domingo, 24 de abril de 2011

Uno de nosotros

¿A quién se le ocurre ir a Barcelona un St.Jordí que cae en sábado y en Semana Santa? Pues a nosotros.

Salimos del metro que nos acercó al centro de la ciudad y nos miramos diciéndonos que estaríamos mejor en casa. La aglomeración de gente era de una magnitud que podría llegar a agobiar al más tipo más zen del mundo. Teníamos que cambiar, reconducir nuestra forma de afrontar el día. Nos dijimos que dejaba de ser el día del libro y pasaba a ser el día de la paciencia. Sin ella podríamos morir en el intento de disfrutar.

Antes de salir de casa nos hicimos una lista con las horas, ubicaciones y escritores que nos haría ilusión ver. Ya allí, establecimos un plan para poder abarcar el máximo. Nos es que hubiera muchos de los que seguimos habitualmente, pero teníamos claro que queríamos ver a Albert Espinosa (yo estaba convencido, como así fue finalmente, que sería el gran triunfador del día). También nos hacía gracia ver a Sergi Pámies, a Chufo Llorens, a Matthew Tree, a Elvira Lindo, a Mathias Malzieu y alguno que otro más.

Comimos al lado de la Casa del libro con la intención de estar puntuales a la hora de la firma de Albert Espinosa.
El escritor llego puntual enfundado en una cazadora amarilla (supongo que dentro del marketing y su Mundo amarillo). Intentó hablar con la gente e incluso firmó un libro a un chaval que iba con muletas, pero rápidamente los servicios de seguridad le dijeron que tenía que sentarse en su sitio y portarse bien.
Nos sentíamos enlatados como sardinas y no teníamos ni la más mínima referencia de donde empezaba la cola para la firma y mucho menos, donde acababa. Perdimos al autor entre la mole humana. Intentamos abrirnos paso:
-Mira el de azul, se intenta abrir paso a codazos –sentí que decían.
El de azul era yo, pero de codazos nada de nada. Simplemente es que soy un poquito grandullón y mi propia inercia hacía que la gente se moviera tanto por delante como por detrás. Era como las olas que forma una barca que se hacen más grande a medida que se separan de ella y te pegan en la cara.
Yo no quise contestar, aunque lo hubiera podido hacer ya que no estaba molestando a nadie. Como dije, decidimos que sería el día de la paciencia.
-¿Por favor? –nos dirigimos a uno de seguridad. -¿Dónde empieza la cola para la firma de Espinosa?
-No preguntéis dónde comienza, si no donde acaba. Creo que no os dará tiempo a llegar. Él está una hora y luego se va a otro sitio.
Miramos hacia donde nos indicó el segurata. No llegamos a ver el final de la fila. Así que decidimos irnos al siguiente punto de firma, pero ya llegábamos tarde. La cola estaba formada y era un poco más pequeña que la anterior, pero igual de terrorífica.
-Vamos delante del FNAC –nos dijimos.
Aún faltaban más de dos horas para que llegara el escritor. Iba a ser nuestra oportunidad, pero la gente no es tonta y muchos de ellos seguro que pensaron los mismo que nosotros.

Al llegar, la cola estaba formada. Nada que hacer, pero teníamos ganas de entregarle un regalo al escritor.
-No nos podemos ir así. Tenemos que recodar este día por algo más que la masificación de gente –nos dijimos.
Nos colocamos justo por donde salía la gente después de la firma. Justo en frente de nosotros se sentaría el escritor. Teníamos una situación privilegiada, pero tan sólo para verlo.

Y llegó. Esta vez con diez minutos de retraso, que no son muchos después de ver como estaba el tráfico en la ciudad y de ir de hora en hora de una tienda a otra.
En esta oportunidad estaba más alejado del público, aunque algunos no se resistieron al verlo y gritaron:
-¡Albert! ¡Guapo!
Yo sentí un poco de vergüenza ajena ante aquel panorama. El escritor era más que una estrella de rock. Seguro que así se sentía.
Se le veía cara de cansado. Estoy convencido de ello, ya que las firmas comenzaron a las 9 y eran las siete pasadas con una única pausa para comer.
-Tenemos que hacerlo ahora.
Mi compañera había traído uno de sus CD (alguna vez os he dicho que es cantautora. Filthy Sally) y tenía muchas ganas de regalárselo, además de dedicarle una palabras, pero comprobando que no sería posible, le escribió una nota y la metió en el CD.
-¿Perdón? Se lo podría dar a Albert –le preguntamos al de seguridad.
-Yo no me puedo mover de aquí.
No costaba tanto. Estaba a dos pasos. Creo que puso demasiado celo en su trabajo.
Decidimos que se lo pediríamos a la primera persona a la que le firmara un libro. Y así fue.
La mujer fue muy amable, ni se lo pensó. Se acercó a Albert. Se lo dio y le indicó que era de nosotros. El autor se quedó un poco sorprendido al recibir el regalo. Nos dio las gracias y continuó la firma que había dejado a medias. Al acabarla nos volvió a mirar, miró el CD y se lo colocó un poco más cerca, como protegiéndolo de la gente y nos volvió a dar las gracias.
Misión cumplida.

Teníamos claro que otro tipo de misión era imposible. Nuestros planes iniciales se quedaron en nada, pero estábamos contentos de poder comprobar que un escritor tan en la ola como Albert Espinosa continuaba siendo uno más de nosotros y que puede disfrutar de la música de mi chica mientras escribe su nueva novela o guión.
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