domingo, 11 de noviembre de 2012

El profesor de Tony Kaye


Los créditos finales comenzaron a desfilar por la pantalla. Las luces de la sala se encendieron tímidas. Nadie dijo nada. Ninguno de los seis que estábamos en la sala movió un solo músculo. Pasaron unos eternos segundos hasta que no pude más y me levanté. Me giré para buscar la mirada cómplice de la pareja que tenía sentada detrás de nosotros, pero lo único que encontré fue una mueca de desconsuelo.
–¿Os venís al río? –dije sin poder contenerme.
No hubo respuesta. Seguían inmovibles en sus butacas.
–Yo después de esto tan solo tengo ganas de tirarme al río. –expliqué.
Conseguí, ahora sí, unas sonrisas cómplices que rompieran la tensión.
–No sé vosotros –proseguí -. Yo soy profesor de secundario y estoy abatido por lo que he visto.
Los cinco asintieron y comenzaron a levantarse. Ninguna puerta se abrió como es costumbre. El acomodador no nos invitó a salir de la sala.
–Se han olvidado de nosotros o no quieren que salgamos hoy del cine –le dije soltándome la tensión acumulada por el visionado del film.
Todos volvieron a reír.
Al final decidimos “forzar” la salida de emergencia para buscar el gélido frío que nos haría reaccionar.

He querido comenzar por el final y casi no haría falta añadir nada más para que pudierais entender a que os enfrentáis si vais a ver El profesor de Tony Kaye, director de American History X, que vuelve tras diez años con un film cargado de su acostumbrada intensidad.

He leído en otro blog que la sensación que tuvo tras acabar la película es de un absoluto hundimiento moral. Yo comparto ese sentir.
También cabe remarcar que el tema central de la película tiene que ver con la profesión que ejerzo y supongo que eso hace que pueda empatizar mucho más con lo que allí sucede y que me toque más la fibra sensible.
Tampoco estaría mal añadir que el escenario de los sucesos es made in USA y que en algunos momentos me sentí un poco lejos de todo lo que acontecía, pero por el contrario, y aunque suene contradictorio, poco a poco me fui dejando llevar, me metí de lleno en la película y sufrí en ciertas escenas por esa tensión tan bien creada.

Uno de los puntos fuerte de la película son sus primeros planos y en concreto el primer plano del protagonista Andy Brody que reflexiona una vez ha sucedido todo. El director va intercalando esas reflexiones a lo largo de toda la película. Son esas reflexiones, que he encontrado más universales y cercanas, las que más me han llegado, las que, en cierta medida, puedo vivir en mi día a día.

También he podido leer una frase que me ha encantado y que se le atribuye a Derek Bok (abogado y educador): “Si crees que la educación es cara, ya verás la ignorancia”.
Creo que películas como estás deberían ser visionadas por la mayoría de esas mentes privilegiadas que organizan los curriculum escolares y que, en muchos casos, no han pisado un aula en su vida.
Los recortes en educación están haciendo un daño casi irreparable. Os invito a todos a pasar unas horas en nuestras aulas para que podáis hablar con propiedad. Cada vez cuesta más educar, pero no nos rendimos y seguimos luchando para que exista un futuro lleno de esperanza, un futuro que cuesta ver en la película, pero que si os fijáis lo encontraréis en el grupo de profesores, que aunque quemados en muchos casos más por la sociedad que por su trabajo, siguen pensando estrategias para poder llegar a los alumnos.
La película nos muestra muy a las caras como está siendo la privatización de la educación americana y como los números están por encima de las personas. Tener unos buenos resultados académicos es lo primero, la persona va después.
Aquí no estamos tan lejos de ese escenario con los dichosos resultados PRISA o con la consecución de las competencias básicas y la irritante comparativa con los finlandeses.

El profesor da en la clave al señalar que el problema de la sociedad está en la base, en la educación, y no en una educación cognitiva, si no en una educación que también esté abierta a las emociones (educación emocional).
¿Cuántos de nuestros padres están educados en la emociones? ¿Cuántos de nosotros los estamos? ¿Cuántos de nuestros alumnos?
¿Cuántos problemas no podríamos ahorrar fomentando dicha educación? ¿Cómo sería la autoestima de nuestros jóvenes? ¿De nosotros mismos, de nuestros padres?

El reto no es fácil, pero por suerte tenemos buenos profesionales que se están dejando las pestañas en el camino, y sobre todo, que creen en ese camino.

El profesor es una película que os recomiendo y que por descontado os hará reflexionar.


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