martes, 1 de septiembre de 2009

Una jugosa utopía 0.5



Yurislav salió cabizbajo de la casa de su abuela. Pensó, y quizás no le faltaba razón, que podría ser la última vez que la vería si algo salía mal. Pero era el riesgo que tenía que coger si quería ser libre de una vez por todas.
También tenía un sentimiento de traición. Lo pudo ver en sus ojos. Ella no quería que se marchara ahora que había podido salir. Sintió que necesitaba su compañía, su calor, sus palabras; tanto tiempo en soledad. Ella fue la única que pudo estar a su lado en los momentos más difíciles. Junto a ella tomó la decisión de internarse para poder curarse, cura que no había llegado en todos aquellos años y que ahora creía tocar.
-No te preocupes por mi hijo. Sé cuidarme.
-No lo dudo abuela, pero…
-Sin peros. Es lo mejor para ti.
-¿Y para ti?
-Si lo es para ti, lo es para mí –y se dieron un abrazo que no se repetiría, ya que no eran permitidas las visitas.

No le pudo explicar el porqué de su traición. No podía. Quiso tranquilizarse pensando que lo había comprendido y que continuaría cuidándose ella sola.
Quizás era él quién precisaba de su compañía. En cuanto acabara su misión no se volvería a separar de ella.

Encaminó sus pasos decididos hacía el cementerio. Se había levantado un poco de viento. ¿Sería eso un problema para el experimento? Se lo preguntó como buscando una forma de echarse atrás. Visitar a su abuela le había retornado la intranquilidad de los primeros momentos, cuando Jesse le explicó en que consistía el proyecto.
-Debo hacerlo –dijo en voz alta, sin que nadie lo pudiera escuchar. No pasaba ni un alma por las calles. Su intimidad sería completa.

Cual fue su sorpresa al encontrar la puerta del cementerio cerrada.
“Ante los últimos actos de vandalismo se ha decidido restringir el paso a este campo santo”, rezaba un cartel que había colgado justo en medio de la puerta.
-¿Actos de vandalismo? –se dijo.
Sospesó las posibilidades que tenía. Debía decidirse rápido. El tiempo apremiaba.
Miró a izquierda y derecha; dejó de respirar para escuchar los posibles ruidos en el interior del cementerio; tan sólo el viento ululaba con una fuerza cada vez mayor. Miró la puerta y decidió que tenía la suficiente fuerza para saltar. Era todo un riesgo. Podría poner en peligro toda la operación. Junto los labios, asintió con la cabeza como diciéndose: “el riesgo vale la pena”, y comenzó a trepar.



-¿Cuánto lleva fuera? –preguntó Jesse a uno de sus colaboradores.
-Tres días señor –con una tímida voz, casi con miedo a que Jesse estallara.
-Bien –respondió sereno.
Jesse inspiró con fuerza y volvió a su despacho para revisar los cálculos que habían efectuado antes de lanzar a Yurislav.

-Hum, tres días –pensaba–. Sí, pueden ser muchos y a la vez pocos. Vete a saber dónde ha caído –hablaba para sí mismo intentando templar su ansiedad–. Espero que el imbécil haya entendido bien mis instrucciones para el retorno.
No esperaría mucho más. Dos días a lo sumo. Si no volvía enviaría otro en su búsqueda. Había invertido mucho dinero y sobre todo tiempo para que todo saliera bien. Por una parte sería consagrado como el mejor físico de la historia al conseguir que un humano pudiera viajar en el tiempo; por otra, un rendimiento económico sin precedentes. La Real Asamblea del Gobierno Global estaba tras el proyecto y por tanto tendría vía libre para comerciar con los productos que pudiera traer del pasado. ¿Quién no se gastaría parte de sus ahorros para dejar a un lado la maldita compota sintética? Él sería el primero.
Instintivamente se comenzó a relamer imaginando otros productos, sabores, colores, olores. Palustreaba deliciosos manjares que sólo había podido ver en la enciclopedia digital, a la vez que movía los dedos como si lo tuviera entre las manos.
-Maldito Yurislav. Ese seguro que no vuelve. Se tiene que estar poniendo las botas –y golpeando la mesa gritó–: Dos día, dos días más y voy a por ti.

Continuará
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