martes, 6 de octubre de 2009

Silvania (I)



Cuando escuchó por primera vez que existía un continente sumergido en el Índico llamado Lemuria y que allí habitaba el Salvador, no sé lo pudo creer. ¿Cómo podía alguien vivir bajo el mar desde tiempo ancestrales a la espera del momento adecuado para volver a reinar sobre la Tierra?
Lo que Silvania no sabía es que el Salvador no vivía como vulgarmente se podía entender, sino que se alimentaba de los sueños de los vivos y dormitaba en las profundidades de una ciudad ciclópea de enormes bloques de piedra. Por si eso fuera poco, la ciudad estaba llena de gigantescos monolitos tallados sin geometría aparente y cubiertos de jeroglíficos. La mayoría de los entendidos creían que eran unas instrucciones para poder despertar al Salvador; otros tenían la teoría que se trataba de una especie de dogma que debían seguir los iniciados para poder conseguir la, mal llamada, paz en la Tierra, ya que no estaría exenta de sufrimientos y sacrificios. El descontento generalizado de cuatro generaciones de humanos era un germen perfecto para todo tipo de grupos pro-salvación. Los seguidores del Salvador, aún siendo pocos, eran de los más activos. No fallaban a ninguna de las reuniones rituales convencidos que el nuevo inicio estaba cada vez más cerca.
La mayoría llevaban tatuado sobre el corazón un monstruo con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso, cuatro extremidades dotadas de garras, un par de alas y una estrecha espalda. Existían pocos artistas capaces de realizar el tatuaje a la perfección. Silvania también lo llevaba tatuado entre los senos. El trabajo del tatuador había sido excelente. El dolor había merecido la pena. Se sentía liberada por primera vez en su vida desde que su madre murió en manos de un desconocido sin motivo aparente. Eso es lo que decía el informe policial. La traducción de Silvania era: asesinato sin resolver.
A su padre no lo conoció.

Ni siquiera la poesía podía acallar sus gritos de venganza, y es que la paz que buscaba Silvania era sinónimo de muerte. Se podía pasar días enteros con sus noches, tan sólo descansando para beber, escribiendo sin parar, intentando enmudecer sus fantasmas del pasado llenos de ira hacía alguien que no conocía. Algunas veces se sentía absurda por tenerle ira a un desconocido, era como disparar sobre nada, pero esa nada le arrebató a su madre.


Algunos de los jeroglíficos habían podido ser transcritos mediante la escritura automática. Tan sólo podían llegar a ellos las personas llamadas “físicamente hipersensitivas”. El Maestro era uno de ellos.
Silvania había escuchado como el Maestro explicaba, en una de sus primeras reuniones, que había intentado conseguir el supuesto texto completo, pero sólo había obtenido el rito de invocación, el rito de adoración. En cierta forma se sentía un poco decepcionado, no con el Salvador, sino con Él mismo por no ser más sensitivo.
Se había puesto en contacto con otro grupo de adoradores para ver si ellos habían tenido más suerte y entre todos poder tener el texto completo, pero todos tenían la misma transcripción. Eso reforzaba aún más la cohesión de grupo: un mismo rito, un mismo dogma, un único Salvador.
Mientras tanto, seguirían con su ritual a la espera que los astros ocuparan una determinada posición que tan sólo conocían los Maestros. No podían dejar de adorarlo; debían seguir alimentándolo con sus cantos para que su sueño no fuera eterno, para que la esperanza de un nuevo Mundo no se esfumara. El culto secreto estaría allí, esperando el momento. Ellos serían los elegidos.


Silvania y Yurislav se conocieron en un taller de poesía que ella impartía por aquel entonces. A él siempre le había gustado escribir. Tenía la sensación de no hacerlo todo lo bien que se debía, y además, el taller podía ser una buena oportunidad de hacer nuevas amistades, de compartir experiencias, de romper con la rutina. Así que cuando vio el anuncio en el rótulo luminoso que había instalado su peluquero, tomó nota y no se lo pensó dos veces, aunque el peluquero intentara disuadirlo:
-Oye Yuri, que la poesía es cosa de mujeres.
-¿Quieres decir?
-Sí, seguro. No conozco a ningún tío que escriba poesía.
-Ahora me entero que lees algo más que esas revistruchas de tías en porretas que tienes por ahí tiradas.
-No te pases tío.
-Eres tú el que ha dicho que sólo era para mujeres.
-Pues lo siento si te he ofendido.
-Sí, ya, pero lo has dicho.
-Vale, perdona, intentaré ser más prudente.
-Eso espero. Disculpas aceptadas.
El peluquero continuó cortando el pelo ha Yurislav, pero a éste aún le rondaba una pregunta más:
-Y por cierto, pensado lo que piensas, y siendo una peluquería para hombres, ¿cómo pones un anuncio así en tu local?
-El dinero es el dinero –y los dos se rieron, lo que casi le cuesta a Yurislav un trasquilón.


Diez eran los participantes en el taller, pero desde el primer momento la invisibilidad de la química actuó. El segundo día de taller, Silvania y Yurislav, como si lo hubieran planeado de antemano, salieron los últimos. Pasaron gran parte de la noche charlando animadamente en un parque cercano y se pudieron dar cuenta que, a poco que se lo propusieran, podrían tener un futuro como pareja.
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