cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: #Reseña: El lagarto negro - Edogawa Rampo

martes, 29 de mayo de 2018

#Reseña: El lagarto negro - Edogawa Rampo

Por Noelia Santarén

Hoy vengo con una reseña del ‘Agatho Christie’ japonés, Edogawa Rampo, al que por cierto tenía muchas ganas de conocer.

Nada más empezar la primera página de El lagarto negro me vi inmersa en el mundo que describe Edogawa. Fue una inmediatez tan inmediata, valga la redundancia, que me sorprendió. El estilo, las descripciones, los diálogos, todo fluye tan rápidamente que llegué a dudar de la capacidad de absorción de esta escritura. Y es total. Tuve que dejar de leer después de un puñado de páginas porque era bien entrada la madrugada, pero habría pasado la noche en vela leyendo.

Edogawa escribe sin tomarse muy en serio a sí mismo y siendo muy consciente del efecto que puede causar la escritura. Siguiendo esta línea, obtenemos un estilo exagerado, literaturizado adrede para buscar un efecto; el de sorprender y atrapar al lector. Es decir, entretener a toda costa y, por suerte, no a costa de la calidad.
El autor se confunde con el narrador, como en las novelas decimonónicas en las que el narrador es dios y todo lo sabe y está en todas partes. No simpatizo mucho con esta clase de narrador, se me hace pesado, pero Edogawa lo disfruta y no se lo toma en serio. Frases parecidas a “y como el lector bien habrá deducido, la mujer se encontraba en la otra habitación, pero no, el lector no ha leído mal, en breve lo aclararé…”, se encuentran a lo largo del texto. Es un estilo que ha quedado un poco anticuado, pero, por algún motivo, da el pego. Te atrapa. Leer a Rampo es como ir al cine a ver un Blockbuster, sabes que la peli acabará bien, que el malo recibirá su merecido, que el chico se queda con la chica y que, en algún momento hacia el cuarto final del metraje, alguien muere, para que el espectador tenga su momento de drama. Eso con toneladas de palomitas y de azúcar, claro. Más o menos, este es el pacto del cine comercial actual. Lo tomas o lo dejas. Edogawa promete lo mismo, él te ofrece un blockbuster y no lo disfraza. Quiere que te lo pases bien y te lleva de la mano. En ningún momento me estoy refiriendo a la calidad comercial de sus novelas, lo del cine es una metáfora comparativa. Pero es cierto que Edogawa es un super ventas en su tierra como aquí lo es Agatha.

En El lagarto negro hay una mala muy mala que cae bien -por lo menos a mí-, hay asesinatos bastante duros, con los que el lector no empatiza porque no hay una recreación en los detalles. Si hay un asesinato es porque la trama lo necesita, de lo contrario no habría novela. Por este motivo se hace fácil leerla sin sufrir; todo es un espectáculo no disimulado. Muchísima acción y muchos giros, a veces tantos, incluidos los contragiros, que llegas a levantar una ceja, pero sigues leyendo porque para eso has elegido esta novela; has aceptado ese pacto de ‘te dejo hacer, házmelo pasar bien’, de lo contrario no habrías pasado de la segunda página. Repito, el autor te muestra su estilo desde el primer fragmento, no pretende engañar a nadie. Leer esta novela me ha recordado a aquellas tardes de mi infancia en las que veía la serie de Batman, el primer Batman (el de Adam West, sesentero, aunque yo no nací en los sesenta, ¿eh?, vi la reposición de los ochenta), aquel que carecía de efectos especiales y cuyo disfraz de superhéroe eran los leotardos de la abuela con unos calzoncillos por encima. Ese Batman estaba plagado de giros y de contragiros y la acción parecía no acabar nunca, pese a que el telespectador, yo misma de enana, ya sabía que siempre iba a tener final feliz gracias a alguna argucia de la trama. Edogawa me ha hecho sentir lo mismo. A los lectores amantes de la lógica deductiva de Sherlock Holmes y Miss Marple les encantará esta novela, la cual presenta una gran influencia de la literatura pulp estadounidense, que es, para mí, lo que le ha dado el toque final a esta historia. Lenguaje fácil y sugerente, bien escrito, tramas de pura acción, movimiento, más movimiento, escenas llevadas a cabo con una lógica metódica y explicada paso a paso…, en fin, entretenimiento puro, repito.

Eso sí, te tiene que apetecer leer algo de este estilo, de lo contrario puede llevar al hastío.
Amante de la literatura oriental como soy, siempre es un placer leer novelas que me hablen de esos mundos cada vez menos exóticos y, no obstante, tan distintos al mío. No olvidemos que la novela fecha de la primera mitad del siglo XX, y ese salto de décadas se hace patente en sus páginas, cosa que le añade un matiz de época pasada que se agradece. No hay faxes, ni smartphones, ni ordenadores, y el único teléfono que existe está en las recepciones de los hoteles. Qué mundo más duro, verdad, sin Netflix…


¿Aceptas el pacto?, tú decides.



Editorial: Salamandra Black
Páginas: 192






 SINOPSIS
Verdadero icono de la novela policíaca japonesa, la celebridad de Edogawa Rampo se extendió también fuera de su país. Publicado el año 1934, este libro no sólo es una de sus obras más emblemáticas, sino también un claro ejemplo de la figura del investigador entendido como gran maestro de la deducción y de la lógica, en la línea del Auguste Dupin de Poe y el Sherlock Holmes de Conan Doyle. Pero el talento de Rampo fue aún más allá y, bajo la influencia del pulp estadounidense, combinó como nadie la tradición del género con una acción trepidante, por momentos extrema, y siempre aderezada con un sentido del humor que sedujo a miles de lectores y convirtió este black en un fenómeno auténticamente popular. La historia nos sumerge en la lucha sin cuartel entre dos enemigos acérrimos, cuya admiración y fascinación mutuas son un acicate para mantener una rivalidad innegociable. Así pues, Kogorō Akechi —el inmortal personaje de Rampo, un detective capaz de solucionar cualquier caso con su brillante interpretación de la escena del crimen y un don para anticiparse al siguiente paso de sus rivales— ha de enfrentarse a la pérfida y sensual madame Midorikawa, quintaesencia de la femme fatale, apodada «Lagarto Negro» por el espectacular tatuaje que luce en un brazo. Midorikawa padece la necesidad enfermiza de coleccionar los objetos más bellos del planeta, y cuando se propone conseguir la joya más preciada de Japón, la fuerza que la empuja no es tanto el afán de satisfacer su deseo como la oportunidad de retar a Akechi y demostrarle que su inteligencia es superior a la de él. El duelo está servido.








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