domingo, 25 de abril de 2010

Un relajante día de Sant Jordi



Salimos pronto de trabajar y decidimos ir a un buffet japonés, aunque ha decir verdad, tendría que decir: japo-chino, pues lo único japonés es el sushi, o eso a mi me parece; yo lo veo todo igual que en un chino, o quizás mi cultura no da para más y no sé distinguir.
La cuestión es que está muy bueno a la par que divertido. Te sientas al lado de una cinta circular giratoria por donde pasan los platos y tú vas cogiendo lo que te da la gana. Toda una perdición.

La primera dificultad del día fue aparcar. Supongo que al ser el día de St. Jordi (patrón nacional de Cataluña), mucha gente hizo lo mismo que nosotros: aprovechar el día al máximo y para ello que mejor que comer fuera y luego dar una vuelta por la rambla para bajar lo comido (las gallinas que entran por las que salen), y poder de paso disfrutar de los libros.
Pues eso, que después de veinte minutos de hacer la estatua (quedarte quieto en un punto hasta que se mueve un coche y sin cobrar como las estatuas humanas de las ramblas), vimos como se movía uno. Nos acercamos, puse el intermitente para indicar mi clara intención de aparcar en cuanto saliera, pero otro coche hizo marcha atrás y se interpuso en mi camino. Ya teníamos el pollo liado. Abrí la ventanilla y le dije a una chica que salió del susodicho coche:
-Oye, que llevo veinte minutos esperando y vosotros acabáis de llegar.
Y mientras decía eso, el coche que iba a salir retrocedió de nuevo. Algo olía a chamusquina. Me estaba empezando a cabrear. Tenía dos posibilidades, montar un pollo o preguntarle, llevado por la lógica:
-¿Es amiga tuya? –dije señalando a la ocupante del coche que iba a salir.
-Sí –respondió la que había salido.
-Pues entonces aparca tú.
Llamadme blandengue o lo que se os ocurra, pero lo cosa fue así. Dos minutos después, justo cuando me había encendido el cigarrillo (la ley de Murphy aplicada al encendido de los cigarrillos. Un buen método para fumar menos), pudimos aparcar.



Desde doscientos metros se veía la cola en la entrada del japonés (lo dejamos así para no tener que explicar lo de antes). Eran casi las tres: mucha hambre y pocas ganas de volver a buscar aparcamiento en otro lugar, así que decidimos hacer cola.
Desde la cola se podían ver las últimas mesas de la cinta giratoria. En la última, dos chicas se estaban poniendo las botas (para que nos vamos a engañar, lo mismo que nosotros teníamos intención de hacer).
La cola iba avanzando a un ritmo lento y nos dio tiempo a pensar que aquella mesa, la de las dos chicas, era la peor mesa del restaurante. No queríamos aquella mesa; la mesa que todos estábamos mirando. Y no por vergüenza, si no por la tranquilidad que da comer sin que nadie te juzgue (lo mismo que estábamos haciendo casi todos con las dos chicas)
Una de ellas, la rubia para más señas, cogió su cuarta naranja de postre. ¿Dónde lo metería todo?
Ya nos tocaba a nosotros y empezamos a desear que la rubia se comiera una nueva naranja para así hacer un poco de tiempo y que no nos tocara su mesa (lo que son las cosas). Las posibilidades subieron cuando la rubia comenzó a engullir su quinta naranja. Pero nadie se movió. Estaba claro que nos iba a tocar aquella mesa.
Y así fue.
Comenzamos a comer, casi sin hambre, después de la larga espera y la veintena de miradas clavadas en aquello que hacíamos. Los palillos chinos (ah, ¡no!, japoneses, bueno, ¿no son lo mismo?) me temblaban ante la presión del principiante que teme que algo se le caiga encima y tener la obligación de pedir aquel spray de limpieza en seco que tanta gracia hace.
Y por no alargar; llegamos a los postres sin la presión de la cola que ya no existía, y supongo que llevado por esa tranquilidad y la imagen de la rubia, me comí cuatro naranjas.



Un pequeño paseo hasta la rambla. Estaba llenito de gente. Casi se tenía que pedir la vez para acercarse a las paradas de los libros. Calma y tranquilidad es lo que se aconseja en estos lances.
Después de no sé cuántas paradas, llegamos a la última con la sensación que no había ningún gran libro que comprar (me refiero a los nuevos que han salido para estas fechas), o quizás no existía para nuestro gusto.
Pudimos escuchar más de una vez que El hipnotizador, libro escrito con pseudónimo, estaba muy bien y que además seguía la línea de Larsson. Eso hizo crecer mi interés y desbordar mi imaginación pensando que podría ser del propio Larsson y que para ahorrarse los derechos, lo había publicado con pseudónimo. También se hablaba del premio St.Jordi de Xabier Bosch, un clásico por estas fechas.
Y fue allí en aquella última parada cuando pudimos ver a uno de los consellers de la Generalitat:
-Apúntame un día de fiesta, bueno, de visita institucional –me imaginé que le había dicho a su secretaria.
Allí estaba. Tenía buena cara. Que bien viven los políticos con cargo, me dio por pensar, y continué divagando por mi imaginación al decirme: todavía no es tarde, aunque rápidamente la idea se volatizó.
Llegó la TV3 (televisión de Cataluña) y se formó un pequeño revuelo, así que continuamos camino hacia lugares menos poblados. ¿Existía alguno en día tan señalado?

Costó encontrarlo, pero claro está, no tenía ninguna relación con los libros. Caminábamos por el barrio judío cuando a lo lejos vi un equilibrista colgado de una barra fija haciendo piruetas mortales (y tan mortales que no tenía red ni nada). “Se va a matar”, pensé. Tuvimos que acercarnos mucho para comprobar que era un mecanismo que simulaba un equilibrista. Joder (con perdón), que bien hecho que estaba. Nos quedamos un rato mirando como repetía una y otra vez las mismas piruetas, pero no nos cansábamos de mirar. Los niños pequeños, que se apilaban con sus padres y madres a lado y lado de la calle, reían a carcajada limpia. Tendrían que poner un equilibrista de estos en todas las ciudades y pueblos, pero de forma permanente. Que poco cuesta hacer sonreír a los niños.
Continuamos caminando por el barrio judío, haciendo tiempo para poder comprar los libros con un poco más de calma, hasta salir de él y dirigirnos a algunas tiendas de ropa, que el calor aprieta y se tiene que renovar el armario.
Después de cuatro tiendas, ¿vosotros encontrasteis algo? Yo no. Y es que los benditos diseñadores se empeñan en hacer las XXL como si de una L se tratara. De nuevo cabreado, y más cuando vas a ver las tallas grandes y ves que toda la ropa es para viejos (con perdón para los jóvenes de espíritu).
Otro día sería.



Eran casi las ocho cuando nos acercamos a una de nuestras librerías preferidas. Y visto que no había nada nuevo que comprar, decidimos comprar algo no tan nuevo.
Ácido sulfúrico, de Amèlie Nothomb, Fin de David Monteagudo; El chico que amaba a Anna Franck de Ellen Feldman y el comentado El hipnotista fueron nuestras elecciones. Creo que una mezcla bastante peculiar y de la que os tendré informado.
Lo mejor llegó a la hora de pagar. Nos acercamos a una de las cajas centrales tantas veces habíamos pagado.
-Hoy no se puede pagar aquí –nos dijo una de las dependientas, que por cierto, no habíamos visto nunca-. Tendréis que ir a la que está allí a la izquierda – y señaló un gran tumulto de gente delante haciendo cola delante de una garita.
La cola no estaba muy bien formada. Pedimos el turno, un poco al azar, ya que nadie sabía con toda seguridad, quién tenía delante o detrás. No conté las personas que habían, pero podrían superar la veintena. Desde allí pude ver como algunos privilegiados eran atendidos desde otras cajas y eso me hizo cabrear de nuevo: me parecía injusto, sobre todo cuando veía a mi novia sacar humo por la nariz como la vaca lechera de los quesitos.
Calma, le dije diciéndomelo también a mi. Vaya día.
Para pasar el tiempo lo mejor posible, me puse a hablar con los que tenía a mi alrededor (ya os he comentado que la cola era caótica, parecía más bien una espiral) . Los libros que habían escogido eran de lo más normal, excepto el de un hombre con barba blanca que me dejó leer la contraportada del suyo.
-Nunca te puedes fiar de estos hindús –me decía mientras yo seguía leyendo.
-Si no me gusta lo vendré a devolver –continuó diciendo ya que yo no respondía inmerso en la lectura de la sinopsis. Pero paré de golpe sin acabarla.
¿Un libro se puede devolver? Primera noticia. Si es así, otra señal de que vamos muy mal y que la crisis se ha instalado en nuestra sociedad para largo.
Vaya chollo, pensé.
-Oye, que dejo éste y me llevo aquél que éste no me ha gustado y si aquel no me gusta, no te preocupes que te lo traeré para cambiarlo por aquel otro de más allá –y creo que no se atrevería a decir-. Hasta que me acabe los libros de la tienda tan sólo pagando el primero.
Mejor que en un biblioteca. Creo que todas tendrían que cerrar.
Pero, ¿dónde estaría el negocio para las librerías? ¿Y luego se quejan? Pan para hoy y hambre para mañana si eso es así.
-No tiene mala pinta –le dije al hombre de la barba blanca.
Que le iba a decir, que parecía un rollo de tres pares de narices y que mejor lo cambiara ahora por aquél otro y que se leyera la sinopsis y que si no le convencía que lo volviera a cambiar. Cómo le podía amargar el día al hombre de la barba blanca con una crítica al libro que estaba comprando, aunque bien pensado, lo podía cambiar, y mejor pensado aún, con el día que llevamos, uno más cabreado…pero no somos tan malos.
La cobradora seguía sola, cobrando y envolviendo los libros, así que la cola fue creciendo. El calor era insoportable. Me quería quitar la camiseta y todo y quedarme con las gafas puestas por aquello de ver quién te toca, en caso de que pasara.
Se acercó otro dependiente y le preguntó a la cobradora:
-¿Quieres que alguien te ayude?
-No –dijo la tía-. No, no hace falta.
¡¿Cómo que no hacía falta?!, pensamos todos al unísono. Un tímido rumor se fue instalando en la cola y algunos incluso llegaron a decir en voz alta:
-Será que sí.
U otros:
-Di que sí.
Y los más atrevidos:
-Ya te ayudo yo.
Yo no dije nada. Lo prometo.
Pero el homo sapiens se diferencia del mono por su inteligencia y por la utilización de la lógica en caso extremos (en los demás casos, a veces, cuesta un poco).
Sin decirnos nada, todos y cada uno de los de la cola, fueron pidiendo que no les envolvieran los libros. Y justo en ese momento, entró en la garita de cobramiento un hombre bien vestido (con corbata y todo) para ayudarla. La imagen era cómica: el tipo con los brazos cruzados y la cobradora pidiendo, casi con desespero, que si queríamos los libros envueltos en un bonito papel.
Ya no hubo marcha atrás. Todos estábamos muy cansados.
¿No podrían tener una previsión y comprar unas bolsitas de papel de esas de cierre rápido para empaquetar los libros? -dijo mi novia-. Quedan la mar de bien y hacen su servicio.
Pero no, no se aprende de los errores. ¡Ay! los monos como se den cuenta…se levantarán en armas para controlar el mundo.

-Han puesto el aire acondicionado –dije al salir de la librería envuelto en sudor y casi deshidratado. La lluvia intermitente que nos acompañó durante toda la tarde, y que no he mencionado en ningún momento, parecía olvidada. El continuo abrir y cerrar del paraguas parecía olvidado. ¿Cuánto tiempo habíamos pasado en la librería?

En definitiva, un St. Jordi de la más relajante.
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