miércoles, 13 de abril de 2011

Relatos Suizos 2: Broc



Hacía muchos días que no publicaba un relato en el blog y eso me comenzaba a doler. Así que le he sacado el polvo a mi pequeña libreta de viaje para poder retomar lo que fue, es, un pequeño proyecto de relatos suizos basados en mis vivencias en el viaje que realicé por aquellas tierras, y que tanto me gustó, en julio de 2010. Así que os dejo con el segundo de los relatos de esa serie. Espero que os guste.


Uno de los siete pecados capitales es la gula y yo sé donde se encuentra el paraíso, el sitio perfecto para los pecadores de gula. Allí se peca a diario de un gulismo extremo.

Broc es una pequeña población situada en el cantón suizo de Friburgo a unos escasos cuatro kilómetros de Gruyere. En la entrada de dicha población se encuentra la fábrica de chocolate Calier, inventora el famoso chocolate con leche. La estructura del edificio es moderna, ya que hace poco menos de siete años se enrolaron en una macro reconstrucción, lo que se llamaría un lavado de imagen corporativa.


El aparcamiento estaba repleto de autobuses y coche. Más que el parking de una fábrica de chocolate, parecía el aparcamiento de un estadio de fútbol de primera, y es que el chocolate tiene mucha tirada, y no sólo en Suiza, los reyes en la materia.

Entramos en las instalaciones y nos hicieron pasar a una pequeña, pero mona, sala de cine. Estaba muy cansado del trote del autocar y lo que menos deseaba era ver un video, pero tocaba hacerlo. Pude leer, gracias a mi rustico francés, que la proyección duraba siete minutos. Así que busqué mi máximo beneficio cerrando lo ojos e intentando relajarme un poco, pero el volumen era extremadamente alto, con lo que tuve que desistir en el intento. Supongo que poner el volumen tan alto es porqué la gran parte de los visitantes de la fábrica son jubilados.

Al acabar la proyección nos acompañaron a la entrada de una especie de túnel del terror, pero con una ambientación basada en la historia de la fábrica.
Los pasillos eran lúgubres; los flases continuos y acompañados de truenos. Una profunda voz en inglés (ya que así lo pedimos, y no por mí, pues mi inglés todavía es más rudimentario que mi francés) nos iba metiendo en escena.
Me dio por pensar si eso era un buen marketing para la empresa o no, pues yo en algunos momentos tenía el bello de punta. Pero no fui el único.

Algo se rompió en su interior. Comenzó a hiperventilarse. Sus pulsaciones subieron rápidamente. Su sudoración era total. Sentía pánico, terror, y por más que le dijera que estaba a su lado, ella no parecía percibirlo, no escuchaba mis palabras, tenía la mirada perdida.
Con cierto nerviosismo busqué una salida de emergencia, pero cada intento fallido provocaba una nueva crisis.
Casi al punto del colapso encontré una salida. Arrastré literalmente su cuerpo por el suelo para poder encontrar la salvadora luz. Fue entonces cuando comprendí que había sufrido un ataque de claustrofobia.
Ya en los pasillos paralelos al túnel y con la luz de los fluorescentes, vino uno de los trabajadores de la fábrica, y viéndome en apuros salió corriendo en mi auxilio. La cargué mientras el hombre me iba abriendo una tras otra las puertas del laberinto. Los pasillos no se acababan nunca y mis brazos comenzaban a estar cansados, pero la visión de la sala central me sirvió de bálsamo para dar los últimos pasos hacía el césped de la entrada. La coloqué bajo un árbol. Pensé que su sombra le daría cobijo y confort. Fui a buscar agua de una fuente y le di de beber. El resto lo hizo la brisa de los Alpes que con su frescor la recuperó en pocos minutos.

-Siento que no hayas podido comer chocolate por mi culpa –me dijo. Se le reflejaba un nuevo brillo en la cara.
-No te preocupes. ¿Cómo estás?
-Mejor.

Ella se estaba refiriendo al final de la visita. El túnel acababa en una sala con más de veinte clases de chocolates y de los cuales podías comer tantos como quisieras. La única regla es que los debías coger de uno en uno y no podías coger uno hasta que no te hubieras acabado el que tenías en la boca.

Decidí que tenía que hacer algo para no crearle una pequeña frustración.
-¿Puedes levantarte sola? –le dije.
-Creo que sí –y lo hizo sin mucho esfuerzo.
Dirigimos nuestros pasos hacía el mostrador central. La chica que estaba allí nos había visto salir apurados unos minutos antes. Me concentré para exhibir mi mejor francés:
-Esque nou podem menger an pe du chocolate. Nou surtir per la port de emergencia –le dije.
Y dio resultado.
Nos acompañó a la sala de la gula. No sabíamos donde mirar. Nos repitió las reglas para comer chocolate y nos dejó allí en medio, casi sin respiración embargados en una nube de emoción y ansiedad.

Estábamos solos y nos podíamos recrear en la degustación. Hubiéramos podido empezar por donde nos hubiera dado la gana, pero lo hicimos por el principio y poco a poco fuimos avanzando.
Justo a la mitad se encontraba el chocolate blanco, uno de mis preferidos. Noté que el estómago se quejaba.
-Maldita sea –murmuré. –Deberíamos haber comenzado por aquí –pensé.
Aún quedaba mucho viaje por delante y no era plan romperse el estómago el primer día. Así que decidí no seguir pecando. Una retirada a tiempo es siempre una victoria.

Al salir de nuevo al patio central vi como mis tropas estaban tiradas en el césped con sus barrigas infladas; sus caras reflejabas una mezcla de alegría y dolor. Nadie podía decir a ciencia cierta quién había ganado la batalla de la gula.

Cereza, la vaca de Gruyere, nos contemplaba de los verdes pastos alpinos. Por unos segundos creí percibir unas risas que iban y venían llevados por el viento de las montañas. No le di más importancia. Tocaba partir. Di un corto silbido para que la tropa despertara de su letargo. Luzerna nos esperaba.


Os dejo el enlace al primero de mis relatos suizos por si tenéis ganas de leerlo y no lo hicistéis en su día o por si lo queréis leer de nuevo y conocer a Cereza, la vaca habladora de Gruyere. Relatos Suizos 1: Gruyere
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