigue siendo la reina- en el ingenio con el que presenta las pistas. Con cada caso salido de su pluma el lector asiste al juego de la bolita o de los trilleros, a ver si acierta. Y siempre quiere probar otra vez. Christie nos hace creer que jugamos, pero en realidad es ella la que juega con nosotros. Y nos encanta. Aporta un reto y el lector lo coge, sabe que el final será sorprendente. Pero, una vez la cadena de interrogantes se disipa, el relato pierde su fuerza (debo exceptuar los relatos de Conan Doyle cuya calidad narrativa destaca en casi todos los géneros que tocó, siendo las historias de Sherlock lo menor de toda su obra. Es mi opinión como lectora).

Fue la escritora P.D. James quien introdujo ciertos aspectos que enriquecieron la narrativa de misterio. Era la época dorada de entreguerras. Ruth Rendell, Dorothy Sayers, Victoria Holt, Edmund Crispin, Cyril Hare, Josephine Tey, etc., siguieron la estela de Agatha -casi a la par temporalmente-, pero aportaron a la narración un matiz descriptivo y un carácter emocional, levemente psicológico. Dorothy Sayers no escatima en descripciones truculentas sobre sus muertes. Holt escribe a medio camino entre el género romántico y el de misterio no policial, con un ritmo que engancha gracias al suspense que la autora crea. De hecho, la primera vez que cogí uno de sus libros sin saber nada de ella, me sorprendió no poder soltarlo hasta el final pese a que no soy muy diestra con el género romántico. Leí entusiasmada y sorprendida, no sólo quería descubrir la intriga, sino que empaticé profundamente con los protagonistas -cosa que con Agatha Christie nunca me ocurrió.

El hard-boiled del otro lado del charco fue paralelo a la edad dorada inglesa. Si en el clásico detectivesco todo era un entramado pensado para lucir la agudeza intelectual del detective, rodeado, mayormente, de un ambiente de lujo, educación y exquisitez, el hard-boiled no pretendía fijar un orden sino reflejar una sociedad ya desequilibrada de por sí. Describía de forma clara una sociedad hostil, corrupta y violenta. Sus mayores exponentes fueron Hammett y Chandler con los detectives Sam Spade y Philip Marlowe. Fue un género cuya principal característica narrativa era la acción y un ritmo trepidante. Unos años más tarde, el suspense de Patricia Highsmith nos hizo descubrir el germen de la actual novela psicológica.

El género negro de hoy día es una matrona de generoso perfil en cuyo seno cabe el thriller, el misterio, la novela enigma, la psicológica, la detectivesca, la policial, la criminal, el domestic noir y hasta algo de terror y de bizarro. No incluyo el género de intriga o de suspense ya que, para mí, no lo son en sí mismos, sino recursos narrativos.

El noir actual es más elástico que nunca y me gustaría hacer una mención especial al domestic noir y al negro femenino, ya que hay un boom de escritoras negrocriminales con personajes femeninos -alabada sea la diosa, ¡ya era hora! Este subgénero aporta, creo yo, aunque no soy objetiva ya que soy mujer, una riqueza inigualable a la trama en lo que refiere a una nueva perspectiva; psicológica, intuitiva, emocional. Rezuma frescura y lo agradezco sobremanera porque suelo centrarme en el aspecto emocional de cualquier historia, mientras que la resolución de esta me trae un poco sin cuidado. No recuerdo los finales; no me interesan a no ser que tengan una fuerte implicación psicológica y pueda empatizar con el personaje. Pero claro, para gustos los colores. No nos podemos quejar de que no haya variedad, precisamente. ¡Un bravo por los y las que lo hacen posible!




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