domingo, 13 de septiembre de 2009

"Déjame entrar", Tomas Alfredson y John Ajvide Lindqvist



Así acababa Andreu Romero un post hace unos días ( Aquí el post):

“Y como obra maestra sobre vampiros, la película "Déjame entrar", auténtico ejemplo de que menos es más.”

Y claro, me decidí a visualizar la película desde mi butaca con todas las expectativas puestas en ella.

Para empezar quiero declarar que el tema vampírico no es de los que más placer me cree al leerlo o verlo; quede dicho de antemano. Supongo que Anne Rice no actuó de igual forma sobre mí que sobre una gran parte de los mortales, pero siguiendo con las confesiones, tengo un grato recuerdo de Entrevista con el vampiro.
Y por qué quería matizar este punto, pues porque Déjame entrar no es una película de las típicas y tópicas de vampiros con un despliegue de efectos especiales, con entornos superficiales, con personajes invisibles de alma, sangre y colmillos. Si eso es lo que buscáis en Déjame entrar, os recomiendo no verla.

Déjame entrar tiene el guión de John Ajvide Lindqvist (basado en su propia novela “Déjame entrar”) y dirección del sueco La soledad acompaña a los personajes de la película, esa soledad que ahoga en muchos momentos o que lleva a matar en muchos otros por seguir en compañía de los seres queridos.

Desde el mismo inicio sabemos que nos encontramos ante una película con sentimiento; el silencio del inicio mientras cae la nieve lo encuentro genial; nieve que no desaparecerá durante toda la película y que reafirma aún más la soledad de los personajes.

Un niño de padres separados, asediado por sus compañeros de clase, se ve reflejado en la ventana de su piso entrenándose con un cuchillo en la mano para una posible defensa que no tiene fuerzas para ejecutar. Con una madre que parece más preocupada por lo que dan en la televisión que por las preocupaciones de su hijo. Y con una curiosa afición por parte del niño: coleccionar recortes de periódico de personas asesinadas. Tiene que buscar la fuerza donde no la hay.



Una niña que llega aquella misma noche al barrio acompañada por su padre y que no va nunca a la escuela. Que aparece en escena sin hacer ruido y que las primeras palabras que le dice al niño son: “No podemos ser amigos”.



Una complicidad que va creciendo a medida que pasa la película sin que ninguno de los dos le pida al otro nada a cambio, simplemente el sentirse acompañados.

Déjame entrar, un título cargado de metáfora sentimental, de amor, de compromiso, y que el director nos presenta en dos buenas escenas, sobre todo la primera con el padre de la niña.

Alguna escena más que quisiera destacar (sin dar demasiadas pistas para que las podáis disfrutar):

-La de los gatos (sabréis a que me refiero). Que juguetones los mininos.
-Niño arañado la pared, primer sentimiento de afecto en mucho tiempo para él.
-La última de la piscina que nos tiene con el corazón en la boca.
-El primer encuentro de los niños.
-La escena del patinaje porque casi aplaudo (que no lo haría nunca en un cine, pero en mi casa no molestaría a nadie). Supongo que por vivir la escena más de una vez, sea en la vida real o con demasiada asiduidad en los televisores.

Bueno y no os quiero cansar más, aunque alguna cosa mala tiene que tener, ¿no? Quizás un poco lenta en algunos momentos, aunque entiendo que el director nos quiere hacer sentir la soledad y el agobio de los personajes, incluso los que se sienten acompañados en el bar tomando cervezas y que en definitiva son los que más solos están.

Película recomendada por mi parte.

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