cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: El momento o las sombras de El Proceso de Kafka

jueves, 31 de mayo de 2018

El momento o las sombras de El Proceso de Kafka




Por Enrique de la Cruz

De todas las formas de medir el tiempo, de encerrarlo en esferas o de leerlo entre agujas, el momento es la más evocadora. Supongo que es por estar entrelazada íntimamente con nuestro pensamiento, o quizás con nuestra alma (sea ésta lo que cada cual elija, química o extracorpórea, por ejemplo) En cualquiera de los órdenes de la vida, el momento es el punto donde confluyen las ideas y los sentimientos. El momento es la pausa que detiene el corazón.

A nivel doméstico, en los asuntos del día a día, hay ejemplos que nos son comunes a todos; cuando cierras la puerta de casa y te das cuenta de que te has dejado las llaves dentro, o cuando encontrabas la solución a ese problema de matemáticas. Es ese click en la cabeza, es la unión del tiempo y el pensamiento.

El momento es la unidad en la que se mide la Historia, es el segundo avión estrellándose contra las Torres Gemelas o Iniesta golpeando el balón en el Soccer City. Es el recuerdo de un acontecimiento que quizás duró horas, o días, pero el momento que perdura es lo especial. Obviamente, cada uno recuerda de esos acontecimientos un momento particular, íntimo, personal e intransferible pero también insustituible. Sólo hay un momento para cada suceso porque no hay más momento que aquel. Puedes recordarlo, pero no se va a repetir. Puedes intentar rememorarlo, pero no lo vas a volver a sentir.

Pues ese momento, ese desasosiego interior y ese instante en el que se detiene tu mente y deja de acompañar el movimiento del planeta se repite especialmente con la contemplación del Arte. Cuando te adentras en una pintura o en una escultura, cuando termina cierta película o cuando acabas ciertas lecturas. Hay novelas que te dejan pensando, que te transforman de alguna manera. Por supuesto, no todos los libros consiguen esa sensación, por eso los que lo consiguen quedan para siempre en nuestra memoria. Se quedan anclados en forma de momento.

Es el caso, para mí, de “El proceso”, de Kafka. No voy a pararme a analizar la parte literaria de la obra porque, sinceramente, no creo que pueda mejorar lo que otros ya hicieron. Y porque sería como querer alumbrar el sol con una linterna (con permiso de Tomás Moro). Pero sí hay algo que sólo yo puedo explicar (o intentarlo, al menos), y es lo que sentí en el momento de terminar la novela.

La novela de Kafka me dejó una sensación de tristeza inmensa por ese final abrupto que te deja absolutamente en blanco, sin palabras. Yo no lo vi venir, sinceramente. Después de recuperarte, empiezas a darle vueltas a la novela, para escribir una reseña, por ejemplo, y entiendes que la novela ha trascendido lo meramente literario para cambiarte de algún modo. El desasosiego que compartes con ese procesado, Josef K, que pelea contra nada y contra nadie. Una persecución de sombras con siluetas envueltas en bruma. Aún así pelea, trata de defenderse de ataques que en realidad no existen y busca la ayuda de personas que insinúan todo y no dicen nada. Casi terminas por pensar que el final resulta liberador, una única salida digna al conflicto. Sin necesidad de arrastrarse por una burocracia esquiva.

En resumen, leer El Proceso, de Kafka, no es leer cualquier novela. Es leer una obra mayúscula que te cambiará, sin duda.



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