cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: Que no te den gato por liebre

martes, 18 de diciembre de 2018

Que no te den gato por liebre



Por Noelia Santaren

Antes de que leáis el nuevo artículo de Noelia os quería anunciar que tiene nueva novela.
Lleva por título Galantus Nivalis: La matriz cristalina de la mente eterna, una carrera contra el tiempo, una aventura llena de curiosos personajes, un viaje por distintos mundos, dimensiones,… Si tenéis curiosidad, seguid el enlace.

Y ahora sí: Que no te den gato por liebre.


El otro día le estaba comentando a un conocido, bueno, más que comentar le pedía a gritos que me aclarase el gran enigma de por qué una novela mediocre (mala, para ser sincera) está petando el mercado editorial y se vende como churros. Y me respondió muy tranquilo que eso daba para escribir un artículo de reflexión… y en eso estoy, en escribirlo y en reflexionar acerca de este gran misterio que me descoloca y me exaspera por igual.
Además, como estamos en Navidad, va genial que hablemos de cierta tendencia a regalar libros que nadie va a a leer. ¿Hay algo más triste que un libro virgen en una estantería repleta de polvo? Ese libro guarda anhelos, deseos, mundos creados y perfilados según las ideas de una persona, su autor o autora; almacena esfuerzo, tiempo y dedicación.
Merece un respeto…
…siempre y cuando el libro te respete a ti como lector, claro está.

Y de eso quiero hablaros hoy, del respeto mutuo entre libro y lector. Porque estoy viendo demasiado bullying literario y eso me cabrea una barbaridad. Escritores que no lo son, pues un escritor no es el que se pone a escribir, sino el que escribe dominando la técnica. Si yo cojo un bloque de madera y me lío con el cincel, ¿soy ebanista? Si alguien coge un lápiz (léase un ordenador) y se pone a escribir, ¿es un escritor? Para mí no. Es una posibilidad en latencia, si se le da bien de forma innata tendrá que pulir su método, dominar unas técnicas, perfeccionar su estilo, etc.
Y ese es el problema, que el mercado editorial está plagado de posibilidades en latencia que, a juzgar por la calidad, se quedarán en eso, en posibilidades. No me refiero al escritor novel que tiene mucho que dar y está verde…, me refiero al escritor que no tiene nada por exprimir y que ni siquiera se da cuenta de ello.
Y me cabrea porque yo me estoy gastando dinero, tiempo y dedicación en leer algo que me falta al respeto. ¿Sabéis por qué escribo esto? Porque se me ocurrió leer (bueno, lo intenté) una de las novelas que están causando furor en el mercado editorial español. No tenía grandes expectativas, pero la sorpresa que me llevé fue mayúscula. Para mal, por supuesto; para requetemal. Y no es ni la primera, ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta vez que me pasa.
Hace muchos años, cuando era universitaria, tenía un profesor que era crítico literario de uno de los periódicos más famosos del país. Yo lo admiraba, al profesor, era una eminencia. Me confesó que tenía diez libros pendientes para reseñar. Pues sí que lee usted rápido, le dije. Qué va, respondió con sorna, casi nadie los lee, con (h)ojear unos fragmentos ya es suficiente.
Confieso que desde ese momento no he vuelto a comprar un periódico cultural. Y también confieso que gracias a esas palabras entendí muchas de las odiosas críticas que había leído y que no se podían coger ni con pinzas, pues eran catarsis personales que poco o nada tenían que ver con las obras objeto de esas columnas. Hay otras, por supuesto, que cumplen con su trabajo a la perfección. Y lo agradezco.

Nunca se debe olvidar que para gustos los colores. No aludo al lector que coge un libro malo y le gusta (a mí me han pirrado obras catalogadas como menores), sino con vender gato por liebre.
¿Compramos sin molestarnos en saber lo que compramos o es que hay mucha necesidad de regalos de conveniencia?
Porque queda muy cool regalar el libro de ese cómico tan famoso y que tal vez dentro de un año nadie se acordará de él. ¿Por qué hacemos esto? ¿Cuántos miles de libros hay olvidados en las estanterías de las miles de casas de cada país?
¡Libros vírgenes que jamás han sido abiertos!
¿Hay algo más triste?

Mi reflexión me ha llevado a dos conclusiones: o estamos locos o nos hemos vuelto tontos.
No sé cuál de las dos me satisface más. De modo que he reflexionado un poco más y me decanto por la primera ya que si estamos locos quiere decir que hemos perdido la cordura y eso nos exime en parte de nuestras decisiones, ¿no? Es que si decido aceptar que miles de personas están comprando novelas malas y no se dan cuenta de la calidad, me hundo en la miseria.
¿¡Qué nos está pasando!?
Jamás recomendaría leer El Quijote o La Divina Comedia, obras sublimes donde las haya y que yo leí por obligación (y estoy muy muy agradecida por ello, porque realmente son obras de arte que disfruté sobremanera, pero también son arduas de leer, lentas y muy exigentes; vamos un tostón para las mentes hiperestimuladas de hoy en día), pero tampoco quiero que los lectores consuman cualquier cosa que la publicidad les pone bajo la nariz. Soy lectora de best-sellers, los considero un descanso para la mente, libros que no requieren de mucha atención, ni de reflexiones ni de cavilaciones profundas y que mantienen tu vida emocional a salvo de intensas conexiones empáticas. Son blockbusters para relajarse y no pensar en nada más. Y son necesarios, especialmente para los que también leemos obras clásicas. Eso sí, leo best-sellers de calidad y por calidad entiendo que estén bien escritos (sin aspiraciones literarias, pero bien escritos), que tengan personajes más o menos creíbles y que la trama siga unas pautas de desarrollo coherentes. No desdeño las novelas de difusión masiva, pero exijo un mínimo de respeto.
Una vez, cuando estudiaba la carrera, se me acercó una compañera y me hizo un comentario malicioso sobre la saga de Harry Potter. Recuerdo que la observé con calma y le dije que si había una escritora que había conseguido que miles de niños de todo el mundo cogieran con ilusión un libraco de 500 páginas y lo leyeran dos y hasta tres veces..., que me quitaba el sombrero y me arrodillaba ante ella. Besaba el suelo si era necesario. Harry Potter es creatividad al cubo y cumple a la perfección con su escritura, estilo y ritmo de lectura. ¿Qué vas a darle a un crío de diez años, El desierto de los tártaros? Ya me lo leí con veinte y sufrí lo mío.

En definitiva, me gustan los best-sellers, pero pido un mínimo de respeto por ese lector que se está dejando tiempo y dinero en una obra. Sólo pido un poco de respeto por parte de las editoriales.
Y pido a los Reyes Magos un poquito de cordura y de competencia para todos los lectores, porque como sigamos comprando malas novelas, prefiero ni pensar en cómo acabará esto…

Amaos un poco, por favor, que no os den gato por liebre.
En serio, no somos tan tontos.


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