viernes, 26 de diciembre de 2008

Aprendiendo rápido



Bajo las escaleras al máximo de lo que podían dar sus pequeñas piernas, y con toda la ilusión que le puede generar el día de Navidad a una niña de cinco años.
Se dirigió al árbol y no vio nada bajo él. No se rindió y le dio la vuelta sin éxito, y comenzó a llorar.

-Cariño, la niña ya ha bajado al salón –le dijo ella sin mover un solo músculo.
-Ya la escucho.
-¿Y no piensas bajar?
-También podrías bajar tú.
-Pero fue idea tuya.
-Y tú diste el visto bueno.
Se continuaron haciendo reproches mientras la niña no dejaba de llorar y llevada por la rabia tiró el árbol de Navidad al suelo. El estruendo fue mayúsculo y la pareja salto literalmente de la cama.

-¡Pero qué has hecho! –gritó el padre al entrar al salón.
La niña continuó llorando y pataleando.
-No le grites a la niña –y la cogió entre sus brazos meciéndola con cariño-. Tranquila que seguro que se ha equivocado de casa y los juguetes estarán en la casa del vecino.
-Eso, dale tú alas a la niña –y se sentó de mala gana en su sillón.
El llanto comenzó a mitigarse entre besos y caricias de la madre.
En cuanto paró de llorar el padre se dirigió a ella:
-¿Qué te dijo el papa?
-No me acuerdo.
-No te acuerdas, o no quieres acordarte.
-No atosigues a la niña –salió en su defensa la madre-. Pobrecilla, mira que disgusto se ha llevado.
El padre la miró con cara de pocos amigos y pensando: “si ella estuvo de acuerdo conmigo. Ahora me quiere dejar como el malo. Siempre igual.” Pero no se rindió:
-No te dijo el papa que si te seguías portando mal, quizás, Papa Noel no te dejaría regalos.
-Sí –dijo haciendo moros.

El padre sabía que no se podía razonar con una niña de cinco años como si fuera un adulto, pero su comportamiento en los últimos meses le llevó a pensar que quizás fuera mejor tratarla como a una niña de más edad. Y es que a veces, lo comentarios de la niña le llevaban a pensar que iba demasiado adelantada para su edad, y lo más desconcertante del caso es que, al juntarse con niños y niñas de su edad parecía ser la más pequeño, la más tontita, las más vergonzosa y no decía ni mu, incluso algunas veces había llegado a casa quejándose de los niños de su clase diciendo que le habían pegado. Los padres preocupados llamaban a la escuela y podían constatar que no era cierto que la pegaran, aunque la maestra le comentó una de las veces que lloraba más de lo normal para su edad. Ya no sabían que pensar ni que hacer y más cuando podían comprobar en sus propias carnes como se las gastaba en casa.

-Pues ya ves que el papa no te lo decía para que te enfadaras.
La niña dejó la protección de su madre y corrió hacía los cajones del mueble bar. Abrió uno de ellos, metió la mano, cogió la carta de los reyes y la rompió en cuatro trozos antes que la madre le gritara:
-¡Qué es la carta de los reyes!
-No le grites a la niña –le recriminó él ahora, cosa que no le sentó muy bien a ella que lo miró con cierto odio.
La niña aprovechó el tiempo que se dedicaron a mirarse los padres para abrir otro de los cajones, coger un folio, un lápiz, y sentarse, no sin dificultades en la mesa del comedor.
La madre se acercó y le preguntó:
-¿Qué vas a escribir?
-La carta de los reyes.
-¿Y no te servía la otra?
-No, porqué ahora tengo que pedirle el doble.
El padre se echó la mano a la cabeza. ¿Qué iban a hacer con aquella niña?
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