cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: El homo teknologikus y la hiperestimulación

martes, 3 de julio de 2018

El homo teknologikus y la hiperestimulación


Examinando mis lecturas negrocriminales de los últimos años, creo que ha surgido o está surgiendo una línea cada vez más gore y sádica que me lleva a cuestionar: ¿búsqueda de atención o necesidad narrativa? Y no sólo en novelas, también en películas y en series.
Porque el ser humano es ahora, más que nunca, un homo teknologikus.

Con la introducción de las nuevas tecnologías la atención del homo teknologikus se ha dividido. Recibimos tal cantidad de estímulos por minuto que no podemos gestionarlos todos. Hace unos años leías un libro y después otro, tan tranquilos. ¿Con las series?, igual; ahora un capitulito y la semana siguiente, pues otro. Actualmente hay tantísima variedad de todo que las novelas -y series y películas y revistas- nos tienen que coger por la cabeza y retenerla con ambas manos. O tienen un buen gancho y un ritmo adecuado para que nuestra atención -ya dividida en el homo teknologikus- no se deje tentar por los otros cientos de estímulos que la están golpeando a cada momento, o no cuaja. El resultado -opino- ha sido la aparición de cada vez más historias llenas de estímulos fuertes y un ritmo que te quita la respiración; algunas de ellas a costa de la calidad narrativa, ya sea literaria o audiovisual. Otras muchas, portadoras de unos argumentos, tramas y giros que te dejan con la boca abierta. Y no me quejo, soy la primera que las lee y las mira -las malas no.

Algunas de las sagas de temática criminal que más furor han causado en novelas, series y películas rezuman sadismo y algún que otro punto de gore, por decirlo a la ligera. Reconozco que he leído y visto unas con la atención dividida y otras con el corazón en un puño, no por el avance de la trama, sino por lo que se está narrando y describiendo. ¿Este tipo de obras promueven el desarrollo de nuestra empatía o la cimentan?, ¿somos más impresionables ahora que hace 30 años o al revés? Por ejemplo, mi padre me explica cada historia de cuando era pequeño, en la escuela, que es para quitar el sueño a cualquiera…Sin embargo, si un capítulo de Bonanza no tenía un final feliz, el pobre hombre se quedaba hecho un trapo.

Es curioso, no hace ni una semana me explicaron que unos amigos, que rondan la veintena corta, no habían podido acabar de ver clásicos del cine como Blade Runner o El Exorcista. Ambos decían que eran soporíferas y muy lentas. Si mal no recuerdo, El Exorcista atemorizó a toda una generación (yo estoy en la generación del medio, aquella que ni se atemorizó ni se aburrió con ella porque, con todos los respetos, me dejó indiferente).
Mirad, el otro día quise leer a P. D. James, una de las damas clásicas del género de misterio, y no pude; no porque no me gustara la novela, sino porque se me iba la atención, se me escurría por sus páginas y se perdía por las paredes de mi casa. De modo que me dije, ‘déjalo y ya lo retomarás cuando estés menos adrenalítica…, no sé, pero creo que no va de adrenalina la cosa, sino de hiperestimulación. O puede que yo me tome la vida de una forma muy poco zen. Sea como sea, no pienso cambiar mi té y mi café por la tila y la manzanilla, de modo que, de vez en cuando, regreso a los clásicos y me obligo a centrar la atención en un único foco, no me gustaría desparramarme del todo por las paredes de mi casa de forma perpetua.


¿Y si el homo teknologikus necesita un nivel mayor de estimulación para acaparar su atención dividida? Da miedo, ¿verdad?



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