cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: Crowdfunding Y UNA MOTO NEGRA de Enrique de la Cruz

sábado, 9 de marzo de 2019

Crowdfunding Y UNA MOTO NEGRA de Enrique de la Cruz



Hola a todos. Hoy no os traigo mi habitual reseña, hoy voy a hacer algo más cercano. Voy a hablar un poco de mí. Quizás no os parezca muy atractivo pero voy a intentar captar vuestra atención.

Resulta que he escrito una novela. Es de género negro, ambientada en Fuenlabrada, la ciudad donde crecí, que no deja de ser una ciudad tan normal como cualquiera del extrarradio de Madrid o Barcelona, por ejemplo. En ella se cuentan las peripecias de Alfredo, el protagonista, mientras intenta ayudar a un amigo de la infancia, Rufo.
Es una historia a la que no le faltan los asesinatos, la investigación policial, la ambición, el dinero... Por cierto, se titula Y una moto negra.
No está bien que yo lo diga pero cuenta con un argumento original y unos personajes cercanos a nuestro día a día. Celia, por ejemplo, es una mujer fuerte que resulta clave en la trama al intentar manejar la situación para sacar el mayor beneficio posible.
Para editar esta novela cuento con el apoyo  de Libros.com, editorial que basa la financiación de los proyectos a través del crowdfunding, también conocido como micromecenazgo.
El crowdfunding es un sistema de financiación de proyectos basados en la colaboración colectiva. Se trata de que muchas personas aporten pequeñas cantidades para llegar así al objetivo fijado. Dentro de ese objetivo se engloban los diferentes gastos de edición, maquetación, distribución y publicidad.

Para colaborar con el proyecto de Enrique de la Cruz, mi proyecto, solo tenéis que pinchar sobre el banner.



Como sé que es una apuesta a ciegas y sintiéndome en este blog como en mi propia casa, quiero compartir en este post un capítulo de Y una moto negra en exclusiva para vosotros. Espero que os guste y os animéis a participar.

Adelanto de Y UNA MOTO NEGRA, por Enrique de la Cruz.

Cuando oyó la voz del Cojo en el teléfono reaccionó con incredulidad. Mientras el camarero le explicaba que Ernesto estaba allí, borracho como una cuba y sin poder pagar la fiesta, intentaba asimilar todavía que le hubiesen llamado a él. «En cinco minutos estoy ahí», y concluyó la llamada. Se puso la cazadora y se fue de casa dando pocas explicaciones.

Salió del garaje y giró por dirección prohibida para ganar algo de tiempo. El tráfico era escaso a esas horas. Efectivamente, en cinco minutos se plantó en el bar. Aparcó la moto en la puerta sin ponerle el candado y entró ya con el casco en la mano. En una de las mesas estaba Ernesto, con las manos tapándole la cara, se podría pensar que se había dormido. Alfredo se dirigió al Cojo primero.

—Buenas noches, Luis.
—Hola, Alfredo.
—¿Cuánto se debe? —dijo sacando la cartera.
—No es el dinero, Alfredo; es que no se tiene casi en pie.
—Dime cuánto es, por favor. Es lo justo.
—25 euros.
—Aquí tienes —puso el dinero sobre la barra—, pero podías haberle parado antes, ¿no?
—No me vengas con sermones, muchacho; que ya somos mayorcitos.

Se fue hacia la mesa donde dormitaba el viejo y le tocó el hombro con cuidado. «Vamos, Ernesto; se ha hecho tarde», le dijo sin reproche. Salieron del bar, ya vacío, caminando despacio. Ernesto parecía querer hablar pero no se hacía entender. Alfredo lo tranquilizaba con palabras amables. Al salir del bar puso el candado a la moto y siguieron hacia casa.

Anduvieron el camino a pequeños pasos, al lento ritmo que marcaban Ernesto y su borrachera. Apenas se cruzaron con nadie por la calle; el viento, sin llegar a ser frío, era molesto. Para llegar a su casa tenían que pasar por delante de un parque en el que había unos muchachos. Eran cinco o seis; del barrio, conocían a Ernesto pero Alfredo no los conocía a ellos porque eran más jóvenes.

Durante el paso por el parque Alfredo notó que los chavales empezaban a murmurar; luego los murmullos pasaron a ser chistes inaudibles y las risas empezaron a aumentar. Alfredo intentó no hacerles caso pero, al ver que no paraban, les miró con intención de que se cortaran. No solo no dejaron de mofarse sino que uno de ellos se decidió a vocear: «¡ya no estás para estas cogorzas!»; los demás rieron a carcajadas. No fue un gesto muy valiente ya que esperaron a que hubiesen doblado la esquina para gritarlo.

Alfredo acostó a Ernesto después de quitarle la ropa y ponerle un pijama. Cuando terminó de echarle en la cama llamó a Celia para decirle que se iba a quedar a dormir en casa de Ernesto. No hubo ninguna pega por su parte, cosa que Alfredo agradeció, acto seguido salió a la calle con intención de traer su moto a un sitio más seguro; o al menos eso pensaba él pero se sorprendió agarrando un palo que había en un jardín y doblando la esquina mientras lo usaba como bastón.

Las risas dejaron de escucharse cuando vieron que el chico se acercaba a ellos de forma directa, con gesto tranquilo, desafiante. El que había sido más chistoso se quedó parado al momento, intuyendo cierto grado de enajenación transitoria en Alfredo. Todos callaron cuando
empezó a hablarles.

—¿Ya no os reís? —preguntó apoyándose en el palo.
—Vale, tío; vamos a tranquilizarnos —dijo uno que parecía más mayor que los demás —. Solo era una broma.
—Sois unos mierdas.
—Eh, no te pases —replicó el más guasón haciendo ademán de levantarse.
—Y tú el más mierda de todos, enano —le dijo apuntándole con el palo a escasos centímetros de la cara.

El chico se sentó de nuevo sobre el respaldo del banco visiblemente asustado; en ese momento, el primero que habló volvió a intervenir poniéndole la mano en el hombro a Alfredo aparentando cercanía. Alfredo le apartó de un manotazo, tiró el palo al suelo y se fue.

Cuando se vio a salvo respiró aliviado porque el farol podía haber terminado en paliza; solo con que uno de ellos se hubiese decidido a atacarle habría sucedido. Por suerte, el que parecía el líder se mostró tranquilo y conciliador; quizás pensó que un tipo que se presentaba así ante un grupo de seis estaba algo zumbado y que no merecía la pena pegar a un zumbado; o igual entendió que se habían pasado y que eran justos los insultos. Sea como fuere, Alfredo se fue de allí intacto.

Aparcó su moto en un sitio resguardado de miradas indiscretas y entró en la casa de Ernesto, que seguía dormido profundamente. Llamó a Celia para charlar un rato y explicarle la situación como más detalle, intentado evitar que se enfadara. Ella se mostró comprensiva y habladora; tuvieron una conversación muy agradable y extensa; hablaron de asuntos triviales durante más de media hora, más de lo que hablaban cualquier día antes de acostarse. Cuando terminaron de hablar se puso cómodo en el sofá del salón y encendió la televisión con intención de dormirse.

A media noche, a eso de las cuatro de la mañana se despertó por el ruido que hizo Ernesto al levantarse a mear. Se incorporó en el sofá y le observó saliendo del baño para volver a la cama. Le siguió por si necesitaba ayuda. Ernesto se echó en la cama en varias fases; primero se sentó y luego se dejó caer para dormirse. Al notar a Alfredo en la puerta le dijo:

—¿Qué haces ahí? —parecía que le hablaba a la pared—Acuéstate, hombre.
—¿Estás bien, amigo? —le preguntó preocupado.
—No estoy bien, me muero.
—Bueno, mañana estarás mejor; duerme un poco.
—Es en serio —se giró en la cama para hablarle a la cara—, me quedan seis meses, como mucho.
—No me jodas —le costó articular las palabras.
—Era normal, si dedicas tu vida a maltratar el hígado terminan pasando estas cosas.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Pues el médico, que para eso están.
—Joder... —se acercó a él y le abrazó.
—No te pongas así, muchacho —trató de calmarle—. Todos terminamos igual.
—Pero así...
—Bueno, he tenido tiempo para despedirme de ti, que eres la única persona que se preocupa por mí.
—Sabes que te quiero, amigo.
—Claro que lo sé, muchacho. Yo a ti también.
—Haremos algo para que vivas lo mejor posible el mayor tiempo posible.
—Gracias pero no le des más vueltas, ya he vivido todo lo que tenía que vivir. He reído, he llorado; he amado y he sido amado. Se puede decir que no me he dejado nada en el tintero.

Alfredo lloró sin pudor abrazado a su amigo, que trataba de tranquilizarle. Estuvieron unos minutos hablando de los pormenores de su enfermedad, hasta que Ernesto le dijo que estaba cansado y que necesitaba dormir.

A la mañana siguiente, Alfredo se levantó temprano para ir a trabajar. Se acercó a la habitación de Ernesto, que roncaba ruidosamente. Lo dejó allí, dormido, y se despidió de él con una nota en la cocina.

Voy a trabajar. Luego hablamos. Un abrazo.




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