martes, 25 de agosto de 2009

Una jugosa utopía 0.3



Meatfield no salía de su asombro:

-Los ratones no pueden saltar tanto –se dijo. -¿Pero dónde se ha metido? –poniendo cara interrogativa y mirando a derecha e izquierda. El ratón ya no estaba allí.

La anécdota alegró su día, y es que últimamente no estaba de muy buen humor. No acaba de encontrar un explicación a ese estado, tampoco le quería dar más vueltas al asunto; tampoco tenía con quién compartir sus preocupaciones. La echaba tanto de menos. Y ahora se estaba preocupando por un ratón, rompiendo su tranquilidad, creándose un agujero negro que no lo llevaba a ningún lado.
Recogió los pocos troncos que había cortado y volvió con paso lento a su cabaña en busca de su elegida rutina.

Al cabo de dos días su asombro fue mayor. Estaba recogiendo unas bayas cuando delante de él pudo ver con claridad un conejo saltando con garbo. Esta vez se frotó los ojos y se quedó paralizado. Los únicos conejos que había visto estaban en las enciclopedias virtuales. Hacía años que se habían dado por extinguidos, pero el tenía uno allí delante. No supo reaccionar, no supo que hacer ante aquella imagen.



-¿Tenéis conejos? –preguntó Yurislav sorprendido.
-Sí.
-Sí, y ya está. Los conejos llevan extinguidos muchísimos años.
-Sí, los conejos y las demás especies animales. Por los campos sólo se pueden ver, de tanto en tanto, ratoncillos –le contestó con una infinita calma Jesse.
-Pero esto es un conejo, ¡Joder! –Exclamó demandando alguna explicación más.
-Ya te dije que el proyecto es importante y que no escatima esfuerzo. Recuerda que no puedes contar nada de los que estás viendo. Has firmado un contrato de confidencialidad. Podrías tener serios problemas si lo hicieras.
-No hace falta que me lo recuerdes, pero me podrías explicar que hace aquí un conejo.


Los humanos habían consumido todo lo que se podía consumir. Fue lo que se llamó el punto de no retorno.
Tan sólo quedaban las granjas para poder generar alimentos cárnicos. En un primer momento los propietarios de las granjas se frotaron las manos pensando en los beneficios que podrían llegar a amasar, pero una cosa es lo que uno piensa y otra muy distinta lo que llega a suceder.
Los ataques a las granjas fueron continuos. Se mataba por una vaca, por una cabra, por un simple conejo. Tener una granja no era una alegría para nadie. Los riesgos eran demasiados, así que poco a poco se fueron abandonando. Lo que pasó después es otra historia, una desagradable historia, la superpoblación humana llegaría a ser una ventaja.

Mucho antes del punto de no retorno y después de haberlo gritado a los cuatro vientos sin ser tenidos en cuenta, sin ser escuchados, como casi siempre, un grupo de científicos se puso manos a la obra, para en secreto, poder conservar algunos conejos, cerdos, monos y así poder continuar con sus investigaciones. Los ratones no eran problema había una cantidad ingente de ellos. Nadie les hacía caso, nadie los quería, ni siquiera asustaban, pero se guardaron las espaldas conservando algunos de ellos por lo por si las cosas cambiaban en un futuro. Sin aquellos animales las investigaciones no podrían continuar. Y debían hacerlo.



-¡Un cerdo! –gritó Meatfield. Casi llorando miró al cielo buscando respuestas, buscando ayuda. –Aistrup, amor mío, ¿crees que me estoy volviendo loco?

No esperó la respuesta. Salió corriendo tras el animal al que, esta vez sí, pudo dar alcance.
El animal parecía asustado, desorientado. Meatfield lo abrazó, lo acarició. Ahora tendría un amigo con el que poder hablar, con el que poder compartir largos paseos; un amigo al que cuidar. Se había pasado casi toda su vida cuidando de su mujer enferma. El mismo día que la conoció supo que sería así y no renunció a ella.
Muchas veces se preguntó sino fue la propia enfermedad la que lo eligió a él, o era él quién buscaba alguien enfermo al que ayudar. En aquellos momentos de su vida, se sentía solo, vacío, sin rumbo, sin objetivos. Con toda seguridad necesitó darle un sentido a su vida.
Pasaron los años y no se volvió a cuestionar su amor hacía Aistrup. Era verdadero, era duradero, era infinito.
No fueron años fáciles lo que tuvo que compartir con ella, pero si se ponía a pensar en la balanza, ésta siempre estaba inclinada hacía la parte positiva. Eso le hacía sentirse feliz. Qué podía pedir más.
Quizás era eso lo que le volvía a pasar ahora. Después de ver aquel cerdo reconoció los síntomas.

-¡Aistrup! Mira. –Levantando el cerdo sobre su cabeza y ofreciéndoselo al cielo. –Un nuevo miembro de la familia.

Continuará
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