jueves, 27 de agosto de 2009

Una jugosa utopía 0.4



Yurilav vio como un ratón y un cerdo desaparecían antes sus ojos incrédulos. ¿Eso demostraba que se podía viajar en el tiempo? Según Jesse era así, aunque tampoco se tomó la molestia de dar demasiadas explicaciones.

-¿Y bien? ¿Estás preparado para viajar?
-Supongo que sí, que remedio, pero antes me gustaría despedirme de alguien.
-¿Tienes miedo de no volver?
-No te voy a decir que no. Tampoco me has explicado mucho para tranquilizarme.
-Cuanto menos sepas mejor para ti. Te dije que debías confiar en nosotros. –Silencio. -¿Confías?
-Debo hacerlo, ¿no?, sino no estaría aquí.
-¿Cuánto tiempo necesitas?
-Supongo que con dos o tres horas bastará.
-Te dejo cuatro. Nosotros estaremos aquí preparándolo todo para tu viaje.



Cuando Jesse vio desaparecer el primer ratón, supuso que él sería el primer humano en probar la máquina, el primero en viajar en el tiempo. Por eso había dejado una prometedora carrera como atleta; por eso había luchado sin descanso convirtiéndose en uno de los físicos más eminentes del planeta; por eso llevaba años sin ver, sin hablar, sin comunicarse con sus padres y no por no intentarlo; el teléfono sonaba y sonaba, pero nunca era descolgado.
Un día se plantó frente a la puerta de la casa de sus padres. Todas las persianas estaban bajadas. Parecía que no viviera nadie allí. Tocó el timbre para denotar su presencia. Nada. Probó con sus viejas llaves. Nada, habían cambiado el paño de la puerta. Dio un rodeo a la casa para ver si podía entrar por la puerta trasera. Estaba tapiada.

-Hace años que ya no viven aquí, Jesse. Les hiciste mucho daño.

Miró a la vecina durante unos segundos y volvió por donde había venido.
Al llegar al centro de investigación les dijo a los ingenieros que lo prepararan todo para su inminente viaje.

-Tú no puedes viajar todavía –sintió una voz desde lo alto de una de las plataforma que rodeaban la planta central.
-¿Por qué? Es mi invento. Me he pasado media vida estudiando para llegar a este momento.
-Sí, tienes razón, pero si algo saliera mal. ¿Quién lo iba a solucionar?
-Aquí ahí gente lo suficientemente preparada para poder continuar mi trabajo en caso de que fallara algo, que no fallará. Será ir y volver. De esa forma podremos mejorar, calibrar con mucha más rapidez. Lo habré probado yo, su inventor.
-No. Debes encontrar una cobaya, y cuando ésta realice el viaje con éxito, te dejaré viajar a ti.



Tocó la puerta con los nudillos, y escuchó unos pasos lentos y pesados se acercaban.
-¿Quién es? –se escuchó tras la puerta.
-Soy yo, Yurislav.
-¿Yurislav? No puede ser. Lleva años encerrado. No me vas a engañar. Ya te puedes ir largando.
-Abuela, de verdad que soy yo.

Un hilo de luz se coló por la pequeña ranura que sirvió para que la abuela de Yurislav pudiera comprobar que realmente era él.

-¡Hijo mío! ¿Te has escapado? –dijo emocionada.
-No abuela, no me he escapado. –Casi no pudo acabar la frase ante la acometida de la anciana que se le tiró a los brazos.
-Eres tú, hijo, eres tú. Ya estás curado y por eso te han dejado salir. ¿Verdad?
-No abuela, no estoy curado. Entramos y te lo cuento. ¿Tienes galletas de las tuyas?
-¿Lo dudas? –Y rieron los dos.

Yurislav le explicó que había recibido una visita de alguien que trabajaba para el gobierno y que a cambio de participar voluntariamente en un proyecto de alto secreto, le dejarían salir y le prometían que se curraría.
La abuela no acabó de entender parte de la historia, pero le daba igual, le bastaba con la presencia de su nieto allí.

-Abuela, un día te encerrarán si descubren que haces galletas.
-No creo, las puedo hacer pasar por puré sintético al horno. –Rieron. -¿Te vas a quedar a dormir?
-No abuela. Me han dado cuatro horas y aún tengo que hacer otra visita.
-Pues vaya fastidio. Ya podrías decirles a los del gobierno que te dejaran un poco más de tiempo.
-No es posible.
-¿La vas a ver a ella?
-Sí, necesito despedirme de ella también.
-Lo pintas como si no fueras a volver nunca más. –Silencio, miradas encontradas.
-Realmente no sé que pasará. Ellos están muy seguros, pero…
-Pues si no estás seguro no lo hagas.
-¿Y si sale bien? Puede ser una oportunidad de curarme.
-Yo te veo muy bien.
-Supongo que la libertad me ha sentado bien, pero no estoy seguro de cuánto durarán sus efectos beneficiosos. –Yurislav hizo una pequeña pausa y le preguntó: -¿Alguna vez pudiste comer algo que no fuera el puré sintético o las galletas caseras? –mientras saboreaba una de ellas.
-¿Y eso a qué viene ahora?
-Por favor. Tú contéstame. No te puedo contar más, de verdad.
La abuela sabía que su nieto no preguntaba las cosas por qué sí. Tenía que existir alguna razón. No quiso incomodarlo con más preguntas. No tenían tiempo para tanto.
-No, yo no. Creo recordar que mi abuela si que tuvo la suerte de hacerlo, o quizás mi memoria me engañe y lo he leído en algún sitio.
-¿No estás segura?
-No.
-¿Qué te hubiera gustado comer de aquello que conoces que existió?
-Uy, déjame pensar. –La anciana miró al techo como concentrándose para visualizar los platos que había tenido la oportunidad de ver en las enciclopedias virtuales que pudo consultar cuando era joven. –Sabes, estoy tan acostumbrado al puré sintético y las galletas, tengo tan poco desarrollado el gusto, que no sabría que decirte. Las imágenes no tienes olor, no tienen sabor. –Pausa. –Lo siento.
-No pasa nada abuela. Entiendo que es difícil responder. Bueno, me tengo que ir.
-¿Ya te vas?
-Sí, sino no tendré tiempo de visitarla.
-Ten cuidado.
-Lo tendré.

Continuará
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