cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: La bicicleta de hierro

miércoles, 12 de septiembre de 2018

La bicicleta de hierro


Este relato participa en el concurso de historias de bicis (#historiasdebicis) convocado por la página web ZendaLibros.

La bicicleta de hierro

Dicen que cuesta recordar muchos de los momentos vividos cuando uno es un niño de menos de cinco años. No sé si seré un privilegiado, pero yo lo recuerdo como si fuera ayer.
Recuerdo la bicicleta de carreras de hierro con la que mi padre repartía el correo; según me contó, se la regalaron al cumplir los diez años de servicio:
—Ahora ya no tendrás que ir andando a repartir el correo —le dijo su jefe al entregársela.
Le instaló dos sacas en la parte trasera que siempre iban llenas de cartas e incluso paquetes.

Mi padre le cogió un tremendo cariño a la bicicleta, tanto que en el momento que todos iban dejando las dos ruedas a pedales para pasar a las motorizadas mi padre sorprendió a sus superiores cuando les contestó:
—Me quedo con la bicicleta —les dijo convencido—. Ah, y con el dinero que os ahorráis nos podéis comprar una abrigo nuevo a todos que quién más quién menos tiene un agujero por el que le entra el frío en invierno.
Aquel invierno lucieron los abrigos y subieron a mi padre a un puesto con más responsabilidad, aunque se tuvo que negociar:
—Si tengo que dejar de coger la bicicleta por ganar unos cuartos más, prefiero quedarme como estoy —les aseguró.
Al final encontraron un término medio. De buena mañana repartiría el correo en los barrios más alejados del centro. De esa forma cumpliría con subirse a la bicicleta durante un tiempo prudencial. Y a la vuelta le tocaría despacho.

El domingo la bicicleta descansaba y mi padre aprovechaba para dejarla impoluta.
Recuerdo que uno de esos domingos, no había yo cumplido los cinco años todavía, mi padre me dijo:
-Cuando seas mayor será tuya. Por eso tienes que fijarte bien como la cuida papá, porque así te durará tantos años como a mí.
Y así fue como los domingos ayudaba a mi padre a limpiar su bicicleta.

También recuerdo con claridad cuando le dije a mi padre:
—Quiero aprender a cortar con las tijeras.
—No, eres demasiado pequeño -me contestó seco—. Cortar con las tijera es peligroso.
—Por eso quiero que me enseñes —le dije convencido.
—¿Y por qué tanto interés?
—Porque quiero coleccionar todas las noticias que hablan de bicicletas y salen en tus periódicos.
—¿Mis periódicos?
—Sí, esos que tienes en el sótano.
—Pero si casi no sabes leer.
—Sí que sé.
—Aunque supieras. Eso periódicos no se recortan. Yo te enseño a cortar las tijeras —negoció—, pero me tienes que prometer que no recortarás esos diarios.
—¿Y podré recortar los que te compras cada día?
—Esos sí.
—Entonces vale. ¿Cuándo empezamos?
Cuando aprendí a leer de verdad, comprendí el valor que tenían esos periódicos para un amante del ciclismo como mi padre. Coleccionó todos aquellos que hablaban sobre las gestas de Eddy Merckx, en especial sus victorias en Giro de Italia y Tour de Francia. También tenía los que hablaban de la única Vuelta a España que ganó, la única que corrió, en 1973, el año en que yo nací. Ese año, pocos meses antes que yo naciera, me explicó mi padre que había ido hasta el puerto de Orduña para ver en directo la que se consideró la etapa reina de aquella Vuelta de 1973 en la que tres colosos compitieron por la victoria: Merckx, Ocaña y Thevenet.
Cargó la bicicleta de hierro en la baca del coche y fue hasta Miranda del Ebro, población en la que acababa la etapa tras bajar el puerto de Orduña. Y ni corto ni perezoso recorrió el recorrido de los ciclistas en sentido inverso hasta situarse a mitad de puerto y verlos pasar.
—Fue una etapa fenomenal —me contó mi padre años más tarde —. Fue la única en que Ocaña puso contra las cuerdas a Merckx subiendo Orduña. Lo vi pasar destacado y por un momento pensé que podría hacerse con la Vuelta. Pero en la bajada, Merckx y Thevenet se unieron y dieron caza a Ocaña para llegar a meta y ganar el de siempre.
Lo explicaba con una pasión que era imposible no sentir algo cuando uno leía esas crónicas que guardaba en el sótano. Eso me llevó a seguir su ejemplo y coleccionar recortes de diario de todos los eventos ciclistas que aparecían en ellos. Era como un momento de comunión con el ciclismo, mi padre y su bicicleta de hierro.
Ayer enterré a mi padre y hoy estoy en Miranda de Ebro, con su bicicleta de hierro. Le quiero hacer un último homenaje: subir el puerto de Orduña como él lo había hecho en recuerdo de aquella Vuelta del 73, en recuerdo de todos sus periódicos que provocaron que hoy yo sea periodista deportivo especialista en ciclismo, en recuerdo de su amor por el ciclismo y por encima de todo de su bicicleta de hierro.

David Gómez Hidalgo

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