cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: Noir y lírica, juntos y revueltos: la belleza de lo perturbador

martes, 6 de febrero de 2018

Noir y lírica, juntos y revueltos: la belleza de lo perturbador


por Noelia Santarén

Me he dado cuenta de que un gran número de lectores de noir son fieles a su género y sólo leen noir. Está muy bien tener los gustos tan definidos, lo admiro, porqué los míos son un caos. Un día necesito una novela romántica, otro una de ciencia-ficción, al siguiente una de misterio. El cruce de géneros me acarrea desilusiones, pero también gratas sorpresas. A veces te sorprendería descubrir hasta qué punto los contrarios son semejantes, si cabe.
Me explico. Vamos a decir que en las novelas de trama negrocriminal no siempre hay asesinatos, pero suele haber perversión y perturbación en algún aspecto. ¿Sí? Bien. La perversión es un concepto generalmente asociado al contexto de las prácticas sexuales poco comunes. Su etimología remite a dar la vuelta o invertir. Ya, pero, ¿cómo definir donde empieza y acaba la perversión o la normalidad -palabra obtusa donde las haya? Viviendo por el mundo te podrás dar cuenta de que, cotidianamente, se usa la palabra perverso como sinónimo de ‘malo’ o referente a maldad. Nos vale.
Vayamos a la siguiente: perturbación. Una alteración en el desarrollo normal de un proceso. De nuevo la palabreja que tanto define… Bueno, nos vale.
Estarás conmigo en que el género negro y el lírico están muy alejados entre sí, ¿verdad? Lo lírico acostumbra a relacionarse, en principio, con la belleza. Bien. Cojamos a un escritor lírico de renombre: Yasunari Kawabata, premio Nobel de literatura, y acerquémonos a su pequeña gran obra La casa de las bellas durmientes -si no la mejor de él, desde mi punto de vista, sí la que me causó una más honda impresión.
En esta novela corta, el anciano Eguchi, casado y padre de familia, acude a una casa que ofrece un servicio de lo más… ¿raro?, ¿especial?, ¿siniestro?, ¿conmovedor?  Suelo batallar con los contrarios cuando trato de definir la escritura de Kawabata. La cosa va de dormir junto a mujeres vírgenes y desnudas, las cuales han sido narcotizadas -se supone que de forma voluntaria- para no despertar en toda la noche. La norma de la casa es que no se las puede marcar y por marcar se entiende, digo yo, desflorecer. Algo tan chocante, por lo menos para el lector occidental, se convierte, en manos de Kawabata en la persecución y el anhelo de volver a sentir la juventud perdida. Claro que,pregunto, si la cosa quedara ahí, en sentir la juventud, ¿por qué el viejo Eguchi no duerme con chicos narcotizados en vez de con mujeres vírgenes? Ah, pillín, la juventud no entiende de géneros.
La carga machista que la novela lleva implícita no debería sorprender a ningún lector que esté acostumbrado a la literatura japonesa, la cual refleja sin titubeo alguno el marcado carácter patriarcal de la sociedad nipona. Pero, ismos aparte, la premisa inicial del libro permite a Kawabata tejer un tapiz donde confluyen todas las mujeres de su vida, desde su madre hasta su esposa, hijas, amantes y geishas. No tiene desperdicio la fijación que tiene el autor por los pechos de la mujer, mezclando lo erótico con lo maternal y la lactancia bajo un lenguaje que es a la vez poético y hostil. Veamos varios ejemplos:

<< Retiró la mano. Los labios permanecieron abiertos. Aún podía ver las puntas de los dientes. (…) sí, debía de ser virgen (…), ¿por qué una virgen es pura y otra mujer no? (…) probablemente la muchacha no seguiría durmiendo si, por ejemplo, le cortara un brazo o le clavara un cuchillo en el pecho o en el abdomen. <>, se dijo a sí mismo.
(…) Quería dejar su marca en esta muchacha. Si violaba la regla de la casa, la muchacha se asustaría al despertarse. Dejó en sus pechos varias marcas del color de la sangre. Se estremeció.
(…) Una vez, cuando él apartó la cara, advirtió que el pecho de la mujer estaba ligeramente manchado de sangre. Se asustó, pero, como si nada hubiera sucedido, volvió a acercar la cara y lamió la sangre con suavidad.
(…) Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida -no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado (…)>>.

Leer a Kawabata no pervierte, pero sí perturba. Y mucho.

Y ahora cojamos una novela negrocriminal con abundantes escenas de sádicos asesinatos y escenas de lo más duras; El hombre sombra, de Cody McFayden. Si he elegido este título es debido a que me sorprendió el estilo refinado de su escritura, alcanzando cotas pocas veces vistas en este género, rozando incluso un tono lejanamente lírico. No obstante, debo añadir que me produjo pesadillas hasta el punto de tener que detener su lectura. En El hombre sombra hay sangre. Mucha sangre. Pero no en plan gore. Hay fascinación por la sangre. Pero no en plan vampiro. Y esa fascinación viene de una mente sádica y enferma. La agente del FBI Smoky Barret, -perturbada por unos durísimos acontecimientos que ocurrieron en su pasado- se enfrenta a una serie de asesinatos que parecen estar perpetrados por un seguidor de Jack El Destripador. Esa es la base de una novela brillante en lo que respecta a su apartado psicológico. Sí que es cierto que adiviné el final y eso no es bueno, porque si yo, que soy un desastre deductivo, adivino quién es el asesino/a, cualquier niño lo puede hacer. Vamos, que no leáis esta novela por descubrir el ¿quién lo hizo?, sino por ella misma.
La lectura del libro de McFayden supuso un estar entre la espada y la pared. Su trama me producía un nerviosismo inquieto poco común en mi hasta el punto de perseguirme en sueños, eso de que alguien desnudo se lo pase bomba mutilando otro cuerpo desnudo a ritmo de hardcore, es duro. Sin embargo, su estilo narrativo era tan distinto, tan refinado, que no podía dejar de leerlo.
Kawabata también me pone entre la espada y la pared, leí  La casa de las bellas durmientes con los labios fruncidos en un gesto casi de asco y el alma llena de bellas imágenes. Los pechos, morder el pezón y hacer sangre, la mancha marrón en el pecho que Kawabata describe de forma nauseabunda en Mil grullas... Son escenas que no dejan indiferente. Puede que por el contexto lírico. El efecto es de absoluta perturbación. Sí, El hombre sombra me produjo pesadillas puntuales, pero, cada vez que veo un pecho me viene a la mente la odiosa imagen de Kawabata, produciéndome un escalofrío. Es curioso que géneros tan dispares de escritura conlleven los mismos efectos, ¿no?

Belleza y perturbación. Ambos presentes en una novela cien por cien negrocriminal como El hombre sombra y en otra cien por cien lírica como La casa de las bellas durmientes…, para que veáis que, a veces, la línea que separa y delimita géneros es tan fina que desaparece.
Por cierto, le pasé el libro de McFayden a una amiga, la cual aseguró que era una novela con escenas nada duras Uff. ¿Quién sabe?, al igual a mi amiga le dan un pánico atroz las mariposas y las flores en primavera… Recordad, la belleza perturba, la belleza pervierte: la belleza es más adictiva que las ganas de matar.
Cada uno con sus pesadillas… dulces sueños.



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