cookieOptions={close}; CRUCE DE CAMINOS: El traje por Francisco Javier Rodenas «Crónica de un jueves no tan cualquiera».

viernes, 19 de junio de 2020

El traje por Francisco Javier Rodenas
«Crónica de un jueves no tan cualquiera».

La amistad es un concepto lleno de matices, un concepto que nunca deja de sorprendernos. Eso pude comprobarlo una vez más ─confío en que no sea la última─, un día de noviembre, de esos jueves cualquiera que, sin embargo, era muy especial para Ismael, mi gran amigo Ismael, y para cuatro personas más: Elena, Luchy, Gonzalo y Lorena. O, lo que es lo mismo, los flamantes finalistas del Premio Literario Amazon 2019.
Todos ellos esperaban con mayor o menor ansiedad ─eso, imagino, depende del carácter cada cual─, la gala que Kindle había organizado para esa misma noche y en la que se haría público el título de la novela ganadora de ese año.
Yo, que al fin y al cabo solo era un advenedizo invitado al acto por cortesía de Kindle y a instancias del propio Ismael, viajé a Madrid manteniendo cierta distancia, pero con un ineludible nudo en el estómago que no me correspondía quizás, pero del que tampoco podía ni quería abstraerme.
Así que llegamos a Madrid dentro del horario previsto. Teníamos contratado un parking frente a Callao, de esos modernos más propios del universo Inmemorian en los que el vehículo es secuestrado por una plataforma que lo lleva literalmente a los más bajos niveles de la ultratumba o del infierno mismo.

Y es entonces cuando Ismael cayó en la cuenta de que se había dejado en el maletero del coche ese traje color vino que tan elegantemente pensaba llevar en la gala.
─Perdone ─le dijo Ismael al tipo que controlaba todo aquel mecanismo. ─Me he dejado un traje en el maletero del coche y necesitaría cogerlo.
─Imposible subirlo ─le informó el operario un tanto tajante.
─Pues lo necesito, tienes que hacer que el coche vuelva a la superficie ─le gritó entre susurros o le susurró entre gritos Ismael (ya se sabe que perder la compostura no le viene de serie).
─Ya le he dicho que no puedo. Aquí todo lleva un orden y sacar su coche de ese orden me rompería la configuración horaria y me llevaría mucho trabajo extra.
─Pero es que vengo desde Alicante en coche para recoger un importante premio ─no era cuestión de estar en detalle de que al premio que se refería Ismael en esos momentos era el de finalista. ─¿Usted cree que con estas pintas puedo subir a recoger ningún premio? ─apeló a su indulgencia Ismael, aunque yo percibí que lo nervios contenido estaban a punto de estallar y que la mirada que le brindó a aquel operario era firme y decidida. Si hacía falta, bajaba él las diez o doce plantas a buscar el traje. Por supuesto que no se lo dijo, pero seguro que lo pensaba.
No sé si fue la mirada o las pintas que llevaba Ismael. La cuestión es que el tipo dijo que subiría el coche.
Ismael se frotó las manos nervioso. El tiempo corría en su contra. Iban a llegar tarde, pero como mínimo iría con el traje color vino puesto.
Recuerdo que vimos unas luces verdes se movían de abajo arriba a través del foso anunciando el movimiento de la plataforma.
Cuando llegó el coche, Ismael sacó el traje y entre yo y Leira le ayudamos a vestirse, colocarse los tirante y la corbata, retoques de última hora, mientras caminábamos por el subsuelo hacia la salida. No había tiempo de buscar el servicio. 
Llegamos con el tiempo justo al hotel donde se hacía la gala. Por suerte, aún tuvimos oportunidad de departir con algunos de los invitados.
Luego el acto en sí, la espera, los nervios. Porque los hubo. Yo, el primero. Aquel nudo en el estómago era ahora un volcán a punto de estallar.
Pilar Muñoz iba revelar el título de la novela ganadora y en mi mente, como un eco pertinaz, sonaban una y otra vez esas diez letras: I-n-m-e-m-o-r-i-a-n, I-n-m-e-m-o-r-i-a-n... Incluso estuve a punto de ponerme en pie e ir a recoger el premio cuando ese puñado de letras sonó de los labios de Pilar en lugar de repetirse obstinadamente en mi cabeza.
Era mi amigo quien había ganado pero yo me sentía también un poco ganador. Leira, la pareja de Ismael, había reaccionado de manera parecida a la mía, pero ella tenía sus motivos: esa noche se iba a acostar con el ganador de la sexta edición del premio de Amazon.
Quiero pensar, tal y como decía al principio, que mi estado de euforia, de infinita alegría, era la consecuencia de los estrechos lazos de amistad que me unen a Ismael. Estaba feliz por él porque lo aprecio sinceramente. Como, sin duda, les habría pasado a los acompañantes del resto de finalistas.
Pero hubo más. La gala me dio la ocasión de conocer en persona a mi admirado G.G. Velasco, escritor a quien descubrí con Lo que define una llama; desde entonces, lo ha seguido como un corderito literario.
Pude confirmar lo que ya sospechaba a través de las redes sociales, que Ainara V. San Martín es una persona excepcional. Pude fascinarme ante la grandeza humana de Elena Fuentes proyectada en un solo gesto, en una sonrisa, en una palabra. Pude sorprenderme con la prolífica carrera de Lorraine Cocó. Y pude, sobre todo, conocer también a otros grandes autores que antes y, sobre todo después, me han cautivado con su pluma.



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